martes, 15 de julio de 2014

EL DUENDE DE DÍLAR



Hoy nos refrescamos con una serie de cuentecillos y leyendas populares granadinos. Muchos de ellos narrados por nuestros propios abuelos hasta la saciedad y que llenaban aquellos huecos de nuestro ocio en los largos inviernos.
La siguiente Leyenda está extraída del libro “Las leyendas de nuestros pueblos” de José Manuel Fernández. Tiene para mí el interés añadido de que en uno de esos molinos que narra el autor, vivió mi abuelo materno, capataz de las obras de la Central Eléctrica de Dílar que allí se construía, hasta que éstas finalizaron. Ningún molino, para entonces, estaba operativo. La misma “Fábrica de la luz” se encargó de “darles la puntilla”: El agua ya no era competitiva frente al watio.


El relato.

“El municipio de Dílar está situado dentro de lo que se conocía como pueblo del entorno de “La Campana de Granada” (hasta donde dicen que llegaba el sonido de la campanas de la Torre de la Vela de la Alhambra: ¡Aquello sí que era un mundo sin ruidos, sin contaminación acústica!).

Es un pueblo que puede presumir de una gran riqueza natural y de su abundante y pura agua venida directamente en las cumbres de Sierra Nevada. Las acequias y el rio que rodean los valles de Dílar dotan a esta comarca de una belleza singular. Antiguamente la ribera del río estaba poblada de molinos que aprovecharon el agua para moler el trigo, aceitunas, etc. Y es uno de estos molinos donde comienza esta leyenda que les voy a contar…
En el centro de Dílar se encuentra la calle más estrecha que existe en el municipio con apenas un metro de ancha y de nombre “La Paz”. No es de las más bonitas que posee Dílar, pero en cambio tiene ese encanto de lo mágico y desconocido.



La calle posee un sobrenombre que los dilareños conocen como “la calle del duende”. Cuenta la leyenda que una familia de molineros que habitaban en uno de los molinos del río Dílar sufría desde hacía tiempo, retrasos en la entrega del material y no por ser malos trabajadores, sí no porque las herramientas nunca estaban donde debían estar, esto hacía que se perdiera el tiempo buscando la palanca, el martillo, la criba o el cenacho. Nunca estaban donde se dejaba y esto traía de cabeza al molinero que le echaba la culpa a su mujer.

-¿Dónde has puesto  el martillo, Isabel? - ¡Lo dejé ayer encima de la piedra y ya no está…!
-¡Pedro, yo no lo he cogido! –Debe de estar donde los dejaras… Que iba hacer yo con el martillo… -¿lavar la ropa con él…?
Así un día tras otro el molinero no sabía por qué las cosas de lugar. El pobre desesperado habló con su señora muy preocupado porque su memoria estaba empezando a fallar y aún era joven.

La "Fábrica de la Luz", funcionando  desde 1923

Y la mujer muy nerviosa le contó que a ella también los útiles de la cocina desaparecían y los encontraba en otro lugar, así pues o a los dos les fallaba la memoria o tenía que haber otra explicación…
Un día en el mercado del pueblo la mujer del molinero estaba haciendo la compra cuando una de sus amigas al verla le dijo: -Isabel qué mala cara tienes, parece que no has dormido en días.
-Una semana llevo sin dormir. –Le contestó. -Todas las noches las paso en vela y por la mañana estoy que no me aguanto de pié.
-¿Y eso por qué? -Preguntó a la amiga.
Isabel cogió del brazo a su amiga y la atrajo a un callejón menos concurrido y hablándole en voz baja le comentó todo lo que le ocurría desde hacía algún tiempo a ella y a su marido dentro de la casa del molino.
-Juana, temo que nos tomen por locos la gente del pueblo.
Mujer, lo que me cuentas es un poco raro pero sí hay alguien que te puede ayudar es la curandera Antonia quien vive cerca de la Ermita de la Virgen de las Nieves, ella sabe de esas cosas raras. Si quieres yo te acompaño.
Y las dos mujeres se dirigieron a casa de Antonia y le expusieron el problema.
-Isabel, el problema que tienes en la casa viene dado por la atracción que posee el agua para todo lo misterioso y mágico, al estar tu casa y el molino a la orilla del río Dílar no es de extrañar que se haya colado algún duende dentro de la casa y él sea el responsable de todo el lío que os trae de cabeza a tu marido y a ti. Te advierto que son muy juguetones y bromistas los duendes del agua.
-¿Pero qué puedo hacer? –Cada día perdemos varias horas buscando lo que el duende nos esconde y mi marido está desesperado.
La única solución que yo veo a vuestro problema es que cambiéis de casa y dejéis la del molino cerrada con el duende dentro, de esta manera podréis comenzar de nuevo sin inquilinos que os molesten.
-Por intentarlo no perdemos nada, de todas maneras mi marido posee una casa en el pueblo heredado de su padre, así que esta noche lo hablaré con él.
La conversación fue corta ya que el molinero no creía en esas cosas de magia y espíritus así que recriminó a su mujer que ya era mayorcita para creer en duendes, pero la mujer no se dio por vencida y esa misma noche antes de acostarse en vertió un poco de harina por el suelo de la cocina dejando un manto blanco. A la mañana siguiente antes de que su marido se despertase corrió a ver el suelo de la cocina y… Efectivamente sus sospechas eran ciertas y un montón de pequeñas pisadas recorrían el cuarto de izquierda a derecha, de arriba abajo, estando todo desordenado y cambiado de sitio.
La molinera despertó a su marido y le enseñó la cocina explicándole lo que había preparado la noche anterior para comprobar lo que Antonia la curandera le había dicho.
Los ojos del molinero no podían dar crédito a lo que estaba viendo y sin decir palabra empezó a preparar la mudanza a la casa de su padre en el pueblo.



Los siguientes días fueron de infarto y gracias a que los vecinos que ayudaron a recoger y trasladar los enseres a su nueva casa. Todavía el molinero tenía que dar un último viaje al molino para terminar de recoger las últimas herramientas y cerrar a cal y canto las puertas de su viejo molino. Isabel mientras tanto estaba en plena faena colocando todas las piezas en la nueva cocina, aquí los cuchillos, allí las sartenes, en esa otra alacena los pucheros, y en la estantería de arriba los cazos…
-Humm, creo que se me olvidó el lebrillo de cerámica para fregar los platos.
– ¡”No te preocupes que ese te lo he traído yo”! -Escucho una vocecita detrás de ella y al girarse para ver quién era no pudo aguantar el grito que se le escapó de su garganta al contemplar a un hombrecito verde con las orejas de punta y risa picarona. Al parecer el “duende” había decidido también trasladarse a la nueva casa.

Desde entonces a esa calle del Dílar le llaman del Duende y si no me creen pregunten a los vecinos”.


Modernas turbinas suizas de 2000 CV para el río Dílar


NITO

martes, 1 de julio de 2014

LA CARRETERA MÁS ALTA Y LA MUERTE MÁS BAJA



Recordando al Ingeniero Santa Cruz
Hay en el Zaidín una callecita que lleva el nombre de Ingeniero Santa Cruz; su biografía ha sido mil veces referida, pero no está mal recordar algunos curiosos y dramáticos sucesos de su vida a punto de inaugurarse la nueva temporada de esquí en Sierra Nevada. Protocolo de actuación, cañones de innivación, balizadores y pisteros aplanando, remontes, seguridades, aparcamientos y botiquines. Muy pocos de los que componen ese multitudinario desfile anual a nuestra Sierra sabrán que fue el ingeniero Santa Cruz el que hizo posible que se pudiera llegar hasta el Veleta en coche, trazando la carretera más alta de Europa. Lamentablemente poco queda ya de ese primer trazado histórico pero el hecho ingenioso, atrevido y heroico nunca debiera ser olvidado.


Sus méritos
Hizo posible que se pudiera llegar hasta el Veleta en coche, trazando la carretera más alta de Europa. Lamentablemente poco queda de ese primer trazado histórico, pero el hecho no debiera olvidarse Juan José Santa Cruz, Marqués del V granadinos, sus envidias y sus celos. Casado con una gitana canastera y fusilado en el 36.


Crónica de Juan José Ruiz Molinero-
Hoy, cuando Sierra Nevada se ha convertido en uno de los puntos más atractivos del turismo en Granada y cuando se cumplen 78 años de su fusilamiento ante las tapias del cementerio tras un burdo juicio sumarísimo, creo imprescindible recurrir a la Memoria de una ciudad para recordar a los pioneros de este magno proyecto: al ingeniero Juan José Santa Cruz, que proyectó la carretera más alta de Europa y al que se le pagó con la muerte más baja al ser fusilado en agosto del 36 en la sublevación militar que escribió lo más negro de la Historia de Granada.
Todo el mundo sabe -o se le debería recordar para que, al menos, nos sirviera de vergonzosa lección- cómo se diezmó a la ciudad arrancándole a su gente más preclara o a infinidad de ciudadanos inocentes que todavía yacen en fosas desconocidas. Que en sólo unos días, con juicios sumarísimos o sin ellos, se asesinara a gente de la talla de Federico García Lorca, a gran parte de los miembros de la Universidad, incluyendo a su rector poco más tarde; del Ayuntamiento, con su alcalde Fernández Montesinos a la cabeza, o de la Diputación, con su presidente, Virgilio Castilla, en el 'lote' de Santa Cruz, y a ilustres personalidades de la vida política y cultural de una ciudad, amén de millares de inocentes ciudadanos, es demasiado bestial y terrible como para pasar la hoja o seguir mirando para otra parte.


Una de aquellas personas fusiladas en las tapias del cementerio, como nos recuerda José Fernández Castro, el más fiel y justo biógrafo de aquellas víctimas y de sus verdugos, era nuestro recordado de hoy, el ingeniero Juan José Santa Cruz, el autor de la carretera de la Sierra, el que ayudó al duque de San Pedro de Galatino en la construcción del tranvía que llevaba al Maitena, ejemplo de la Granada creadora de principios del siglo XX y que por desidia e indiferencia desapareció en 1974. Un ingeniero al que se le deben muchas de las obras públicas de Granada y que, junto al duque, promocionó rutas para el turismo de una ciudad de las que actualmente vive en buena medida. Es curiosa coincidencia que el cadáver del duque llegara a Granada, en donde quería reposar definitivamente, el 17 de julio de 1936 en el mismo tren que trajo a Federico García Lorca.
El 'padre' del turismo moderno granadino, con su hotel Alhambra Palace, la carretera y el tranvía a la Sierra, y el de tantos proyectos realizados con visión de futuro, no pudo ver, para suerte suya, aquella infernal tragedia que devoró, pocas semanas después, a su amigo y colaborador en tantos proyectos ilusionados, Juan José Santa Cruz.



El amor de un intelectual por Granada
Juan José Santa Cruz y Garcés de Marcilla nace en Madrid el 15 de septiembre de 1880, hijo de un ingeniero de caminos descendiente de una familia nobiliaria. El 27 de agosto de 1914 lo trasladan a Granada, de la que no volvió a salir. Declinó, incluso, el cargo de ministro de Obras Públicas, atado a una ciudad que le fascinó. Conoció a la bailaora gitana Antonia Heredia, su pareja sentimental, con la que tuvo una hija, Teresa. Con Antonia se casó en prisión momentos antes de su fusilamiento y tuvo tiempo de escribirle una carta de despedida a su amadísima hija, llena de serenidad.
Presidente de aquel Centro Artístico, Literario y Científico, que integraba lo mejor de la intelectualidad granadina; Diputado en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, formando parte de la 'Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República', fue nombrado en 1931 Jefe de Obras Públicas, concentrando su trabajo en trazar la carretera más alta de Europa haciendo realidad lo que ya había pedido desde comienzos de siglo el duque de San Pedro de Galatino.
La carretera, todavía falta de muchos detalles, sobre todo su enlace con la Alpujarra, inconcluso aún, se inauguró oficialmente el 15 de septiembre de 1935. Era el verdadero galardón del famoso ingeniero y los desvelos de aquel prócer que fue el duque.


La última mirada
Es espantoso para la memoria de una ciudad que lo último que viera Juan José Santa Cruz, desde las tapias traseras del cementerio, fuese la Sierra Nevada que él tanto amó y de la que hizo posible su acceso. Dice Ian Gibson, el primero que investigó la represión en Granada y el asesinato de Federico García Lorca, que al ilustre ingeniero se le acusó, en uno de los dramáticos esperpentos de aquellos días, de querer volar el embovedado, cosa que ni siquiera figura en el burdo juicio sumarísimo que se celebró, durante menos de una hora, la noche del 1 de agosto, junto con los otros acusados. Fernández Castro cuenta que el tribunal estaba integrado por las siguientes personas: "Presidente, Antonio Muñoz Jiménez, coronel de Infantería, junto a sus compañeros Miguel Fortea García, Lorenzo Tamayo Orellana y Julio González Cárdenas, así como el Teniente Coronel de Artillería Luis Medrano Padilla; siendo suplentes, Rafael Lacal Pérez, Coronel de Caballería y Rafael Calderón Durán, comandante. Vocal-Ponente, Francisco de Angulo Montes, juez habilitado, y "Fiscal", Enrique Iturriaga Aravaca, alférez de complemento, Letrado. Entre otros defensores, el de Santa Cruz fue Fernando López Negrera".



Muerte para todos los de este 'lote' -Virgilio Castilla, presidente de la Diputación; Juan José Santa Cruz; José Alcántara, sindicalista de CNT y Antonio Rus Romero, dirigente de UGT-, excepto el gobernador civil, César Torres Martínez, por eximente de obediencia debida, al que se condenaba a reclusión militar perpetua. Añade Fernández Castro que entre los vocales del 'sumarísimo', el teniente coronel de infantería, González Cárdenas, puso reparos en firmar la condena, pero se le amenazó con aplicarle a él la misma receta. A las seis de la mañana siguiente, día dos, tendrían que ser fusilados en las tapias del cementerio, como ocurrió con infinidad de granadinos.
Santa Cruz pidió casarse con la gitana con la que había pasado su vida en Granada -quizá otro elemento añadido de la venganza de la burguesía granadina- y escribió una carta serena de despedida a su amada y bella hija Teresa. Decía así:
"Querida hija, me voy sin verte. Necesito de todo mi valor y al ver que te perdía no podría tenerlo. Sé buena, no hagas daño; ten paciencia con tu madre y respétala. Trabaja en algo, pinta y canta en recuerdo mío. Odia todo lo que represente daño y sangre y acuérdate de quienes te dejan sin padre; no los odies, pero evítalos. Al entrar en la eternidad te besa con todo el cariño que te tuvo tu padre, para quien fuiste todo y que en su último momento se acordará de ti. (2 de agosto de 1936)".
Luego, casi al alba -la hora predilecta de aquellos criminales- uno de los camiones de la muerte le llevó hasta las tapias del cementerio. Quisieron taparle los ojos, pero él se opuso y el nudo de la venda se desató. Su última mirada fue para esa Sierra Nevada tan querida, cuya carretera -la más alta de Europa- abrió rutas al progreso de una ciudad donde se le pagaba de esta manera tan ignominiosa. Ya de mañana, Antonia llevó un ataúd y metió en él sus restos, que enterraron unos pocos amigos que se atrevieron a acercarse al lugar.
Después de aquel atropello, desvalijaron y confiscaron su casa en Santa Ana 2, torturaron y asesinaron a su chófer y mataron hasta a su perro. Su hija tuvo que irse a una casa deshabitada donde llorar a su padre.
Así terminó una historia de amor alto y de muerte baja, una historia más para esta Granada, la bella, convertida en la bestia cuando circunstancias excepcionales y cainitas la hacen rugir y teñirla de sangre y lágrimas. Unas historias dramáticas de las que se cumplen 75 años. Muchas de cuyas víctimas yacen ignoradas, sepultadas entre los trozos de una tierra que todavía no ha sido capaz de restaurar la memoria de tantos inocentes masacrados en un atroz genocidio. Todos eran Federico García Lorca, en sus variadas procedencias e importancia intelectual. Unidos por la muerte a manos de aquellos desalmados criminales de uniforme o de paisano.

Recordando nuestro raid en ciclomotor a las altas cumbres (1989)



NOTA OPORTUNÍSIMA .- Venido este video como piedra en ojo de boticario y remitido por el murguero Pepe Domínguez desde Málaga.
El video es complementario al tema que tratamos sobre "La Carretera más alta de Europa", con el valor añadido de los "Hombres Neveros", el Tranvía de la Sierra ó el oro del Darro, pero sobre todo por el testimonio inestimable de las declaraciones de Teresa, la hija de Don Juan José de Santa Cruz, ya fallecida en 2006.





NITO

lunes, 16 de junio de 2014

LA CUESTA DEL REY CHICO




Los bandos internos minaban la monarquía de Granada, en el débil  reinado del infortunado Muley Hacen. Parecía como que este adivinaba la próxima pérdida de su reino, y sin fuerzas para contener aquel desastre, preferiría vivir en la molicie y el deleite, antes que con entereza hacer de sus súbditos, un pueblo noble y resistente, que pudiera contrarrestar la desgraciada situación que le amenazaba.

Entregado a los dulces encantos amorosos de su segunda esposa Zoraya, olvidando y aún odiando a su primera mujer, la terrible Aixa, olvidaba también a su hijo Boabdil, que era el encanto de su madre y el arma de que ésta se valía para hacer guerra a su esposo, sólo por el placer de derrotar en su cariño a la renegada que entonces ocupaba el corazón de Muley Hacen.
Conocíalo está, y no pasaba día en que no atizara la rebelión, y excitar a las iras del padre contra el hijo, acusando a este de querer hasta atentar contra su vida.



Boabdil entretanto, vivía en el mismo palacio, sin conocer todo el odio que se estaba sembrando en el corazón de su padre.
Súpolo al fin; receló de los planes de Soraya, y antes de ser víctima de las ambiciones de la segunda esposa de su padre, decidió escapar del palacio, ayudado por su madre, que con el carácter de hierro que la distinguió, supo con cautelosa calma, no excitar sospecha alguna, y cierta noche, cuando más descuidados se encontraban en el alcázar, con sus tocas y las ropas de las camas, descolgó a su hijo querido por un ajimez, y de este modo logró escapar, burlando la vigilancia de los centinelas, por la cuesta que desde entonces tomó su nombre, y marcharse al Albaicín, donde, en el palacio de Darla Horra, propiedad de su Madre, le esperaban sus parciales.


Aixa entretanto, aguardó impasible las iras de su esposo. Éste, no bien supo la huida de Boabdil, comprendió toda la gravedad del suceso, mucho mayor cuando esté, en  el ajimez, vio las ropas que habían facilitado su evasión.
Lo comprendió todo, atribuyó a Aixa lo ocurrido y quiso darle muerte; pero hubo quien la defendiera; acudieron los guardias del rey, y en esta confusión la Madre de Boabdil pudo escapar, reuniéndose aquella misma noche con su hijo en su casa del Albaicín.
Muley Hacen y Zoraya  se consideraron perdidos. En breve la guerra civil se dejaba sentir en las calles y en las plazas, y la victoria coronaba los esfuerzos de Aixa y Boabdil.
El viejo rey y su adorada, huían precipitados a la Alcazaba, y proclamado monarca de Granada Boabdil, entraba gozoso con su madre en la Alhambra, levantándose  del ostracismo sus parciales, y cayendo en la desgracia los secuaces de su padre.
Desde entonces la cuesta por donde escapó Boabdil al ser descolgado por su madre, es conocida con el tradicional nombre de Cuesta del Rey Chico.


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Nota.- El autor de este texto (extraido de “EL LIBRO DE LAS TRADICIONES DE GRANADA”), es el escritor y cronista de la Ciudad Francisco de Paula Villa-Real y Valdivia, que  nació en Mondújar (Granada) en 1848 y murió en 1908.

Después vinieron otros nombres para esta cuesta -y es lógico-, debido a lo dilatado en el tiempo, de su particular historia: Desde Cuesta de los Muertos, que data de 1804, fecha en que quedan prohibidos los enterramientos parroquiales y la creación del cementerio de las Barreras, en el antiguo haza de las Escaramuzas (el actual cementerio de San José), hasta el más reciente de Cuesta de los Chinos, apelativo descriptivo, que hace alusión a su suelo siempre colmado de cantos rodados, caídos de los taludes de las altas terreras que lo delimitan.
.


En cualquier caso, la cuesta de este barranco ofrece actualmente, tras el reciente adecentamiento de 2000, un aspecto encantador y mágico digno de su larga historia, capaz de transportarnos por su soledad y entorno a épocas pasadas de la Granada eterna.





NITO

                                              

viernes, 30 de mayo de 2014

LA POESÍA Y LA MÚSICA EN GRANADA




La poesía y la música en la Granada de ayer (1.940 / 1.960)

Sonaban las campanas en las iglesias repartidas por la ciudad. Era la hora de los maitines (llamada al rezo antes del amanecer). Volvian a sonar, eran las ocho, primera misa de la mañana.
“¡Aquí, Radio Granada! Noticias”. Eran los primeros sonidos del día de aquella Granada que se despertaba lentamente. Luego, el trasiego del día a día. El ir y venir de los carros que entraban en la ciudad por la Avd. Calvo Sotelo, recorriendo parte de San Juan de Dios, Santísimo y Santa Paula para llegar al mercado de San Agustín (casi todas las calles tenían -siguen teniendo- nombre de santo o santa).


Este hecho siempre me llamó la atención. Quizás las mercancías eran protegidas de malhechores, así, pasando por estas calles, pues la verdad es que no había demasiado que llevar al hogar. Comenzamos a ver, por otra parte, cada vez más coches que con su mala combustión casi te ahogaban.


Los domingos era otra cosa, el silencio duraba, al menos, hasta las nueve. Todo el mundo se aseaba y se bañaba como podía. Había que prepararse para la misa dominical, temida por muchos, por los insufribles sermones y deseada por otros, aunque ambos tenían, creo yo, la misma intención, después del “podemos ir en paz”: Todo el mundo iba en busca del vermut. Eso sí, con gran parsimonia, sin bullas. Alguno que otro más desahogado económicamente aprovechaba para pararse en mitad de la calle donde requería al limpiabotas.


La Granada intelectual pisaba otros lugares y se despertaba más tarde (se había trasnochado en la tertulia, arreglando el país mientras se agotaba el liquido espirituoso poco a poco) El Centro Artístico era el santuario y la Cafetería Granada una de sus sucursales: Federico por aquí, Federico por allá. Era el poeta, el escritor y era “granaino”. Se podría decir que no importaba realmente el final que este alma de Dios había tenido, todo lo contrario, su fama fue en aumento día a día y esto para nuestra intelectualidad era el “no va más”.
Pero la vida seguía, la juventud (o sea, nosotros) continuábamos haciendo lo que se nos permitía a la vista y lo que no se nos permitía también pero sin que nos vieran. Teníamos a la “radio” de nuestro lado asistiendo al paso de Concha Piquer al Dúo Dinámico, sin apenas darnos cuenta. Nuestros padres asistieron entre atónitos y aterrados al ver la forma en que nos movíamos con los recién llegados bailes, el Twist, la Yenka, el Rock.


Sí, la vida seguía, en otros ambientes, en los barrios, en los pueblos, seguía habiendo verbenas. Allí estaba Paquito Rodríguez. En la capital Gelu o Miquel Ríos hacían estragos.
Eran otros tiempos, simplemente eso, otros tiempos. Hoy, en este encuentro, vamos a dar algunas pinceladas a ese cuadro que representó el paso de la niñez a la pubertad.


Ahora nos toca a nosotros pintar otro cuadro, el de los “mayores”; para mí es el de la edad activa porque no hay quien nos pare.

Casi todos los que en estos momentos nos encontramos esbozando ese cuadro, estamos sin saberlo, en la certeza de que éste puede ser si no el definitivo, sí el más interesante.



JUAN GÓMEZ

jueves, 15 de mayo de 2014

LA CASA DEL AMERICANO


A modo de sinopsis.-  El personaje y su obra: “El Americano”.

 Cuando en marzo de 1910 Juan Jiménez Guerrero compró varios solares para construir un nuevo edificio al comienzo de la calle, entregó un cheque por 120.000 pesetas.
Entonces nada hacía pensar en la construcción que hoy se levanta entre la avenida Constitución y la Gran Vía, sería una de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.

Juan Giménez Guerrero, llamado popularmente ‘El Americano´ por ser uno de los inmigrantes enriquecidos que regresaron a España al terminar la Independencia, dio nombre al edificio que cuenta con tres casas independientes que ocupan toda la manzana.

De estilo cercano al modernismo barcelonés, acogió en su planta baja durante muchos años al café ‘El Americano´, muy frecuentado durante la primera mitad del siglo pasado.



Repasando los escritos del que fuera (para mi gusto) el mejor cronista moderno de la ciudad, Don Juan Bustos, me encuentro con la cónica que hace sobre este popular y bellísimo edificio.
“Este es  el magnífico  edificio de la Gran Vía, que siempre ha sido conocido popularmente como “casa del Americano”, por ser ese el apelativo que los granadinos de principios de siglo dieron al rico propietario de la finca. Se llamaba Juan Giménez Guerrero y -según contaba Manuel Martín Rodríguez en su estudio sobre la polémica calle- había adquirido, en marzo de 1910, por un importe de 120.000 pesetas, los solares necesarios para su construcción.


Son tres casas independientes las que componen este edificio, que ocupa una manzana completa como es sabido. Destacan en él, en su plano estrictamente arquitectónico, los fuertes ritmos contrapuestos de los huecos de balcones verticales, y las barandas con balaustradas horizontales. En la interesante fachada destacan también determinados elementos ornamentales modernistas, con formas vegetales, especialmente en los remates de la balaustrada que corona la casa. Interés especial ofrece, entre los muchos detalles afortunados del edificio, el cierre que ocupa dos plantas, con gran superficie, en el frente curvo de la finca, precisamente donde, en la planta baja, se distinguen los arcos rebajados de cantería. Una gran forma decorativa modernista en la coronación de la esquina. De singular atractivo la cuidada ornamentación con tallas diversas. Una relación visual irreprochable con las restantes construcciones del más próximo entorno completa este breve comentario de las cualidades y méritos de tan notable construcción.



Muy poco sabemos de aquel Juan Giménez Guerrero llamado popularmente el americano. Su compra de estos solares de la Gran Vía en 1910, doce años después de las pérdidas coloniales, hace pensar que pudo ser de los emigrantes enriquecidos que regresaron a España al consumarse la independencia de los últimos territorios del otro lado del Atlántico. Quizá alguno de sus descendientes pudiera aportamos más daros sobre su identidad. Lo cierto, a fin de cuentas, es que el edificio fue así llamado desde el primer momento.



En los bajos de la casa, hubo un café popularísimo, que se montó casi al mismo tiempo que el inmueble se inauguraba. El café se llamó también “el Americano”. Su propietario era un hombre muy conocido entonces: Enrique Carmona, que compartía su trabajo en el mostrador, con sus actividades come jefe de personal de la Plaza de Toros del Triunfo y como conserje de la tristemente célebre “Casa de los locos”, instalada entonces en el Hospital Real. Aquel primitivo café del “Americano”, estuvo siempre muy concurrido, tanto por la calidad de su café, a veinte céntimos en vaso grande, como por la simpatía y buen trato de su dueño, hombre servicial y amable de los que contribuyeron a la buena reputación de estos establecimientos en nuestra ciudad .



POST SCRIPTUM.-

Estaba buscando ángulo, cámara en mano, de la parte trasera del edificio (la que pasa más desapercibida, al no estar al paso cotidiano), cuando me topo con el amigo NINO.
Al  contarle lo que hago por aquí, y “en qué gasto mi tiempo libre”, me hace notar una curiosidad palpable en el edificio y que, desde su lugar de trabajo, viene observando desde hace un par de años: Un moderno ático en construcción, al parecer paralizado -¿interdictado…?-
¿Para qué querrán más habitaciones para la “casa de los cien balcones” (según nota aclaratoria que nos manda  María Belén…)



Vista trasera desde la Puerta Elvira


NITO


miércoles, 30 de abril de 2014

EL ENIGMA DE LA LOZA DORADA DE LA ALHAMBRA



Los palacios de la Alhambra, que tanto admiramos, sólo son una sombra empalidecida de lo que fue la eclosión cromática de otros tiempos. De ella sólo restan los paneles de alicatados policromos rivalizando con el verde profundo de la arboleda circundante, salpicado de flores, y el cálido rojo terracota de los muros. Faltan las ricas cortinas de seda, los velos finos y bellísimos que púdicamente velaban la desnudez de los muros encalados.
Faltan las solerías de azulejos heráldicos. Las tacas han perdido sus ricos jarros. Tampoco vemos los grandes vasos ornamentales dorados.
Y hemos de recurrir a nuestra imaginación para evocar los espléndidos banquetes, como los de la fiesta del “mawlid”, con las exquisitas viandas servidas en la vajilla más preciado del mundo islámico, “mezcla de blanco y amarillo intenso, como plata que corre entremedias del oro”.
.
“Su piel deslumbra sus ojos como si fuera
un jardín donde los junquillos se abren ante
las anémonas;
mezcla de blanco y amarillo intenso,
como plata que corre entremedias del oro.”
(IBN ZAMRAK)


"El Azulejo de Fortuny" o de Yusuf III

El oro, simple espejismo
La cuna de la revolucionaria  técnica de la loza dorada, dentro del imperio islámico, sigue siendo un enigma, si bien hay que situarla en algún lugar de la hipotética franja que, desde el sur del mar Caspio, cruzando Mesopotamia, llegaría hasta el norte de Egipto.
Ciudades iraníes como Cashan, mesopotámicas como Sumarra o Bagdad, o egipcias como Fustat,  pudieron tener los primeros hornos de esta producción, de falsas sugerencias áureas. Tampoco sabemos cómo se inventó  o descubrió esta técnica. Tal vez fue por azar, al sufrir una imperfecta cochura alguna pieza dorada con óxidos de cobre. Una fortuita llama reductora sería la responsable, y la pieza, en vez de aparecer pintada, al final de la cocción con el verde de rigor, surgiría recubierta de tonalidades doradas, brillando entre los humos negruzcos adheridos al vedrío.



Acababa de nacer la loza dorada de reflejos metálicos.
Pero, además, con la ventaja de ser “ortodoxa ”, ya que, al carecer de oro, no infringía los cánones coránicos que rechazaban el lujo.
Aunque no conocemos ninguna receta antigua de esta fabricación y las variantes son numerosas a lo largo de los siglos y a lo ancho del mundo islámico, en principio el vedrío dorado se obtiene mediante una mezcla, previamente triturada y luego diluida el vinagre, integrada, en lo esencial, por sulfuro metálicos de cobre y de plata, almagra –peróxido de Hierro-  y cinabrio –bisulfuro de mercurio-.


Esta decoración se aplica sobre la superficie de la pieza, previamente juagueteada y luego recubierta de vidriado stannífero, lo que supone dos cochuras previas, pasando a continuación nuevamente al horno, donde, para conseguir la tonalidad dorada, es imprescindible la cocción con llama reductora.
En el viejo tratado cerámico de a Abú-l-Qasim deKashan (1301) esta técnica recibe el nombre de “color dos fuegos”.



Los comienzos
Cuando los alfares del Al-Andalus empiezan a fabricar loza dorada –presumiblemente a comienzos de la segunda mitad del siglo XII-, la producción goza de una venerable antigüedad de 300 años. Era el siglo IX. Los omeyas de damasco habían sido vencidos para mediados de la centuria anterior por la nueva dinastía de los abbasíes, quienes trasladaron la capital a Bagdad.
En el Al-Andalus empiezan a conocer la loza dorada en el siglo X, reservada como en el resto del mundo islámico, a los califas, emires y cortesanos de alto rango.
 Así, la fabricación del vedrío dorado, guardado tan celosamente al principio, se difundió  a lo largo de los siglos XI y XII a otros países del Islam. Egipto, Irán y Al-Andalus. Señalemos que, aunque la técnica básicamente es la misma, las diferencias pronto se harán notar, destacando de una manera especial la granadina (motivos ornamentales y formato de las piezas).
(Basado en un artículo de Balbina Matínez Caviró  en: “El arte nazarí y el problema de la loza dorada”).



        
Aliceres dorados granadinos

"En todas las paredes de la Alhambra
ondula el mar de al-zullaýý".

(Al-Jatib)

Veamos con detenimiento el proceso empleado en los alfares de Granada y Málaga: La técnica para su fabricación es de gran dificultad, pues para llegar a la obtención del reflejo dorado, la pieza debe ser sometida a una cochura múltiple y diversos procesos. Una vez torneada y seca la pieza se cuece por primera vez. La cerámica azul y dorada se realiza con engobe, óxido de cobalto y óxido de plomo, que dan el fondo blanco al transformarse con la cocción, el dibujo azul y una capa vidriada que lo recubre todo. En una segunda cocción se aplica el dorado con vinagre de sulfuros de plata y cobre pero al fijarse sobre el vidriado de la primera cocción se degrada; por este motivo, el fondo de ataurique o motivo vegetal se pierde en gran parte con el tiempo. Para esta cocción final se emplea leña de plantas aromáticas, como el romero, que produce mucho más humo por lo que las piezas salían ennegrecidas, lográndose el dorado por frotación con esparto u otro material similar.
Unas obras estaban decoradas exclusivamente en color dorado, mientras otras lo asociaban con el azul de cobalto y el manganeso, que les prestaba mayor variedad cromática. La tipología es variada, desde ataifores a jarras, pasando por escudillas, tarros, copas, tazas, tapaderas y demás piezas cerámicas, pero sobre todo destacan – y de una manera especial-  los llamados  "Jarrones de la Alhambra".




NITO

lunes, 14 de abril de 2014

SÁBADO DE GLORIA: MELOJA

De Taringa.net

Esta es la historia de un dulce que se hacía desde tiempos muy antiguos y que a los niños se les daba como premio, como si fuese un caramelo, por los pueblos de las sierras granadinas y de toda Andalucía en general, donde quiera que hubiera colmenas.

Es como una especie de arrope hecho a base de calabaza y miel, muy dulce.
Ahora, con más posibilidades  económicas y gustos más refinados, se toma como acompañamiento con quesos frescos, sobre pan tostado etc.



Cuando éramos pequeños, recuerdo como en casa se ponían aquellas rebanadas de hogazas de pan y se le cubría de aquella meloja negra y brillante que chorreaba por nuestros brazos y nos ponían “pringando”… pero que estaba exquisita y se nos decía que tenía un gran valor energético, sobre todo cuando encima de la rebanada se le ponían aquellos trozos de calabaza dulce que flotaban dentro del gran tarro de cristal.


Cuando en invierno, a veces, se hacían aquellas “gachas” de harina tan buenas que comíamos de postre, quiero recordar que mi madre preguntaba cómo queríamos que fuesen acompañadas y la oferta era….azúcar, miel de caña  ó “meloja”. Yo solía pedir que le pusiesen la meloja; aquello era algo estupendo… por el sabor tan contrastado de los tostones de las “gachas” con el sabor dulce de la meloja.

Copio estos cuartetos que encontré en el bonito Blog “Alcázar de Venus”  y  que de forma sencilla y acertada, al tiempo que poética, relatan el proceso para obtenerla.


LA MELOJA
Para hacer buena meloja
debes disponer de tiempo
pues se lleva casi un día
preparar todo el invento.

Que si la agüita de cal,
que si el panal de la miel,
que si partir la calabaza
para quitarle la piel.

Después, coser y cantar,
sólo hay que dejarla hervir
para que alcance su punto
y la sintamos crujir.

Esta meloja, señores,
es dulce tan especial
que hasta el mismo Carlos Cano
le cantaba sin cesar.

-oOo- 

Hoy queremos traer aquí estas recetas antiguas con el ánimo de que no se pierden tales costumbres, que es una manera de no olvidar nuestra cultura ni nuestros ancestros.

Veamos cuáles son sus ingredientes y su elaboración:
Agua de cal. Agua, miel y calabaza marranera. La proporción de calabaza/miel, puede ser, aproximadamente, medio kilo de miel por cada kilo de calabaza.
Para hacer el agua de cal se disuelven en un recipiente metálico unas piedras de cal viva en agua. Cuando la cal esté apagada se remueve con un palo limpio y se deja reposar hasta que decante y el agua que está sobre ella quede clara.
Se pela la calabaza sin miedo, es decir, no importa que nos llevemos algo más que la piel. Se hacen tajadas no muy gruesas, se echan en un recipiente y se cubre con el agua de cal. Se deja reposar durante unas horas (4 ó 5) a fin de que la calabaza se encalle (se endurezca).

Se pone en el fuego una olla media de agua con un poco de la miel. Cuando comienza a hervir, cuidado que se puede subir, se añaden las tajadas de calabaza y se le va añadiendo poco a poco más miel. Se deja hervir a fuego medio hasta que las tajadas de calabaza se cuezan por dentro y estén tiesas por fuera. Al mismo tiempo que se reduce el volumen de agua se va formando un caldo meloso que nos servirá de conservante. De vez en cuando habrá que ir probando hasta que veamos que están en su punto de miel y de cocción. Si fuese necesario se puede rectificar de agua o miel, si añadimos agua la calentaremos previamente para que no corte la cocción.

El enemigo de las abejas

Esta forma de escarchar la fruta -fruta cristalizada-  con agua de cal o Hidróxido de Calcio  [Ca(OH)2] constituye un magnífico conservante a la vez que desinfectante, muy usado en la antigüedad y que España introdujo en Hispanoamérica, siendo Méjico donde  la fruta cristalizada forma parte de las tradiciones y sus mejores expositores son los dulces típicos (Camote, Higo, biznaga, calabaza, fresas).


En otra ocasión mostraremos la forma de hacer arropes (conviene no confundir con las melojas).  Sobre todo estoy interesado en un arrope con marchamo y aroma oriental  –allende del mar-  a base de chumbos. Aún no tengo afinada la receta del todo, pero más o menos sería:Pelar los chumbos, cortar en trozos pequeños. Hervir los trozos sin dejar de revolver con cuchara de madera en una olla de cobre apenas cubierta de agua. Debe obtener una mezcla espesa, su preparación es lenta hasta que los chumbos queden deshechos.
Colar de tal manera que pase la pulpa pero queden las semillas. Volver a poner al fuego y dejar hervir hasta que tome un color oscuro. 


NITO