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martes, 20 de septiembre de 2016

CASTRIL Y LAS ORZAS DE ORO



Sobre el  mito del oro escondido, yo no he visto tierra más rica y que se preste tanto a la fantasía más desbocada, que la nuestra.

Ahí están los tesoros de moros, moriscos, judíos y piratas que  permanecen ocultos en montañas, cuevas, sótanos y murallas de Granada. Leyendas e historias de grandes riquezas abandonadas tras la conquista de Granada y la guerra de las Alpujarras esperando lindamente a que te topes una mañana con ellas. 


Lógicamente esto no es exclusivo de Granada y sus pueblos. Ni siquiera de nuestra geografía hispana.  Los Antecedentes más remotos que conozco sobre el mito del oro escondido los encontré en “Las Metamorfosis”  de Apuleyo, que, según Agustín de Hipona, se conocía como El asno de oro (Asinus aureus)  que, por cierto, es la única novela latina completa que se ha podido hallar. Fue escrita en el siglo II d. C., y que acaso, tampoco era original, porque  era a su vez, una adaptación de un original griego.


Para remediar el caso y calentarnos más los sesos, viene  Morayma, la esposa de Boabdil, y esconde sus más preciadas pertenencias en los alrededores del castillo de Mondújar. Poco antes su suegro, Muley Hacén, mandó buscar tres diamantes negros escondidos por Alhamar, en grutas de las altas cumbres de Sierra Nevada, mientras Aixa, su esposa despechada, dejó su ajuar en los muros del castillo de Salobreña, y años más tarde, con la expulsión de los moriscos y judíos, los cerros de Granada, la Alpujarra y tierras del noreste y del poniente, se llenaron de recónditos escondrijos en los que ocultaron orzas repletas de monedas de oro y piedras preciosas que aún esperan a ser recuperadas cuando, algún día, las familias vuelvan de su destierro centenario.



En esta ocasión vamos a relatar una leyenda que nace, al parecer, en Castril, aunque se podría haber atribuido a cualquier pueblo de la zona.
Situada en la zona más suroccidental de la comarca de Huéscar y reubicado en las faldas de un gran peñasco se encuentra Castril (de la Peña). Los romanos fueron los primeros que la utilizaron como protección en un campamento militar que con el paso del tiempo se convirtió en villa. De hecho, su nombre podría derivarse del término latino “Castrum”, campamento.
De paisajes espectaculares, es su sierra uno de los referentes más atractivos para los amantes del senderismo, con rutas de belleza singular que sumergen al viajero en una naturaleza ancestral. La visita a este precioso pueblo fue un verdadero placer. En el pueblo, de calles serpenteantes y casas encaladas, me condujeron a la iglesia de Nuestra Sra. de los Ángeles, que me facilitó la entrada a través de la Puerta del Sol al castillo de la Villa, una fortaleza mítica en un paraje extraordinario.



La leyenda de Castril y las orzas de oro.

 Así nos lo narra  J. Manuel Fernández Martín en sus “Leyendas de nuestros pueblos, Libro III”.

"Evaristo era un colono de los que siempre se quejaba por todo: del tiempo, de la tierra, de poco dinero que ganaba, pero sobre todo de la casa que le había tocado en el reparto que del suelo hizo el señor de Zafra; siempre decía: “la más vieja y destartalada me tocó porque algunos han hecho trampa en el sorteo”. No sólo se quejaba de su mala estrella sino que también, para colmo de males, era tacaño y avaricioso. Todo lo que ganaba como talabartero arreglando alpargatas, espuertas o correajes de cuero, lo tenía a buen recaudo, gastando lo sucinto para ir tirando, pues su intención era derribar aquella vieja casa que le había tocado en suerte y sobre sus cimientos, hacer una nueva con todas las comodidades.

Un día de frio invierno apareció por el pueblo un viejo ciego con un lazarillo de doce o trece años que se buscaban la vida cantando romances de las gestas que los poderosos realizaron en la guerra de Granada. En la plaza del pueblo donde se unían las calles baja y alta había un gran olivo que le servía de apoyo a los dibujos que acompañaban el romance, mientras el zagal pasaba una escudilla a los espectadores que soltaban,con alguna dificultad, unos pocos maravedíes para sustento del trovador y acompañante. Esa mañana estuvo floja de recaudación y decidieron abandonar el pueblo al día siguiente. Antes de partir para Huéscar, el viejo ciego Ramón se acercó al taller de Evaristo para que le arreglara las albarcas que de tantas leguas andadas sus suelas se convirtieron en dos láminas tan finas como el pellejo de una breva.



-Buen día nos de Dios. –dijo el viejo ciego, tanteando con su callado el quicio de la puerta. –Evaristo los miró con desdén y dijo: -¿qué quieres viejo? Aquí no hay nada que te pueda dar.
-No vengo a pedir sino a dar, según me han informado en el pueblo, usted arregla las alpargatas y mire como tengo las mías.
-Los arreglos valen dinero… ¿Tienes para pagarme?
-Por eso no se preocupe, la mañana ha sido buena y el señor de Castril le ha gustado el romance que le he cantado de sus antepasados y mire usted con lo que me ha recompensado. Mostrando una bolsa de doblones de oro que puso los ojos del talabartero tan abiertos como dos espuertas. “Con aquella bolsa podría arreglar su casa y algo más”, pensó el rufián.
-Siendo así no hay problema, sólo tiene que esperar un poco aquí sentado mientras yo le arregló las suelas, pero antes voy a mandar a su zagal a por un cuartillo de vino para que nos caliente un poco, pues aquí hace un frió de mi diablos.
-Así se deshizo del muchacho con el único fin de darle el cambiazo a la bolsa del ciego por otra llena de arandelas metálicas que utilizaba en el taller para sus trabajos. Todo fue a la perfección y al poco rato las alpargatas estaban listas y el ciego en la puerta le preguntó cuánto le debía.
-Por esta vez le voy a regalar el trabajo, bastante tiene con el ir de aquí para allá con este tiempo.
-Pues lo dicho, amigo talabartero. -Le dijo cogiéndolo con una mano huesuda y ojos velados, mirándole directamente a la cara.
-La fortuna te sonreirá y pasará por aquí, más como el agua que llega la acequia, tu estrella seguirá sin que tú lo sepas.-Después dieron media vuelta, cruzaron la acequia y se perdieron entre los huertos de la vega.


Aquellas palabras dejaron desconcertado a Evaristo que pronto recuperó el ánimo al sentir la bolsa del viejo en su jubón. No tardó mucho en comenzar las obras de la casa y cuál fue su sorpresa cuando encontró dos orzas de barro de mediano tamaño, enterradas en el suelo de la casa cubiertas de una especie de sustancia pestilente que le revolvió el estómago. Pensando que sería alguna pócina de los moros para embrujar la casa, pensó en verter el contenido en la acequia y después de romper las vasijas para que no quedara rastro de ellas. Y así fue como, entrada la noche y con gran esfuerzo arrastró las orzas hasta el filo de la acequia y con un pañuelo en la nariz de vertió el contenido en el agua girando la cabeza para no oler el nauseabundo contenido.


A la mañana siguiente, cuando regresó a la obra de su casa, pudo ver el revuelo que se había formado en la acequia, pues casi todo el pueblo estaba afanado en recoger un polvo amarillo del fondo del canal. Al acercarse sus ojos no podían dar crédito a lo que estaba viendo, ¡toda la acequia estaba cubierta de una fina capa de oro en polvo que partía desde donde él había vaciado las orzas! Se maldigo mil veces por no haber mirado bien el contenido de las orzas y pensando que debía de haber más escondidas en la casa, destruyó toda la obra nueva y la vieja buscando el oro. Cuando terminó se encontró sin oro, ni dinero… ni casa. Y como dijo el gran filósofo: “El codicioso siempre encuentra la horma de su avaricia en la decisión de sus actos”. 



NITO

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL PUENTE VERDE Y LAS PIEDRAS DEL MONASTERIO

El "Puente Verde" sobre el Genil

Casi siempre las leyendas granadinas introducen sus raíces en su rica historia.
 Y son las que más gustan a nuestro pueblo. Una leyenda granadina nunca empezaría diciendo: “Había una vez un poderosísimo rey  de un lejano país…”. –No, no, las nuestras echan el garfio a la historia conocida y  localista, empezando: “En tiempos del rey moro Boabdil, había un herrero que vivía en la calle Almireceros…”

Dando por sentado que la historia, como hecho acontecido, nunca es leyenda; gustamos de ir  festoneando, eso sí, entre la historia y la ficción. Como por ejemplo, hoy tratamos cierta leyenda entresacada de "Leyendas de nuestros pueblos" de José Manuel Fernández, tejida  sobre ciertas marcas de canteros observables en los sillares del Puente Verde del Genil, que como sabe toda Granada, fueron con anterioridad las piedras que conformaban  la torre del Monasterio de San Jerónimo.

El general Sebastiani "el aprovechao"

Cuenta la leyenda que…
Hubo una época, antes de la invasión francesa, en que había un puente de madera sobre el río Genil, que por estar pintado de verde  se llamó Puente Verde. Este puente unía la Avenida Cervantes con la Carretera de la Sierra, que por entonces, ya en plena invasión francesa, debían de cruzarlo los gabachos con sus pesados trenes de artillería de 8 y 12 libras y demás pertrechos y no fiándose de la fortaleza de aquel puente de madera, el General Sebastiani tuvo la mediocre idea de desmontar parte de la torrecampanario del Convento de San Jerónimo y utilizar sus sillares para construir un puente de piedra más robusto.

Diorama: Tren de artillería pesada napoleónica

No hubo la oposición adecuada por parte de las responsables autoridades granadinas ante su descabellada  y poco sensible idea, temiendo que el enfrentamiento con el General franchute, de consecuencias inesperadas, concluyera en la pena de muerte.
Pero no quedó ahí la osadía de este general francés, pues también destruyó el Vía Crucis que subía al Sacromonte para aprovechar las piedras en su nueva construcción; de esta manera obtenía materia prima sin tener que dar un piquetazo a las canteras correspondientes, ahorrándose mano de obra, transporte y gastos, construyendo su nuevo puente a costa de destruir y saquear monumentos emblemáticos de nuestra ciudad.

El ejército napoleónico en marcha

Estaban afanados en la demolición de la torre del monasterio cuando uno de  los gabachos encontró la tumba del gran Capitán, Don Gonzalo Fernández de Córdoba, en el altar de la iglesia, dando conocimiento a sus superiores del hallazgo. Estos, en una venganza sin pies ni cabeza, como perros en jauría, destrozaron y saquearon la tumba del gran Capitán, más las cuarenta banderas que ondeaban indicando las batallas ganadas por este héroe nacional y que lucían en la nave central.
El gran Capitán fue, en tiempos pasados, el gran azote de los gabachos, ya que en dos ocasiones logró vencer al rey francés Francisco I y dos veces le perdonó la vida, por ello despertaba los celos y rencores de los soldados invasores, que en un alarde villano lograron abrir su sepultura, esparciendo sus restos por el monasterio de San Jerónimo, profanando su eterno descanso.

Otro diorama sobre la agilísima artillería francesa

Curiosamente, en todo este triste episodio de locura humana, existió un monje que con mucho sigilo y prudencia consiguió rescatar algunos objetos de Valor, entre ellos uno de los regalos más preciados del gran Capitán: un Jaezo de Oro (Jaezo es una manta que se colocaba como adorno a los caballos en la grupa para engalanarlos en los desfiles), un regalo personal realizado a modo de respeto a su persona por el rey Boabdil. Este tesoro que se custodiaba en el monasterio y ante la expoliación sistemática que estaba sufriendo toda la comunidad religiosa por parte de los franceses, fue escondido entre los grandes sillares que se estaban desmontando de la torre jerónima, ocultándolo de la vista de los franceses en un sillar que previamente había ahuecado un maestro cantero y amigo de nuestro monje, llamado Lorenzo, de tal manera que en dicho sillar quedaba totalmente oculto el Jaezo de oro y una serie de marcas que sólo conocían los autores de la idea, dando a la piedra la identificación suficiente para posteriormente recuperar el tesoro.

San Jerónimo y su reconstruido torreón

Esta piedra con su rica carga fue trasladada al lugar donde los maestros arquitectos estaban haciendo el puente sobre el río Genil. Allí, un albañil granadino, Antonio Bretones, estaba sobre aviso del ardid para salvar el tesoro, esperó a que el carretero que debía llevar la carga de piedra desde el monasterio hasta el río le dijera cuál de ellas era la señalada de forma especial, para así poder alojarla en el lugar adecuado y con posterioridad, recuperar el tesoro oculto.
Pero, como siempre ocurre, los hombres proponen y Dios dispone y en un descuido del carretero que transportaba la carga de piedras se confundió de lugar y la llevó a la orilla opuesta del río donde los franceses vigilaban todos los movimientos de los peones y albañiles.

Cuando se dio cuenta de su error, quiso rectificar pero uno de los gabachos le espetó: 
-¿A dónde vas con la carga? –Déjala aquí, cerca de la obra. –Ante la mirada del soldado tuvo que descargar los sillares en el lugar que le había indicado el militar.
Después de descargar, quiso el buen arriero apartar la piedra de las otras e intentar transportarla para llevársela, pero el soldado francés no le quitaba la vista de encima y viendo cómo corría peligro la misión al levantar sospechas, tuvo que disimular y salir con su carreta vacía de regreso al monasterio.
Ya de noche, el monje, el maestro cantero y el carretero se acercaron a las obras para ver si podían descubrir el sillar marcado, pero cuál fue su sorpresa al ver que éste se había mezclado con muchos otros que también venían marcados por ser provenientes del Viacrucis del Sacromonte, quedando perplejos ante tantas señales de unos y otros.
Así pues, en el interior de una de esas piedras quedó escondido para los siglos el tesoro del gran Capitán, en las entrañas del Puente Verde.

Señales en el pretil del puente: No creo que sean de canteros

Dicen algunos entendidos que la clave de las marcas que nuestros patriotas hicieron en el sillar camuflado están duplicadas y grabadas en alguna de las pilastras que existen en los jardines del Aljibe del Rey; La verdad es que  se encuentran debajo del puente y que se pueden ver las marcas desde el río. De una manera u otra, lo cierto es que fue un destrozo y saqueo lo que los gabachos hicieron en Granada y como recuerdo de aquella tropelía existe una lápida en la entrada del Monasterio de San Jerónimo que dice así: “Las torres que desprecio al aire fueron a su gran pesadumbre se rindieron”…

Placas recordatorias de las vicisitudes del campanario

Y hasta aquí la leyenda, pero no el suspense ni el final del cuento: ¿Saben lo que hice, en cuanto leí esta historia? –Una mañana, muy tempranito, tomé la cámara y me coloqué debajo del puente a escudriñar. No he llegado todavía a conclusiones  finales, pero encontré varias señales enigmáticas. Si algún día me veis millonario, podréis pensar sin duda, que encontré el “Jaezo de Oro”.


Si pudieras ampliar esta foto, te sorprenderás: el Alfa + Omega.¡La señal...!


NITO

miércoles, 6 de mayo de 2015

LA PLAZA DE LAS TRES CRUCES DE ARMILLA



Más que un monumento, las Tres Cruces, son una fuente de leyendas en Armilla. No existe ningún dato sobre el origen de ellas que yo sepa. Las Tres Cruces están ahí desde muy antiguo. Siempre las conocimos...
Lo paradójico es que las Tres Cruces pertenecen al Arzobispado (algo debían de saber) y no al Ayuntamiento. Aunque ¿qué más da a quienes pertenezcan?: Ellas son del afecto y la devoción de todo un pueblo y ellas son las depositarias de varias dichas leyendas…

De todas ellas, la que más impacta a propios y extraños, es que el Cristo crucificado, en la antigüedad, sus pies no se encontraban separados, como hoy los podemos apreciar, sino juntos y uno encima del otro y atravesados por un solo clavo. Pero que en la Guerra Civil hizo un milagro, y desde entonces tomó la escultura la nueva forma que todos conocemos. Es curioso que muchos vecinos mayores conocen la historia y la creen, pero no recuerdan haber visto a Cristo con los pies juntos y atravesados por un clavo.

“Armilla es uno de esos pueblos que han crecido hasta juntarse con Granada siendo algunas veces difícil de saber dónde acaba y donde empieza la ciudad, pero no por ello ha dejado de ser un pueblo con una personalidad propia y una historia fascinante.
Cuentan los más viejos de Armilla que el lugar llamado de las Tres Cruces ha existido desde la conquista de Granada, no sabiendo explicar por qué esas tres cruces  de piedra están ubicadas allí ni a qué se debe su construcción, ni quien fue su autor, pero si se sabe de una leyenda.
Cuando el veinte de julio de 1936 entraron en Armilla los nacionales, casi todos los militantes republicanos huyeron del pueblo, abandonado así a sus familias y todo lo que tenían, unos temiendo represalias por sus ideologías políticas, otros por temor a ser detenidos y fusilados…


Cuando Armilla era todo vega y algún caserío.

Amén de otros hechos que ellos habían protagonizado anteriormente. El caso es que Enrique era un ideólogo acérrimo del partido comunista y cuando llegó la hora de salir por pies del pueblo, aguardó hasta última hora ya que estaba muy enamorado de su novia Juana y estaban a punto de casarse cuando sus planes se fueron al traste al estallar la guerra.
  
Lo cierto es que llegaba la hora de partir y después de haberse despedido de su novia, Enrique salió de su casa siendo aún de noche, antes del amanecer, filtrándose a través del portal trasero el que se adentraba en el corral de otro vecino de la calle Málaga.

Este conocido morador estaba perdidamente enamorado de Juana y sabía que Enrique era comunista de toda la vida así que cuando estalló la guerra y el frente nacional se hizo de Granada, dedujo que Enrique intentaría escapar en cuanto la ocasión se lo permitiera. Así que en el silencio de la noche cuando oyó el cerrojo de la puerta vecina, saltó de la cama y pensó que era la oportunidad de su vida para denunciarlo y tener vía libre para cortejar a Juana sin obstáculo alguno.

Después de seguirlo a pie durante un buen rato vio como se paraba en la plaza de las tres cruces, seguramente allí seria el punto de contacto para recogerlo y llevarlo a lugar seguro.

Conociendo como creía el punto de encuentro entre los militares "rojos", fue a denunciarlo a la junta de gobierno del pueblo aprovechando el momento, antes de que pudiera escapar.

Enrique ajeno a lo que tramaba su malvado vecino, estaba confiado esperando un coche Ford de pedales que le condujera hasta Almería y una vez desde ahí organizaría la salida también de Juana para reunirse con él.

Mientras hacía tiempo esperando el coche que lo llevaría lejos de allí, distraídamente observó las tres cruces de la bella plaza  y pensó en los tiempos que él como otros niños de Armilla habían jugado a mil y una aventura entre sus moles de piedra escondiéndose y refugiándose de los ficticios ataques de bandos opuestos que se organizaban entre ellos, ironías de la vida pensó.
Aquellos días eran de tranquilidad entre vecinos que en algunas ocasiones y aprovechando el buen tiempo practicaban la sana afición de encontrarse al pie de las cruces para contarse sus cosas.

Pasados algunos años y ya de mayor, fue en una de esas verbenas de los pueblos que los vecinos de Armilla organizaban al lado de las cruces donde conoció a Juana y se enamoro perdidamente de ella.

Enrique recordaba como aquel lugar había sido mudo testigo de sus encuentros de media tarde con su novia. ¡Cuántas palabras de amor había escuchado el Cristo de Piedra! ¡Cuántas promesas de enamorados se habían jurado sobre los pies del Cristo crucificado atravesados por el clavo de la incomprensión humana!

Aquel lugar le traía recuerdos dulces y cálidos en esa mañana fría de Enero de 1936, el coche se retrasaba y los nervios empezaron hacer mella en su espíritu y aunque no había amanecido todavía, había algo en el ambiente que le hacía recelar de esa aparente calma y apoyándose entre las cruces se lió un cigarro y así hizo la espera más llevadera.

Aunque él pertenecía al partido comunista, nunca había participado en ninguna de las reyertas que sus compañeros habían perpetrado contra la iglesia católica, el era más del diálogo y la tolerancia antes que de la violencia.


 Los quintos de 1945 entre las Tres Cruces. Archivo Pepe Morenilla.

Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando vio aparecer por la carretera de Granada dos faros de un vehículo que se aproximaba muy despacio. En un primer momento quiso plantarse en medio de la carretera, pero después lo pensó mejor y decidió esconderse detrás del Cristo de Piedra y observar las maniobras del vehículo. No tardo mucho en comprobar cómo un Citroën C-7 paraba frente a él y se bajaban tres hombres, uno de ellos su vecino Juan dirigiéndose directamente hacia las tres cruces de piedra. Rápidamente, se escondió como pudo detrás de una de las cruces...pero no había mucho donde parapetarse.

- ¡Eh, tú, sal de ahí!-Le espeto uno de los uniformados.

A Enrique se le heló la sangre y se quedo paralizado de miedo- ¿Es que no me has oído?-Volvió a decirle el soldado. Mientras tanto su vecino como una cucaracha se escondía detrás de otro soldado. Lentamente Enrique salió de la Cruz de piedra y se puso delante de esta.¿Qué   ocurre? -Pregunto con un leve hilo de voz.

-¿Que qué ocurre…? -¡Tú sabrás, lo que haces aquí a estas horas! -Le respondieron.

-Yo solo estaba fumando un cigarrillo.

El otro soldado le preguntó a Juan que lo tenía detrás.

-¿Es este el que tú dices?

-¡Si, si, si...! ¡Este es el asqueroso comunista! -Gritó Juan.

-Así que tú eres comunista... ¿Y qué haces aquí entre cruces?

-Yo solo estaba rezando al Cristo de Piedra, antes de ir a trabajar.

-¡No os dejéis engañar... es un rojo ateo...!  -¡Es más fácil que el Cristo se desclave un pie de la cruz a creer que tú seas cristiano!

Enrique pensó que estaba perdido y que su vecino lo había delatado... Los soldados apuntaron los fusiles hacia la cabeza de Enrique encañonándole mientras uno de ellos decía....
-¡De esta no te salva ni Dios!

Enrique sintió el fin de sus días y entornando los ojos y como le había enseñado su madre se encomendó a la Virgen María y a su hijo Jesús. Extraño pensamiento para un comunista, pero hay situaciones donde lo más profundo del alma se agarra como una tabla de salvación a las creencias que nuestros padres nos enseñaron y mientras rezaba esperando el tiro de gracia, un silencio profundo y cerrado inundó aquella escena... El tiempo se petrificó y cuando abrió los ojos vio a sus verdugos de rodillas y mirando fijamente al Cristo de piedra que tenía detrás de él.

Juan con la cara desencajada salió corriendo como si lo persiguiera un demonio y nunca más volvió a verlo... se giró para ver lo que los soldados observaban tan detenidamente, y el también cayó de rodillas viendo al Cristo de Piedra que había soltado unos de sus pies graníticos y lo había puesto junto al otro, desenclavándolo.

Desde entonces nunca ha faltado un ramo de flores frescas en las Tres Cruces de piedra de Armilla”.



Nota.- Este relato esta tomado de  José Manuel Fernández Martín, de su libro "Las Leyendas de Nuestros Pueblos"



 NITO

martes, 31 de marzo de 2015

LA LEYENDA DEL CRISTO DEL SILENCIO



Una de las procesiones  que más me impactó, cuando presencié por primera vez la Semana Santa granadina, fue la  del Cristo de la Misericordia o del Silencio. Este magnífico paso sale en la madrugada del Jueves Santo con un austero cortejo por la Carrera del Darro.
El alumbrado público y privado se apaga al paso de la Cofradía con objeto de resaltar aún más la belleza del Crucificado al que ilumina un leve foco y sus cuatro hachones a su paso por las calles en un silencio sobrecogedor, acompasado tan sólo de un solitario y lúgubre tambor con la caja destemplada.


Cuenta la leyenda…
Esta antigua leyenda  (que yo ya había escuchado de mis mayores y leído muchas veces y en varias versiones),  está basada en el libro de José Manuel Fernández Martín “Las leyendas de Nuestros Pueblos”.
Era una noche oscura sin luna, las horas habían pasado sin darse cuenta y las calles estaban desiertas. Era así como a él le gustaba pasear por Granada cuando buscaba inspiración. De Plaza Nueva al paseo de los Tristes y allí por la Cuesta del Chapíz, a su casa en el “Carmen de los Mascarones” en el Albaicín.
José de Mora llevaba varias semanas dándole vueltas a la cabeza y el paseo nocturno siempre le había ayudado a encontrar la inspiración, pero en esta ocasión el encargo de los clérigos regulares menores de san Francisco Caracciolo, una imagen del Cristo crucificado para su nueva capilla hecha tras la renovación de la iglesia, se le estaba haciendo duro de imaginar.

En los días anteriores el genial artista había dibujado montones de bocetos para la escultura, pero ninguno le satisfacía. José de Mora era uno de los mejores imagineros de Granada y este encargo debía convertirse en  su obra maestra  y así poder expresar su gran devoción. La dificultad de expresar en la talla el sufrimiento de la pasión de Jesús y la agónica muerte le tenía absorbido y los dibujos que hasta entonces había realizado, no llegaban a reproducir con fidelidad las líneas y trazos que emanaban de su mente.
Con su paso tranquilo y sosegado José de Mora se encaminaba por la ribera del río Darro con dirección a la Cuesta del Chapiz, cuando una mirada despistada al río le dejó helado: Un bulto negro iba rodando entre las aguas  a merced de la corriente turbulenta hasta quedar encajado entre dos grandes peñascos del río.


José de Mora se arrojó al río pues reconoció, en el último instante, que el bulto era una persona y que podría necesitar ayuda.
Luchando contra la fuerte corriente y calándose hasta los huesos en aquellas gélidas aguas, pudo rescatar  el cadáver de un hombre de unos treinta años, muerto al parecer ahogado.
No vio alrededor a nadie a quien pedir ayuda pero, al observar con más detenimiento el rostro del cadáver, pudo ver  en su cara la penosa y dura agonía que tuvo que padecer  el ahogado al perder su vida. José de Mora vio en un instante lo que con tanta obstinación le habían negado las Musas. La inspiración artística  del imaginero se iluminó: Tenía ante sí lo que andaba buscando y sin pensárselo dos veces, cargó con el muerto   cuesta arriba hacia su estudio.
Pero la Cuesta del Chapiz, amén de larga, es una señora cuesta que si para cualquier persona es fatigosa, imaginen lo que sería con semejante “tara” a cuestas y con el miedo a ser sorprendido.
Tenía el maestro unos brazos robustos y fuertes hechos a manejar a diario grandes volúmenes de recia madera tallando a base de golpes de mazo, formón  y gubia, pero aún así, tuvo que pararse varias veces a recuperar el resuello. Al llegar al cruce con el Camino del Monte y en  una de esas obligadas “estaciones”, fue sorprendido por un conocido de las Cuevas del Sacromonte, que iba “destilando” etílico más de la cuenta.
-Buenas noches, maestro Mora…
-Buenas noches, vecino. –Contestó el maestro.
- Vaya “cebollón” lleva ese que cargas a cuestas, ¡hip! -¡Ende luego hay gente que no sabe mear lo que bebe, cohones…! ¡Espera, te echo una mano…!  -Mientras se dirigía hacia él dando tumbos.
-No hace falta, vecino. Sigue tu camino. A este lo dejo dos casas más arriba. ¡Gracias!
Sacando fuerzas de flaqueza, Mora apretó el paso temiendo otro encuentro impertinente, llegó  por fin a su casa dejando el cadáver en el taller.
Todo el resto de la noche lo pasó tomando apuntes y bocetos con el cadáver desnudo y a la sola  luz de las velas, buscando rasgos y volúmenes.
Cuando consideró que su inspiración quedaba plasmada para ejecutar su obra maestra, dio parte a las autoridades de su hallazgo, no sin tener algunos problemas incluso con la Inquisición…
Dicen las malas lenguas que llegó a crucificar al ahogado  en el taller, buscando realismo, pero eso no pasa de ser una mera especulación.
De lo que no hay ninguna duda es que la obra esculpida que hizo del Cristo de la Salvación, como se llamó primero y que posteriormente pasaría a llamarse de la Misericordia, es “el más bello de los crucificados andaluces”, en opinión de Gallego y Burín.
Este Cristo sereno y majestuoso, perfecto en proporciones,  muy descolgado, que analiza los pormenores de su anatomía, venas azuladas, tonos cianóticos y marfileños de la piel, conserva la huella congelada del dolor en las cejas contraídas. Tantos datos forenses hacen que esta  historia pudiera ser creíble.
También recoge la leyenda  – pero esto ya es mucho decir-  que Jesucristo se apareció al maestro José Mora y le dijo: “…En quién te has fijado para sacarme tan bien”.



Descripción de la talla.
Esta  talla es el máximo exponente de la escultura de nuestra tierra en la representación del Crucificado, dentro del más absoluto clasicismo. Se trata de un crucificado de tres clavos sobre cruz plana de taracea. Muestra a Jesús de Nazaret ya muerto, con la cabeza inclinada sobre el hombro derecho y la barbilla clavada en el pecho. Los brazos forman un acusado ángulo, mientras las piernas se mantienen rectas excepto una pequeña flexión de las rodillas que mantiene el pie izquierdo sobre el derecho (al contrario de la mayoría de las representaciones). En las heridas de los clavos apenas se aprecian desgarraduras y casi no hay sangre, al igual que en la herida del costado de la que manan unos finos hilillos que recorren el torso hasta la cintura. Muestra por tanto una disposición serena, estática, sin torsiones agónicas, transmitiendo un reposo absoluto.


La cabeza, excepcionalmente bella, muestra claros rasgos semíticos. Sus párpados, muy abultados y entrecerrados, dejan ver los hundidos ojos de cristal. Las cejas tienen un marcado quiebro característico del escultor. La nariz es larga y ligeramente aguileña, se muestra afilada por la muerte al igual que los pómulos. La boca entreabierta muestra los dientes resecos entre los labios exangües muy dibujados y sombreados por un ligero bigote. Sobre el pecho cae la barbilla envuelta en una barba bífida que se desparrama. Estos elementos, bigote y barba, están realizados en parte a punta de pincel, y su relieve apenas se hace notar. El cabello suavemente ensortijado, forma ondas grandes y abiertas que caen sobre el hombro izquierdo hacia atrás, y en el derecho hacia delante. También parte de la cabellera, sobre todo la que cae sobre el pecho y el rostro, ha sido realizada a punta de pincel. La corona de espinas que porta es sobreañadida, de metal oscuro, no tallada, que en ningún momento distrae la atención hacia ella ni hacia los sufrimientos que causa.


Todo el cuerpo presenta una musculatura proporcionada, pero no desmesuradamente remarcada. Las manos están entrecerradas, algo poco frecuente en la escultura española. El cuerpo se mantiene erguido, recto, como si la muerte no le hubiese vencido aún. Es elegante y fuerte, sin llegar a proporciones hercúleas. El paño de pureza, de tela encolada tiene un característico y muy poco habitual tono carmín violáceo, y está ceñido a la cintura por una cuerda dejando al descubierto la cadera derecha. La tonalidad pálida de su cuerpo, muestra de la muerte, no se acompaña de cardenales, heridas, laceraciones, llagas, ni sangre en exceso.


Es el Cristo muerto, el entregado, el sacrificado. Mora lo aparta de luchar con la muerte, lo sitúa más allá de ella, más cercano a su triunfo sobre la muerte misma. Bajo sus carnes marfileñas, tiembla el misterio de la Resurrección.

NITO



martes, 15 de julio de 2014

EL DUENDE DE DÍLAR



Hoy nos refrescamos con una serie de cuentecillos y leyendas populares granadinos. Muchos de ellos narrados por nuestros propios abuelos hasta la saciedad y que llenaban aquellos huecos de nuestro ocio en los largos inviernos.
La siguiente Leyenda está extraída del libro “Las leyendas de nuestros pueblos” de José Manuel Fernández. Tiene para mí el interés añadido de que en uno de esos molinos que narra el autor, vivió mi abuelo materno, capataz de las obras de la Central Eléctrica de Dílar que allí se construía, hasta que éstas finalizaron. Ningún molino, para entonces, estaba operativo. La misma “Fábrica de la luz” se encargó de “darles la puntilla”: El agua ya no era competitiva frente al watio.


El relato.

“El municipio de Dílar está situado dentro de lo que se conocía como pueblo del entorno de “La Campana de Granada” (hasta donde dicen que llegaba el sonido de la campanas de la Torre de la Vela de la Alhambra: ¡Aquello sí que era un mundo sin ruidos, sin contaminación acústica!).

Es un pueblo que puede presumir de una gran riqueza natural y de su abundante y pura agua venida directamente en las cumbres de Sierra Nevada. Las acequias y el rio que rodean los valles de Dílar dotan a esta comarca de una belleza singular. Antiguamente la ribera del río estaba poblada de molinos que aprovecharon el agua para moler el trigo, aceitunas, etc. Y es uno de estos molinos donde comienza esta leyenda que les voy a contar…
En el centro de Dílar se encuentra la calle más estrecha que existe en el municipio con apenas un metro de ancha y de nombre “La Paz”. No es de las más bonitas que posee Dílar, pero en cambio tiene ese encanto de lo mágico y desconocido.



La calle posee un sobrenombre que los dilareños conocen como “la calle del duende”. Cuenta la leyenda que una familia de molineros que habitaban en uno de los molinos del río Dílar sufría desde hacía tiempo, retrasos en la entrega del material y no por ser malos trabajadores, sí no porque las herramientas nunca estaban donde debían estar, esto hacía que se perdiera el tiempo buscando la palanca, el martillo, la criba o el cenacho. Nunca estaban donde se dejaba y esto traía de cabeza al molinero que le echaba la culpa a su mujer.

-¿Dónde has puesto  el martillo, Isabel? - ¡Lo dejé ayer encima de la piedra y ya no está…!
-¡Pedro, yo no lo he cogido! –Debe de estar donde los dejaras… Que iba hacer yo con el martillo… -¿lavar la ropa con él…?
Así un día tras otro el molinero no sabía por qué las cosas de lugar. El pobre desesperado habló con su señora muy preocupado porque su memoria estaba empezando a fallar y aún era joven.

La "Fábrica de la Luz", funcionando  desde 1923

Y la mujer muy nerviosa le contó que a ella también los útiles de la cocina desaparecían y los encontraba en otro lugar, así pues o a los dos les fallaba la memoria o tenía que haber otra explicación…
Un día en el mercado del pueblo la mujer del molinero estaba haciendo la compra cuando una de sus amigas al verla le dijo: -Isabel qué mala cara tienes, parece que no has dormido en días.
-Una semana llevo sin dormir. –Le contestó. -Todas las noches las paso en vela y por la mañana estoy que no me aguanto de pié.
-¿Y eso por qué? -Preguntó a la amiga.
Isabel cogió del brazo a su amiga y la atrajo a un callejón menos concurrido y hablándole en voz baja le comentó todo lo que le ocurría desde hacía algún tiempo a ella y a su marido dentro de la casa del molino.
-Juana, temo que nos tomen por locos la gente del pueblo.
Mujer, lo que me cuentas es un poco raro pero sí hay alguien que te puede ayudar es la curandera Antonia quien vive cerca de la Ermita de la Virgen de las Nieves, ella sabe de esas cosas raras. Si quieres yo te acompaño.
Y las dos mujeres se dirigieron a casa de Antonia y le expusieron el problema.
-Isabel, el problema que tienes en la casa viene dado por la atracción que posee el agua para todo lo misterioso y mágico, al estar tu casa y el molino a la orilla del río Dílar no es de extrañar que se haya colado algún duende dentro de la casa y él sea el responsable de todo el lío que os trae de cabeza a tu marido y a ti. Te advierto que son muy juguetones y bromistas los duendes del agua.
-¿Pero qué puedo hacer? –Cada día perdemos varias horas buscando lo que el duende nos esconde y mi marido está desesperado.
La única solución que yo veo a vuestro problema es que cambiéis de casa y dejéis la del molino cerrada con el duende dentro, de esta manera podréis comenzar de nuevo sin inquilinos que os molesten.
-Por intentarlo no perdemos nada, de todas maneras mi marido posee una casa en el pueblo heredado de su padre, así que esta noche lo hablaré con él.
La conversación fue corta ya que el molinero no creía en esas cosas de magia y espíritus así que recriminó a su mujer que ya era mayorcita para creer en duendes, pero la mujer no se dio por vencida y esa misma noche antes de acostarse en vertió un poco de harina por el suelo de la cocina dejando un manto blanco. A la mañana siguiente antes de que su marido se despertase corrió a ver el suelo de la cocina y… Efectivamente sus sospechas eran ciertas y un montón de pequeñas pisadas recorrían el cuarto de izquierda a derecha, de arriba abajo, estando todo desordenado y cambiado de sitio.
La molinera despertó a su marido y le enseñó la cocina explicándole lo que había preparado la noche anterior para comprobar lo que Antonia la curandera le había dicho.
Los ojos del molinero no podían dar crédito a lo que estaba viendo y sin decir palabra empezó a preparar la mudanza a la casa de su padre en el pueblo.



Los siguientes días fueron de infarto y gracias a que los vecinos que ayudaron a recoger y trasladar los enseres a su nueva casa. Todavía el molinero tenía que dar un último viaje al molino para terminar de recoger las últimas herramientas y cerrar a cal y canto las puertas de su viejo molino. Isabel mientras tanto estaba en plena faena colocando todas las piezas en la nueva cocina, aquí los cuchillos, allí las sartenes, en esa otra alacena los pucheros, y en la estantería de arriba los cazos…
-Humm, creo que se me olvidó el lebrillo de cerámica para fregar los platos.
– ¡”No te preocupes que ese te lo he traído yo”! -Escucho una vocecita detrás de ella y al girarse para ver quién era no pudo aguantar el grito que se le escapó de su garganta al contemplar a un hombrecito verde con las orejas de punta y risa picarona. Al parecer el “duende” había decidido también trasladarse a la nueva casa.

Desde entonces a esa calle del Dílar le llaman del Duende y si no me creen pregunten a los vecinos”.


Modernas turbinas suizas de 2000 CV para el río Dílar


NITO