
Bib Al-Faray, Puerta y Torre de los Picos o Puerta del Consuelo



Más amargo que las tueras, más amargo que las naranjas de mi sopa, es el devenir en el tiempo del pequeño comercio granadino.
Andaba yo mirando unos lustrosos naranjos de jardín en una conocida plaza, con la pretensión de tomar un par de frutos para experimentar cierto elixir que, al filo de mi sopa cachorreña, me indicó nuestro buen amigo Manuel (que si bien no es el elixir de la vida, te revitaliza elevándote a la cuarta dimensión del espíritu), cuando quiso la casualidad que me fijara en un cartel fijado a un escaparate.
Quizás me llamara la atención primero su muy cuidada caligrafía. Después su dramático contenido. Allí, su dueña Mª Gracia, se despedía con desgarro de su clientela, después de toda una vida dedicada a ellos y a su pequeño negocio con un tono mucho más amargo que cien mil naranjas moras de las que adornaban su escaparate.
No quise ni imaginarme otras razones, pero, ¿por qué se despedía…? Automáticamente pensé en la crisis, esta crisis canalla que azota sin piedad y a diario al modesto comercio granadino que, impotente, se ve obligado echar el cierre después de toda una honrada vida laboral.
Si este problema crítico tuviera arreglo con este elixir…
NITO


Durante mi corta estancia en el marinero pueblo de Candás -en Asturias- tuve la oportunidad de acercarme a la vecina localidad de Luanco, que rivaliza con el anterior en las cosas de la mar, para visitar su Museo Marítimo.
Quedé sorprendido por su organización y por la calidad de las piezas que allí se exhiben. Tuve la suerte de conocer a un maquetista aficionado que hizo las veces de cicerone y que me presentó a su vez al director del museo y a un carpintero de ribera autor de varios modelos que allí se muestran. Orgullosos, y entre unos y otros me mostraron la joya que más aprecian:
Atracada «en batería» en el interior del Museo –un lugar del mundo en el que el visitante «camina sobre la mar»–, veíase una bonitera del Cantábrico con su vela al tercio enorme y llena de heridas de salitre y de viento casi parece que se hincha empujada por la imaginación de quien la contempla. Sin embargo, no hay brisa ni viento. No hay ventanas abiertas ni corrientes de aire que la hagan bailar. Tal parece que el tiempo detenido ha esculpido en escayola las perfectas ondas de su tela, abierta como un abrazo de gigante que no puede cerrar sus brazos extendidos para siempre. Esta vela es parte del alma de «La Bañuguera», una embarcación que nació en 1927 y que fue el medio de vida y sustento para varios pescadores de Bañugues durante los difíciles y duros años de principios del siglo XX. Concretamente a partir de 1930.
Recién pintada y con su peculiar motor de tres caballos de marca Yeregui colocado en el exterior, dentro de una urna de cristal para que pueda ser observada por el visitante, «La Bañuguera» sabe bien de la extrema dureza del trabajo de la mar, sobre todo pensando en aquellos años en que navegaba por el Cantábrico, por aquel entonces con seis tripulantes a bordo.
Cuenta el director del museo, José Ramón García, que en esta embarcación de 1,70 de manga, 6,90 de eslora y 0,76 de puntal partían los seis pescadores de Bañugues hacia la Estaca de Bares, el punto más septentrional de la península Ibérica, en Galicia, a buscar diversos tipos de marisco. El largo y duro viaje se repitió muchas veces en el tiempo y, como era imposible realizarlo en una jornada, los pescadores hacían noche en el puerto de Viavélez, en el concejo de El Franco. Allí dormían, buscando el calor de unos cuerpos contra otros, en una embarcación que al mismo tiempo era su casa, intentando descansar a la espera de poner rumbo a tierras gallegas, refugiándose del frío y de la lluvia cubiertos únicamente por la vela.
Como dice el director del museo luanquín, «La Bañuguera», como tantas otras embarcaciones de pesca asturiana de principios de siglo, «es un ejemplo más de la lucha por la supervivencia en Asturias en unos años de extrema pobreza, y aún más en el caso del sector pesquero en todo el norte del país».
Hoy, y en medio de ese mar detenido en el tiempo que bien se puede pisar cuando se acude al Museo Marítimo de Luanco, «La Bañuguera» impone respeto y admiración a quien la contempla. Sin viento en la vela, navega sin embargo por el mar de la memoria compartida, contra la que nada pueden todas las galernas del olvido.
NITO
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Serenados ya un poco los pulsos desde nuestra primera reacción, justificada quizás, tras la detención y multa de todo un señor profesor de Literatura de nuestra Universidad, pillado infraganti mientras pintaba un descomunal, peludo y sentencioso falo, en su propio barrio del Albaicín.
Tratando de ver, comprender y juzgar con ecuanimidad las cosas, confieso que permanezco tan confundido como antes y sin ver claro: ¡Mecagun-mis- estudios…!
Los profanos en la materia asociamos el graffiti (en el mejor de los casos) con letras gigantescas de colores chillones o escenas de temas relacionados con la cultura hip-hop. Pero hay tantos estilos de street art como artistas.
Quisiera hablaros del Niño de las Pinturas. Que es tanto como hablar de una parte importante del graffiti granadino. Ya han pasado años desde que este artista (porque es un artista), nos siga regalando su arte en los muros a escondidas, evitando a la policía.
Después de tantos años nada ha cambiado: Un vacío legal, utilizado por la Administración Municipal como excusa, hace imposible la autorización para la realización del graffiti y por tanto sigue estando penado con fuertes multas.
A mí me surgen multitud de interrogantes y no acabarían nunca. -Mira, Niño:
- ¿ Justifica tu arte (en el supuesto de que lo sea), que vayas pintando por paredes y rincones de tu ciudad…?
- Y si es arte y tienes el consentimiento del dueño ¿es lícita la pintada…?
- ¿Y si el dueño del inmueble te autoriza, y has pedido el correspondiente permiso al Ayuntamiento (aunque éste haga silencio administrativo, pillado en su propia Ordenanza), por qué te multan…?
- Y si tienes todos los permisos del mundo, pero tu pintura hiere mi sensibilidad… ¿es lícita, igualmente, tu pintada…?
- ¿Y si tus métodos callejeros no eran más que una bien estudiada estrategia para dar a conocer tu pintura en una ciudad en la que tan difícil es sobresalir, dado el número de buenos pintores que hay en ella…?
Resulta que este Niño (ya no tan niño pues acaba de cumplir 33 añitos la criatura), expone (“Ke nadie te Silencie” en Pupa Tattoo Art Gallery), que da conferencias en nuestra Facultad de Bellas Artes, que viaja al extranjero a requerimiento de entidades culturales, mostrando el arte de sus pintadas callejeras (Caracas, Lisboa, México, Hungría, París…)
Hay cuestiones innegables (entresaco del Blog “Subcultura”):
-“El día 7 de Febrero, Raúl, El Niño de las Pinturas, ha sido denunciado mientras pintaba.
El caso es que el Niño tenía la autorización del propietario del inmueble e incluso había solicitado permiso al Ayuntamiento en virtud de la Ley de Ordenanza Cívica del Ayuntamiento de Granada.
El vacío, o la trampa legal, que impide a los escritores de graffiti realizar su trabajo adquieren por momentos tintes kafkianos.
Aplastar a multas a estos artistas es negar al resto de la ciudadanía el disfrute de su trabajo, tan apreciado dentro y fuera y tan denostado por nuestro Ayuntamiento. Como dice Belin, otro gran artista, en cincuenta años se hablará del Niño como de Lorca, y de lo ingrata que fue Granada con él”.
-Otro sí digo que, a la par que ha creado un camino para atajar, ha creado una escuela con muchos seguidores y, en Granada, ya hay una ruta turística en pos de las Pinturas del Niño a la que acuden infinidad de visitantes. Basta abrir el programa informático “Google Earth”, colocarte encima del barrio del Realejo, para observar la multitud de iconos fotográficos con lo mejorcito de sus murales para corroborar lo que digo.
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¡Oh, hideputas ruines...!(Continuaremos)
NITO


Durante más de un mes, aquí, en los talleres de La Murga y en nuestro correo interno, no se ha hablado de otra cosa más que de puentes: Que si puentes romanos, que si árabes, escondidos, virtuales, sepultados, a punto de caer, granadinos, rondeños… y cuando parecía que la cosa tocaba a su fin, me presento en Mérida y me embriago con su puente de 60 ojos romano y de postre, para rematar la tarea, con el coloso de Alcántara. ¡Qué larga lista de ellos, vive Dios..!
Pero para mí, y a fuer de sincero, hubo uno que me sublimó, transportándome al séptimo cielo. Lo conocí en 1993 en mi segunda peregrinación en bici a Santiago, y… ¡Mira que vimos maravillas de puentes en el Camino...!
Pasa por ser el más espectacular de la Ruta Jacobea y está asociado a una épica y romántica historia caballeresca que engrandece, aún más, sus diecinueve arcos.
El puente del Paso Honrroso, en Hospital de Órbigo.
Fue una galopada impresionante de más de 54 kms. en una cegadora y calurosa mañana de Julio, al borde de la misma deshidratación, cuando entramos en Hospital de Órbigo por su famoso puente: El objetivo era descansar y sestear hasta la fresca, para completar la etapa del día, rondando el centenar de kms., pero sobre todo, catar las famosas truchas del Órbigo, que no las hay mejores en todo el reino de León,
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Ante el espectáculo del puente, olvidamos todos los demás objetivos y estando con las fotos, fuimos alcanzados por el grupo ciclista peregrino de Oficiales del Ejército de Zaragoza a los que habíamos batido noblemente dos horas antes, y que no pudieron aguantar nuestro ritmo. Nos felicitaron y mientras nos contaban la historia del puente, nos tomamos con ellos unas cervezas. Luego siguieron su camino.
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Allí estaba el puente todavía en pie, largo, huesudo y quebrado como espinazo de saurio. Y allí se extienden, cubiertas de chopos ceremoniosos y verdes, las llanuras de la ribera del Órbigo, a pocos kilómetros de Astorga y de la propia capital leonesa. Pero, ante esas llanuras y sus chopos verdes, nos asalta una pregunta: ¿Y los peregrinos, que, ajenos a toda lucha señorial, caminábamos o pedaleábamos cansados y confiados hacia Compostela...? ¿Podríamos pasar por el puente sin ser asaltados o descalamonados por los rompedores de lanzas? -Sí. Parece que si no se portaban armas o, en caso de poseerlas, se abandonaban -es decir si se aceptaba no poder defenderse, no ser nadie...con poder– se podía continuar el camino... ¡Qué tolerantes y humanos aquellos caballeros! Pero no mezclemos historias…
El significado del combate llamado "paso".
.En el Medievo europeo había tres tipos de espectáculos con armas: los torneos, las justas y el paso. El paso prohibía pasar - de ahí el nombre - a todo caballero sin batirse en armas con el mantenedor y sus compañeros. En estos combates sólo se usaban la lanza y la adarga o escudo, amén de la loriga, cota y demás armamento defensivo. Los combates se hacían a caballo, enfrentando al adversario o buscándole en su huida, y, si era posible, persistían hasta lograr romper tres lanzas (esa era la regla común, que se debían romper tres lanzas con cada campeón o aventurero que llegase a la palestra). Si uno de los combatientes sacaba a su adversario de la montura, se daba por rota esa lanza, aunque no se rompiese en realidad.
En principio podemos decir que el Paso Honroso fue un espectáculo con armas realizado por D. Suero de Quiñones a orillas del río Órbigo, en las proximidades del cruce entre los caminos de Luna y el que iba de León a Astorga. Y además que se desarrolló entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, con el "pretexto meramente literario" de honrar a la dama de la que estaba enamorado. Se trata de uno de los más famosos pasos de armas de la Edad Media europea, y es una de las muestras fehacientes del entorno y puesta en escena del Amor Cortés, puesto que los términos del paso quedaron fijados al entenderse el caballero "prisionero" del amor por una dama; y, en consecuencia, su rescate había sido fijado en trescientas lanzas, es decir, que para liberarse de su prisión, Suero de Quiñones, y los caballeros que le acompañaron, como mantenedores, debían participar en cuantos combates fuesen necesarios, en el paso, hasta quebrar trescientas lanzas, pues sólo así finalizaría la "prisión" del caballero, simbolizada mediante una argolla de hierro que Suero de Quiñones llevaba al cuello todos los jueves.
NITO
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Relatos de nuestros amigos.
Siempre admiré aquellas historias de nuestro pasado, en que pueblos enteros fueron obligados a dejar el suelo de sus mayores que, como único ajuar permitido, se llevaron las llaves de sus casas, con la esperanza ciega de volver algún día. Son historias desgarradoras ante tanta arbitrariedad e injusticia. Es el caso de nuestros moriscos y judíos sefarditas.
No sé por qué, pero aunque no exista un paralelismo semejante, nuestra amiga Charo, en una mañana lluviosa en que estábamos, con un grupo de Ofecum, refugiados en “Los Toneles”, me contó una tierna historia vivida por ella de niña, que me emocionó, haciéndome recordar aquellos otros dramas:
El Relato de Charo.
“Cuando tenía once años, mis padres y yo fuimos a un pueblo de Sicilia dónde ellos habían nacido. Conocí a mis abuelos maternos por primera vez. Fue una experiencia extraordinaria, ir de la gran urbe de Nueva York, donde yo había nacido, a saborear un ambiente totalmente nuevo para mí: Conocer a parientes nunca vistos antes, vivir durante tres meses en la casa donde había nacido mi madre, andar por calles tan estrechas y ver coches tan pequeños que parecían de juguete.
Por desgracia, mi abuela murió al año siguiente así que llegue a conocerla justo a tiempo. Muchos años después, en uno de mis viajes a Sicilia, vi una llave grande de hierro. Le pregunté a mi tía, su hija, si ésta era la llave que yo recordaba haber visto en las manos de mi abuela abrir esa puerta de madera de su casa. Me dijo que sí. Le pregunté si podía quedarme con la llave porque tenía mucho significado para mí. Me dijo que no. A continuación le dije que de todas los nietos, yo había conocido a la abuela por muy poco tiempo. Guardaría la llave como oro en paño. Mi tía se lo pensó otra vez y me entregó la llave en la mano. Le dí un montón de besos y abrazos y hasta hoy la llave ocupa un sitio especial en mi casa y en mi corazón como recuerdo de la casa de mis abuelos”.
Charo Martínez.
( Rosalie Cangelosi)
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Poema de las peras en vino.
Con medio litro de tinto
y un kilo de ricas peras,
suele hacer mi amigo
unas cosas más que buenas.
(Es éste un postre exquisito,
es un postre de primera.)
Debe tomarse bien frío,
por eso se recomienda
que antes de ser servido
lleve un rato en la nevera.
Estos exquisitos versos (por lo dulces), tomados del blog “Alcázar de Venus”, me recuerdan una feliz velada celebrada en el “Califato de Jun”, donde el anfitrión nos obsequió a los postres con este sencillo, pero sin igual, plato.
Este es un postre clásico, ligero y delicioso. Merece la pena, desde luego, usar un tinto de cierta calidad y con cuerpo, ya que es la salsa en la que coceremos la fruta. Pero, para asombro nuestro, su autor, nos confesó haber usado el más humilde de los tintos de mesa que tenía a mano.
Normalmente se aromatizan con vainilla o canela y cáscara de cítricos, pero podemos aportar un toque exótico añadiendo unas vainas de anís estrellado y cardamomo, por ejemplo, o unos clavos de olor.
Ingredientes para 4 personas.
4 peras no muy maduras, 125 gr. azúcar, media botella de vino tinto con cuerpo, una cucharada de zumo de limón, la piel de una naranja o limón, un sobre de azúcar vainillado, pizca de canela molida, 2 clavos, anís estrellado (opcional) y cardamomo (opcional).
Elaboración.
Pela las peras, que deben ser maduras pero firmes, para que aguanten la cocción. Quedan mejor si se dejan los rabos o pedúnculos.
Prepara en una cazuela de fondo grueso, del tamaño justo para que quepan las peras, un almíbar calentando el azúcar hasta que se derrita, sin caramelizarse. Añade en este punto el zumo de limón, la corteza de naranja y las especias.
Remueve unos segundos, riega con el vino tinto. Coloca las peras peladas en el jarabe y deja cocer, tapado, 30 minutos a fuego lento, o hasta que las peras queden muy tiernas. Comprueba la cocción insertando una brocheta o cuchillo fino, que debe penetrar fácilmente hasta el corazón.
-Deja enfriar en el mismo almíbar.
-Tiempo de preparación: 10 minutos.
-Tiempo de cocción: 35 minutos.
-Dificultad: Fácil.
Tiempo de preparación: 10 minutos.
-Tiempo de cocción: 35 minutos.
-Dificultad: Fácil.
Degustación, consejos.
Guarda en frío, con su jarabe, hasta el momento de servir. Sirve esta receta de peras al vino tinto en un plato de postre, regando con su salsa de vino y especias pasada por un colador o chino. Para rizar el rizo, nosotros, las acompañamos con chupito de “Pedro Ximénez”.
NITO
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Las obras de cubrir el río Darro a su paso por la ciudad de Granada duraron muchos años y transformaron radicalmente el aspecto de la ciudad.