lunes, 20 de julio de 2026

UN AZULEJO EN HONOR DE GAUTIER

 


QUE EL ÉXTASIS SEA CONTIGO

El azulejo dedicado al escritor romántico francés Teófilo Gautier se encontraba en una antigua bodega de la calle Párraga en Granada, rindiendo homenaje a su famosa obra de viajes Voyage en Espagne. Debido a errores históricos, en el mismo lugar existía una placa donde erróneamente se le atribuía la estancia a don Heraclio Fournier.

El poeta y escritor francés Théophile Gautier visitó España en 1840, siendo la Alhambra el clímax de su viaje. Sus crónicas sobre este periplo, marcadas por el romanticismo, consolidaron a Granada como un mito literario europeo. Enamorado de la ciudad y el monumento, escribió célebres pasajes describiendo la arquitectura nazarí y la luz andaluza.



CARTA DE GALLEGO BURÍN A MELCHOR ALMAGRO.-

Esta interesantísima carta apareció en “El Defensor de Granada”. El 19- VIII- 1922

 Indudablemente, querido Melchor, hay un gravísimo error en los juicios formados sobre los extranjeros que escribieron de España y, en este caso, sobre Teófilo Gautier. Yo pienso, que hay pocas impresiones de nuestro país, tan bellamente sentidas y con tan intenso color expresadas, como las que en sus notas y en sus poesías él, reflejó Gautier, porque él, como otros viajeros de su tiempo, llegó a nosotros libres de prejuicios y sólo atentos a percibir de España en los genuino y propio.

Lo demás, no les interesa, naturalmente. Así, untó sus lienzos, con los colores que los españoles le daban y reflejó en ellos, un intenso sentido de la España del momento. Por eso, son aquellos, acabados estudios en nuestras costumbres, únicos, insuperables, e insustituibles, a pesar de todo. (Este artículo es contestación al publicado por Melchor Fernández Almagro en Noticiero granadino, 19- VIII- 1922, lanzando la idea del homenaje a  Gautier.)

Siempre creí, te repito, que ha habido injusticia enorme en este menosprecio de Gautier, y que precisaba llegase el momento de ir a buscar sus impresiones, como las más exactas y las más españolas.

De Granada, supo recibir los ruidos y reflejarlos simplemente, sencillamente; mirar sus tipos y dar su exacta silueta: hundirse en el paisaje y dar su emoción. Supo, vibrar con Granada, y en este fárrago de literatura exaltadora de nuestra ciudad en la que siempre domina en tópico ramplón y la vulgaridad resonante, son estos leves y sencillos susurros de Gautier, como oraciones llenas de fragancia, en las que se recoge el íntimo sentido de Granada, y sus cuadros, leves y brumosos, reflejo exacto del intenso y colorido vivir de hace ochenta años.

Con sus páginas, ha dejado en pié Gautier, lo que los granadinos no han sabido conservar, a pesar del tan cacareado amor a Granada.

 


Ha dejado, la perfumada sugestión de la ciudad que era, en el ambiente actual de la ciudad que deja de ser.  Con la exaltación de aquella vida, de aquellos tipos, de aquellas costumbres, hizo Gautier por España, más que los propios españoles. Nuestra vida sería más nuestra, los hombres más hombres y la mujer más mujer y España más España, si no hubiese entregado a lo extraño su propia alma, para desfigurarla con falsos aliños. ¡Bella España y bella Granada, las de Teófilo Gautier!

Has hecho bien, Melchor, en lanzar esta idea. Los que pensamos que el europeísmo artificial y seco, ha aplastado los espíritus, vemos en el homenaje a Gautier una protesta  contra la actualidad y la indicación de una nueva trayectoria  sentimental.

No es solo a Gautier, sino a su  simbolismo,  este recuerdo romántico de colocar en la calle  de Párraga, donde Gautier viviera, ese azulejo de Fajalauza. Buscaremos la casa, como quieres. Pero si no se encuentra, ¡qué más da…!

Lo interesante, es lo que esto significa. Significa, el grito de los que pensamos que nuestro espíritu debe conservarse con su fragancia propia  y nuestra ciudad con su perpetua  emoción lírica.

Para esto, cuenta conmigo, con nosotros. Estamos educados en aquel decir de Ganivet:

 “Entretanto, sin más gloria que la propia tranquilidad, aquel sentimiento de la virtud por la virtud, realicemos la labor de adherirnos, en una preocupación cordial, por las cosas nacionales”.

 


 

NITO

viernes, 13 de febrero de 2026

TEÓFILO GAUTIER EN GRANADA



Una Etapa del “Viaje por España. “El Correo real, en el que partimos de Burgos, merece una descripción particular. Se trata de un modelo de coche que ya no puede encontrarse en ninguna parte más que en la España fósil. Es un armatoste con ruedas enormes, colocadas muy a la trasera de la caja, que fue de color rojo en tiempo de IsabeI la Católica. Es un cajón extraño, con muchas ventanas de forma redondeada, almohadillado por dentro con pequeños cojines, que tal vez fueron en otro tiempo de satén rosa. Ahora, a pesar de sus adornos y agremanes, ostentan todos los colores. Semejante carroza se hallaba sencillamente suspendida en unas cuerdas, reforzadas en algunos sitios con soga de esparto. Tiran de esta máquina unas cuantas mulas puestas en hilera, con sus correspondientes postillones y el mayoral con su chaqueta, de piel de astracán y pantalón de piel de oveja, vestido que le da una apariencia completamente rusa. Entre una lluvia de gritos, latigazos y blasfemias nos pusimos en marcha. Caminábamos a gran velocidad; devorábamos el terreno con una rapidez fantástica. Nunca he visto mulas más furiosas, más bravas, ni más indómitas. Las comarcas que cruzábamos tenían un aspecto verdaderamente salvaje: eran inmensos yermos desprovistos de árboles, monótonos, terminados en montañas de color ocre, a las cuales ni siquiera la distancia podía dar un tinte azulado. De vez en cuando atravesábamos pueblecillos construidos en barro, ruinosos la mayor parte de ellos.”


El libro “Voyage en Espagne”, del escritor y periodista francés Teófilo Gautier, está considerado como uno de los más interesantes de cuantos, en esta modalidad, se escribieron en el siglo XIX. Su autor –al que se le ha reprochado que se limitó a “ver” España sin pretender ahondar en ella-, hay que reconocer que se extasió ante los prodigios de Granada, “una representación de ópera hecha realidad, que representara alguna maravillosa perspectiva de la Edad Media”.

 Como sucedió a otros viajeros literarios o pictóricos de la época, Gautier, nombrado “attaché” del periódico “La Presse”, Es decir adjunto o funcionario adscrito a una embajada, donde hacía crónicas de arte y de teatro y luego de viajes, vino a nuestro país como acompañante y asesor de un adinerado coleccionista, dispuesto a enriquecer su galería privada con todo cuanto de valor pudiera comprar por cuatro cuartos a tantas familias de elevada posición, arruinadas por la bancarrota general de la nación en aquellos tiempos.


Azorín nos dejó un espléndido retrato del escritor francés: “Era un hombre alto, esbelto, vivo, nervioso, comunicativo, desbordante de gestos y de palabras. Sus ojos fulgían de inteligencia y de bondad; una larga, tupida, sedosa melena tocaba casi sobre sus hombros”. El viajero, hospedado en un principio en la “ Fonda del Comercio,” que tenía pretensiones de hotel a la francesa, aunque no había sábanas en las camas y tuvimos que dormir vestidos y sobre las tablas”, acabó por acomodarse en una casa “muy decente” de la calle Párraga, desde lo alto de la cual, se divisaba sobre la cresta de una colina, netamente perfiladas, a través de un grupo de árboles, las torres macizas de la fortaleza de la Alhambra, “revestida por el sol de tonos rojizos, de una calidez de intensidad extremas”.


Gautier se entusiasmaba con Granada, con sus gentes, con sus amaneceres y sus puestas de sol, con sus paseos, cármenes y alamedas. “Teníamos tal pasión por la Alhambra que, no contentos con ir todo los días, quisimos vivir en ella”, escribe. Gracias a los buenos amigos que el viajero había hecho en la ciudad, pudo conseguir su deseo: “sin que llegasen a darnos un permiso formal, nos prometieron hacer la vista gorda. Estuvimos en la Alhambra viviendo cuatro días y cuatro noches, que fueron los instantes más deliciosos de mi vida”.

 Nada se le escapaba al escritor, que tuvo siempre la intuición certera de lo esencial, en el arte, en el paisaje. “Excelente observador de todo cuanto le sorprendía”, dice Miguel Vázquez Montalbán.

No hace mucho, con evidente oportunidad, se reeditó esta obra, una de las más famosas leídas entre los libros de viajes. Especialmente felices los episodios granadinos, la pintura de la sociedad de la época, el bullicio incesante del Zacatín y de la Bibarrambla, las descripciones de modas y costumbres, el ritual de los paseos, los gozos de los patios, al atardecer. Y sobre todo por la Alhambra, donde “dijérase que la varita de un mago os ha trasladado a pleno Oriente cuatro o cinco siglos atrás”.

  

Una pequeña calle, ubicada en el barrio de La Chana guarda la memoria de Gautier.

No sorprende que Gautier reconozca en su libro que dejó, inevitablemente, Granada, “lanzando un suspiro tan profundo, por lo menos, como el del rey Boabdil.

Carruaje "Galera"

 Y es que, ya se sabe: "Empiezo a pensar que hay un placer todavía mayor que ver Granada, y es el de  volver a verla". (Alejandro  Dumas).


NITO




Bibliografía consultada.- 

-Un viaje  de Teófilo Gautier a su poética.- De Evelino Miñano Martínez  (Universidad de Valencia).

-"Granada, Laberinto de imágenes" de Juan Bustos.


sábado, 17 de enero de 2026

LA CASA DE LOS MIGUELETES




Una de las cosas más castizas del Albaicín es la llamada “de los Migueletes”,  en la calle de Benalúa, nombre de los señores y condes de este título, que tuvieron su finca nobiliaria en el lugar, a la vera de la Cuesta de Aceituneros y de las calles  –¡qué bellos nombres!- del Aire y de la Penitencia.

Debió tener un hechizo irresistible aquel Albaicín del siglo XVI, época en que los señores de Benalúa tuvieron el buen gusto de sentar su casona solariega en este sintió, que empezaba a poblarse de los cármenes que luego alcanzarían celebridad literaria merecida.

Aquel Albaicín fue el que maravilló al poeta don Luis de Góngora, quien, desde las ventanas del Generalife, quedó tan impresionado con la perspectiva del barrio, que dedicó un bello romance en 1588.

                                   

Era el Albaicín concurrido por genoveses y venecianos, atraídos al reclamo del buen negocio de la seda. El Albaicín que hacía exclamar a Bermúdez de Pedraza: “La amenidad del sitio, la frescura del río, los saltos de las fuentes, el ruido del agua, el cantar de los ruiseñores y los saludables y suaves aires fueron bastante para creer fue aquí el Paraíso Terrenal, si los cosmógrafos lo describieran en Europa como en Asia”.

                                          

La casa de los “Migueletes”, en el Albaicín de hoy, subdividida en pequeñas viviendas, sigue siendo un valioso testimonio del tiempo pasado. La singular disposición de su zaguán, las  artísticas zapatas, los apilastrados de madera torneada del patio principal, la cubierta con cúpula barroca, las hermosas columnas de mármol gris, y desde la galería superior una vista preciosa de la Alhambra, son algunos de los muy abundantes valores de tan noble edificio.

Y sí la casa estaba indisolublemente unida al nombre “de los Migueletes”, éstos se hallan igualmente vinculados a un período concreto de nuestra accidentada historia reciente: El cargo de vigilancia de caminos y la lucha contra el bandidaje, como obligaciones prioritarias. El viajero, escritor y dibujante romántico Richard Ford, dejó constancia de haber hecho su entrada en Granada, en diligencia, procedente de Jaén, escoltado por nueve fornidos “migueletes”, que –en este caso, al menos- no sólo aseguraron la integridad de viajeros y equipajes, sino que por si fuera poco, se pasaron cantando todo el camino y fumando “fuertes cigarros -dice Ford-, lo peor de la “Real Fábrica”.

                                            
En aquella Andalucía donde los bandidos pasaban fácilmente por héroes, “los Migueletes” fueron la única y mínima garantía de seguridad de aquellos lejanos viajeros, cuyos desplazamientos probaban una gran necesidad o un valor rayano en la temeridad.

Muchas veces, y a pesar de la protección de los “Migueletes” las diligencias eran asaltadas, con heridos o muertos en ambos bandos. Algún escritor de la época describió como patéticas las despedidas familiares, al pie de los carruajes, mientras la escolta de “Migueletes” montaba en sus caballos. “Era relativamente probable que alguno o algunos de los que se estaban despidiendo no llegaran con vida al término del viaje”.

  

 En la actualidad, el magnifico edificio histórico de la Casa de los Migueletes y que tanta melancolía despierta en nuestro querido cronista Juan  Bustos ( y del cual libamos), se ha convertido en el hotel boutique "Casa  1800 de Granada" En su patio se siguen guardando todos  los secretos de los antiguos vecinos de esta corrala, y ahora es el punto de encuentro de los huéspedes para desayunar, merendar o relajarse con el arrullo de la fuente de dos cabezas, Desde alguna  de sus habitaciones se contempla el importante monumento  de la Alhambra, una perfecta anfitriona para acurrucarnos entre sábanas.




                                                                        

 NITO