domingo, 19 de febrero de 2012

DOCTOR FEDERICO OLÓRIZ

 Guirao, Sánchez-Montes, Botella, Girón y G. Olóriz

Pinceladas
Cien años después de su muerte, el doctor Federico Olóriz Aguilera (Granada, 1855-Madrid, 1912) retorna a casa. Los restos del eminente médico han sido exhumados en el madrileño cementerio de La Almudena y, después de ser incinerados, regresarán a su tierra natal en una urna funeraria que estrenará el Panteón de Granadinos Ilustres del cementerio de San José, un espacio que está disponible desde 2010 pero que aún permanecía vacío. Es una pequeña sala, en la que noventa columbarios esperan para albergar las cenizas de ‘glorias locales’. El mausoleo se construyó con piedra de Sierra Elvira, cristal y cobre.

Don Federico Olóriz
Don Federico Olóriz Aguilera fue amigo personal del otro opositor "suspendido", aquí en Granada, un tal don Santiago Ramón y Cajal nada menos, catedrático en Valencia a los 31 añitos y premio Nobel de Medicina en 1906. Tampoco parece que fuera muy torpe este aragonés, pero así son las cosas cuando predomina el enchufismo. Tuvieron que conseguir primero fama internacional para ser luego reconocidos en sus barrios. Precisamente fue Olóriz el que pronunció el discurso de contestación cuando hicieron a Ramón y Cajal académico de la Real Academia Española de Medicina.


Un viaje realizado a las Alpujarras, con parada y fonda en 'La Granadina' de Lanjarón, le sirvió tanto para admirar sus bellos paisajes como para hacer un estudio muy concreto sobre las características y la evolución de la población alpujarreña a través de la talla y del análisis del índice encefálico. Pero también nos dejó una crónica costumbrista muy interesante, pues en ella aludía a sus juegos y fiestas, resaltando el carácter algo violento de los 'cañoneros', a juzgar por la rudeza de sus comportamientos, por el elevado número de matrimonios con la novia ya embarazada y por la gran cantidad de crímenes de sangre que allí se producían.



Su vida y su obra.

El ilustre médico e investigador granadino Federico Olóriz y Aguilera –que da su nombre a la estrepitosa avenida que lleva al antiguo Estadio de los Cármenes desde la Avenida de la Constitución-, fue una de las figuras más sobresalientes de la vida científica española en los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX.
Su muerte, en la plenitud de una vida de notable capacidad, nos privó acaso de quién sabe qué increíbles progresos en el campo de la Antropología, en el que era una autoridad reconocida mundialmente.
Nacido en la calle de San Juan de Letrán, en 1855, estudió Medicina como alumno interno de nuestra Facultad, y en 1883 obtuvo por oposición la Cátedra de Anatomía de la Universidad Central. Allí, en el viejo caserón del Colegio de San Carlos, fundó el que sería su famoso laboratorio de Antropología, en el que llegó a reunir una colección de 2.200 cráneos, con sus correspondientes fichas. Pronto sus trabajos sobre dactiloscopia –de vital importancia para la criminología- acreditaron su reputación.


Pío Baroja –vecino de la misma casa que ocupaba Olóriz en Madrid, en la calle de Atocha- , lo describe en sus memorias como “un hombre áspero y brusco”.
El novelista anotaba en sus recuerdos, que “Olóriz había hecho libros importantes, entre ellos, “El índice cefálico de España” y la “Talla humana en España”, habiéndose además distinguido en cuestiones de dactiloscopia, perfeccionando un método de Bertillón para la identificación de los criminales”.
El científico granadino tuvo fama de profesor ejemplar y admirable, a la vez que antropólogo de primer orden. Fue miembro de la Real Academia de Medicina y electo de la Real Academia de la Historia. Su “Manual de técnica anatómica” (1890), su “Anatomía descriptiva” (en colaboración con su compañero de cátedra, profesor Calleja); “El Valor de las medidas de la cabeza en los estudios antropológicos” (1.893) y sus trabajos sobre la población española, combinados con un notable ensayo sobre la longevidad en nuestro país, fueron sus publicaciones más importantes.
Fue ejemplar y conocidísima su larga y fraterna amistad con Ramón y Cajal, a quien siempre derrotaba en ajedrez originando pintorescos enfados que terminaban entre carcajadas. Murió en 1912 a los 57 años, de un cáncer.

 Las eternas partidas de ajedrez

Su última lección la dictó sobre su propia muerte, cuyos implacables avances iba observando. Mientras pudo hablar fue citando en voz alta los síntomas que percibía. Su hijo los escribía, temblorosamente, entre lágrimas. Un maestro hasta el final.




NITO

Bibliografía consultada.-
Prensa local.
Laberinto de imágenes y recuerdos” de Juan Bustos.


domingo, 12 de febrero de 2012

AL COMPÁS DEL PASODOBLE


EL MAESTRO ALONSO
Si quieres obtener un encogimiento de hombros por respuesta de un granadino joven, pregúntale quién era el Maestro Alonso. Y si le preguntas quién compuso el zortzico “Maitechu mía”, el  desollao te dirá, que es de Mocedades…
Son muchas las veces que nos quejamos del olvido de los nuestros. Sin embargo no hicieron lo mismo los miembros de la Agrupación Lírica Francisco Alonso, nacida al amparo de la Caja de Ahorros, impulsada por Evaristo Pinel y presidida por José Berbel y demás socios fundadores que organizaron un gran homenaje a la memoria del maestro granadino, en la noche del 31 de octubre de 1963.


Se llamaba Francisco Alonso, había nacido el nueve de mayo de 1887 en el Paseo del Salón, frente al “kiosco de la Música”, y su corazón ya marchaba al compás del pasodoble. Aprendió sus primeras letras en los Escolapios y, por deseo de su padre, llegó a iniciar estudios de medicina, pero los abandonó al no poder superar las clases de disección.
Desde niño sintió interés por la música y empezó a estudiarla con el profesor Antonio Segura y, posteriormente, con Celestino Villa, maestro de capilla de la catedral. Enseguida empezó a componer. Sus primeras composiciones fueron escritas para las escuelas del Ave María. Luego nacieron obras de salón: polcas, mazurcas, valses…, incluso alguna obra lírica como La niña de los cantares, que estrenó en el Teatro Cervantes en 1905.

A principios de siglo, la figura de” Paquito Alonso”, cómo se le llamaba afectuosamente, era muy conocida en Granada. Todo el mundo sabía que era músico y que dirigía la que se llamaba pomposamente “Banda de Obreros Polvoristas de El Fargue”. Era un muchacho jovial y sencillo, que se ganaba la simpatía general con su talante cortés sin rigideces. Su estampa era habitual dirigiéndose a los ensayos con sus músicos, cabalgando una jaquita, airosa y postinera, que acabaría por ser tan popular como su dueño.
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Antonina Rodrigo ha hecho este excelente retrato del músico por aquella época: “De aspecto adolescente, barbilampiño, muy rubio, de tez rosada, de gruesas gafas quevedescas de miope, embutido en el vistoso uniforme imperial, de claras reminiscencias teutónicas, con su casco de acero brillante y puntiagudo”.
La Madre, espíritu sensible para música, le veía ir orgullosa, empeñando luego sus mejores recursos para convencer al padre, médico muy estimado, del porvenir del hijo en el campo artístico.
De vez en cuando, “Paquito Alonso” dirigía “su” banda en el “kiosco” de enfrente de su casa. Para ella había compuesto uno de sus primeros pasodobles titulado “Pólvora sin humo”, en simpática referencia a uno de los productos explosivos que fabricaban los músicos. Aquellas actuaciones serán seguidas por un público muy heterogéneo, que pagaba con gusto los cinco céntimos que costaban las sillas los jueves y la “perra gorda” de los domingos y festivos.

Solucionado, Manolo
Ya el joven Alonso había estrenado una zarzuela, con bastante éxito: “La niña de los cantares”. Se representó no sólo en Granada, sino también en otras ciudades andaluzas. Se veía que el muchacho prometía…
A esto, un mal día –un buen día en realidad para Francisco Alonso-, el Coronel de la fábrica de El Fargue, dijo que ya estaba bien de músicas y redujo considerablemente el presupuesto de la Banda del establecimiento militar. Fue ésta una de las razones que impulsó la marcha del joven músico granadino a Madrid, donde iba a triunfar en el teatro musical de forma apoteósica durante un cuarto de siglo.
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En 1911 ya estaba Francisco Alonso en Madrid, donde se fraguaban los éxitos y, también, donde se desmoronaban muchas esperanzas. Llevaba por todo capital 600 pesetas, ¿pero qué más daba? En la cabeza llevaba un tesoro musical, riquísimo en melodías garbosas, en ritmos alegres y contagiosos.
Empezó como todos. En los teatros, en los grupos musicales, a la caza de una oportunidad. Algunas cupletistas le dan a conocer unas primeras canciones. Pero eso no basta. Hay que estrenar espectáculos de mayor fuste, zarzuelas, revista. Son las que, con un poco de suerte, pueden consagrar a un compositor de la noche a la mañana.
Al fin estrena “Armas al hombro”, en el teatro Martín, un escenario importante.
Hay una buena acogida sin más. Igual sucede en los estrenos siguientes: “El verbo amar”, “Lo que manda Dios”. La gente aplaude, se divierte, tararea lo que acaba de oír… Pero no acaba de entrar en la música del joven autor granadino, que tiene dotes, pero que no parece traer nada del otro mundo.

Cuando Don  Jacinto Benavente cumplió 81 años.
¿Qué había ocurrido para que, diez años después, sus paisanos de Granada le rindieran un merecido homenaje? ¿Cómo, en tan corto tiempo, Francisco Alonso se había convertido nada menos que en el músico más popular de España…?
Un solo pasodoble se había bastado y sobrado para tan espectacular ascenso. Un pasodoble cuyas notas marciales y optimistas hicieron ensanchar los corazones acongojados de todos los españoles. Seguro que el propio Alonso, la noche de 1900 en que se levantaba el telón para el estreno de su revista “Las Corsarias”, ignoraba que iba a alcanzar su consagración teatral con los máximos honores. Porque el pasodoble de “La banderita”, que formaba entre los números de la representación, iba a saltar del teatro a la calle de una manera digamos que fulminante. Cierto es que el momento psicológico era oportuno. Los españoles, abrumados por toda suerte de calamidades políticas, laborales y económicas, agravadas siempre por la pesadilla de la guerra de Marruecos, estaban extremadamente necesitados de estímulos emocionales vigorosos. Y el pasodoble de “La banderita” lo fue, con su ritmo marcial y alegre, con su letra cargada de tópicos de evidente impacto en el ánimo popular. Fue, sin duda, el himno del ejército que iba a batirse en Marruecos en aquella guerra bien llamada “la guerra más inoportuna, en el momento más inoportuno y en el lugar más inoportuno”.

Pero éstas son frases de los historiadores. Allí murieron miles de españoles. Y todos, antes del trágico desenlace personal de cada uno, en sus marchas, en sus guardias, en sus blocaos, habían tarareado alguna vez los compases animosos y vibrantes del pasodoble con aire de marcha, que había convertido al granadino Francisco Alonso en músico popular entre los españoles por encima de cualquier otro.


Como introducción al personaje, ya no cabe decir más en este espacio tan limitado. Sólo añadiré que es el representante de la última generación de zarzuelistas, compositor fértil y comprometido con el día a día de la creación musical, Francisco Alonso es, para nosotros, una personalidad emblemática. Te diré que vale la pena visitar la página web oficial del Maestro Alonso.


Y por último, también te diré que yo desfilé, en mi Jura de Bandera, al son de “La banderita” con el bello del lomo erizado y lágrimas en los ojos.

sábado, 4 de febrero de 2012

FORTUNY Y LA LUZ DE GRANADA

Odalisca
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Cuánto debe Granada a Mariano Fortuny. Pero este aserto quedaría inacabado si no lo rematamos afirmando: ¡Y cuánto debe el pintor a la luz de Granada…!
Pocos pintores ejercieron tan enorme influencia sobre los demás como Mariano Fortuny, el celebérrimo artista que quemó su vida en una entrega apasionada y constante a la pintura, como si una voz interior le avisara de que la brevedad de su existencia limitaría inevitablemente el genio poderoso de su creación.

La Vicaría (detalle)
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Fortuny (Reus 1838-Roma 1874) conoció Granada en su viaje de bodas. Había contraido matrimonio con Cecilia Madrazo, hija de Federico, reputado pintor de la época. Ya el joven artista había experimentado la deslumbradora revelación de Marruecos, adonde había ido como corresponsal gráfico de la guerra en África. Entre las aguerridas chumberas y los ásperos higos que rozaban la chilaba de la morisma, cabileños descalzos sobre la arena ardiente del Rif, Fortuny había entrevisto un mundo exótico y diferente, “Suspiraba por la luz –diría su biógrafo José Infiesta-, por la brillantez fastuosa  de los colores, soñaba, en fin con el Oriente y se halló en él”. Por eso, años más tarde, el artista ya consagrado en Roma y Paris, se sentiría a gusto en Granada, adonde vino en una segunda visita, que sería más dilatada  que  la fugaz del viaje nupcial ya mencionado. En esta segunda estancia el gran pintor se instaló inicialmente en en hotel Siete Suelos y después, en una hermosa casa del Realejo (el edificio que alojaría con posterioridad al Colegio Notarial y  que lastimosamente fue derribado), tuvo tiempo de pintar numerosos cuadros. Aquí, en Granada, le nació su primer hijo.
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El pintor
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Tuvo Fortuny la suerte de conocer aún una Granada, hoy totalmente extinguida, con casas de rincones y celosías que dejaban entrever interiores de cojines y braseros de cobre: miradores tapiados, colgados en el aire, navegando como barcos sobre la sombra de la calle; altos y nobles palacios rodeados de humildes casas como superpuestas… Fortuny  pintó en Granada con desesperación, con frenesí, como si supiera que se le escapaba el tiempo irremisiblemente. En la brisa tibia  de la mañana, la ciudad –hoy tan lejana, tan irreconocible- se le ofrecía la paleta del genial pintor como un ramo de arco iris:  azules en el cielo y las crestas de la sierra; anaranjado el sol de las aceras ; la sombra de las calles.


Fantasía árabe

Entre los cuadros del periodo granadino de Fortuny figuran el espléndido paisaje  del Ayuntamiento viejo (Palacio de la Madraza), Un almuerzo en la Alhambra, Lección de esgrima (en el jardín de Lindaraja), el Patio de los Arrayanes. Por el primero de los citados, Goupil, el rico y experto marchante francés de Fortuny, le pagó la elevada  suma de 40.000 francos oro.


Odalisca

En el Museo de Arte Moderno de Barcelona se conserva la que muchos consideran obra maestra del pintor: “La Vicaría”.  En ese conocidísimo  cuadro –que reproduce una firma de esponsales y es una bella pagina de costumbres españolas del siglo XVIII, con un hábil toque de elegancia cortesana francesa-, la reja resplandeciente de oros y primorosos adornos, no es otra que la de nuestra Capilla Real. Esta obra cumbre de le la rejería del siglo XVI impresionó tanto a Fortuny que no vaciló en evocarla en la que sería su pintura más admirada.
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 Un almuerzo en la Alhambra
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A pesar de su muerte a los 36 años, su estilo y su obra le definen como un auténtico genio que marcó indeleblemente a toda una generación de pintores europeos, y que pudo revolucionar la pintura española de haber seguido vivo, tal como se demuestra en el estilo de sus últimas obras como Desnudo en la playa de Portici o Los hijos del pintor en un salón japonés (ambas obras en el Museo del Prado).
Su corazón fue enterrado en Reus, su localidad natal, en la prioral de Sant Pere. En Reus, asimismo, se dio su nombre al teatro principal de la ciudad (el Teatro Fortuny, aún existente), una plaza (la Plaza del Pintor Fortuny, más conocida como Plaza del Condesito, personaje protagonista de una de las más populares acuarelas del maestro) y más tarde a una avenida.





NITO

viernes, 27 de enero de 2012

LAS BÜCKERS DE ARMILLA


Rara vez entrega el ser humano su cariño a objetos inanimados; pues bien, si hablamos de “la Bücker” a cualquier piloto español veterano, comprobaremos que nos hallamos ante una de esas extrañas ocasiones, al replicar siempre nuestro interlocutor con el apasionamiento de un adolescente enamorado, lo cual es perfectamente explicable si tenemos en cuenta que, casi sin excepción, esta avioneta fue su primer contacto inolvidable con el maravilloso mundo del aire.


Este aparato, salido de Alemania de las manos de Carl Clemens Bücker en el año 1935, fue un avión concebido para la escuela y deporte en el que se combinaban tres factores esenciales: Economía, duración y manejabilidad. La alta maniobrabilidad de este aerodino permitía una variedad de empleo que le hacía apto como entrenador elemental, escuela intermedia y aún como entrenador acrobático.


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El aparato era un biplaza, biplano arriostrado, de construcción mixta. Las alas, con una notable flecha, eran de estructura bilarguera en madera y revestimiento de tela. Estas alas eran intercambiables entre sí, ligadas por dos pares de montantes de tubo de acero. El fuselaje, construido a base de cuatro largueros y de elementos triangulares de tubo de acero sin arriostramiento alguno interior, constituía un armazón de peso asombrosamente bajo y extraordinaria resistencia a la torsión. Su revestimiento era de chapa de aluminio en capots y parte superior y de tela en el resto del fuselaje.
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Imitada y reproducida hasta la saciedad por todos los clubes de aeromodelismo.
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Esta avioneta Bücker, modelo Bu-131, encontró pronto favorable eco y fue adquirido para el entrenamiento de pilotos de distintas fuerzas aéreas. En cuanto a su producción se refiere, este prodigio alado no solo fue fabricado en Alemania. En Japón alcanzó una producción de 1.254 máquinas. Después de la 2ª Guerra se continuó su producción en Suiza y España, países en los que un nutrido contingente de estos aviones se halla aún en servicio, principalmente en manos de particulares.

Un cuadro de mandos sencillo pero eficaz.

De su producción en España se hizo cargo Construcciones Aeronáuticas, S. A., que los denominó CASA 1.131. De los 500 ejemplares construidos en Cádiz bajo licencia, los 200 primeros eran similares a los alemanes, con el mismo motor Hirth de 100 CV. Del resto de la producción, otras 330 máquinas, fueron provistas con el motor nacional “Tigre” de 125 CV, a la par que eran reforzados el fuselaje y el tren de aterrizaje. Y si a éstas añadimos las 95 compradas a Alemania, vemos que en total, el Ejército del Aire llegó a disponer de 625 ejemplares, gracias a los cuales, durante los difíciles años de la II.G.M. y de la inmediata posguerra, sus unidades, que en su mayoría tuvieron destinado este modelo, pudieron seguir volando. En años posteriores, con la puesta en servicio de modelos más modernos, la fiel Bücker siguió en la brecha haciendo lo que mejor sabía hacer: Enseñar a volar, tanto en el ámbito militar como en el civil.
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Las últimas bucker de Armilla sobrevuelan la Vega. Al fondo Sierra Arana.
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El último destino en el Ejército del Aire, después de casi 40 años de servicio, fue el Ala 78 de Granada, en cuyo Escuadrón 781, y con la misión de averiguar las aptitudes de los futuros alumnos de la Academia General del Aire para el vuelo y de impartir el curso elemental de vuelo a los alumnos de complemento, les llegó la “jubilación”.


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Tras su baja en el Servicio, numerosos ejemplares fueron enajenados en pública subasta y adquiridos por clubes, organismos y particulares de diversos países (España, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia y EE.UU, entre otros) donde siguen volando y causando admiración.
Pero no es el punto final para este “Stradivarius del cielo” en España: En Albacete un romántico y avispado industrial, el amigo Jesús Ballester, con un puñado de colaboradores tan “locos” como él, las fabrica artesanalmente, con dedicación, esmero y cariño y… las exporta en pleno siglo XXI.

Nota.- Puede verse, además, la entrada en La Murga de 30 de Mayo de 2011 sobre este mismo tema.


NITO

viernes, 20 de enero de 2012

BLASFEMEAR, VERBO HÍBRIDO



Eran otros tiempos, pero la poesía y el arrobo que dimana de las cosas bellas, sigue siendo el mismo. En este caso me quiero referir –cómo no- a nuestro barrio universal: El Albaicín.
Hace unos días releía al viejo –y siempre actual- poeta Julio Alfredo Egea y no pude por menos, de sonreír ante sus ocurrencias:
¡Qué bonita –decía- es la plaza de San Miguel el Bajo! (Rahba Babis).
Plaza ideal para escuchar cantes perdidos, en cualquier alta noche con silencios de estrellas. La torre de la iglesia es espectral, por muy cerrada que sea la oscuridad nocturna, se recorta como un milagro de reflejos sobrenaturales. Esta iglesia de San Miguel el Bajo, con cierta dignidad en su abandono, cobija entre sus muros, en la boca de su aljibe tapiado, unas maravillosas columnas romanas como una página de historia remota en el misal de su sillería.



Plaza de tabernas y de tahonas con olor a pan recién cocido. En la puerta de su puesto de vinos de la costa, veréis al Lara con sombrero ancho, filósofo y flamenco. Por las espaldas de la plaza, al final del callejón del Gallo, encontraréis una placetilla recoleta y cortijera con suelo de tierra y frutales –del Gallo o del Huertecillo, se llama-, preciosa y natural. Está próximo el compás de Santa Isabel la Real, con su entrada amplia y conventual hacia la iglesia alzada sobre siglos de historia.

Sevilla 1965.- Poetas del Grupo "Versos al aire libre" : José Guevara, Trina Mercader,
Elena Martín Vivaldi, María de los Reyes, Julio Alfredo Egea  y Rafael Guillén.

En esta plaza de San Miguel el Bajo hay un Cristo del siglo XVII, maltratado, erosionado y roto por borrascas y revoluciones, lañado como los lebrillos, que ha cambiado varias veces de lugar (*). Con anterioridad estaba más cercano a las tabernas y bajo su mirada jugaban a la lotería, con cartones y habichuelas, los viejos del barrio. Era corriente oír blasfemias lanzadas por los jugadores desafortunados y de mala lengua, bajo la mirada paciente del Cristo. También llegaban a alzar la pata al pie de la Cruz todos los perros de los contornos y los borrachos que salían con urgencia también encontraban apoyadura en la cruz de piedra y allí meaban. Ahora está más distante de las tabernas y con un cerco de hierro. Queriendo yo saber cómo y cuando se trasladó el Cristo, le pregunté a un vecino, que me dijo: -Una noche se fue él solito, de tanto blasfemear
Insólito verbo híbrido creado para una situación especial, como es la de mear al tiempo que  se blasfema.




NITO


(*) El Cristo de las Lañas o de las Azucenas  fue restaurado a finales 2008.  -Este Blog publicó una entrada sobre el mismo el Martes, 18 de NOV. de 2008

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viernes, 13 de enero de 2012

BAÑO REAL DE COMARES










En este artículo vamos a tratar del baño real del Palacio de Comares, que es uno de los mejores conservados y que es el paradigma del baño musulmán. El baño musulmán o hamman responde fielmente al de las termas romanas aunque es en el periodo emiral-califal cuando se adapta el esquema del baño en salas alineadas.

Las salas de un hamman son: Apoditerium o al-bayt al-maslaj, es la sala del devestimiento y de reuniones, en esta sala suele haber un retrete abierto por una ranura vertical en el suelo por la que corre agua. El frigidarium o al-bayt al-barib es la sala fría, el tepidarium o al-bayt al-wastani es la sala templada, en árabe literalmente significa "sala intermedia", el caldarium o al-bayt al-sajun que es la sala caliente. El suelo de esta sala está hueco y se sostenía sobre pilares de ladrillo, es lo mismo que podemos contemplar el algunas ruinas de termas romanas, y la finalidad es mantener el suelo muy caliente para que el agua que caía al suelo se formara vapor con el calor del horno, para andar por este suelo se usaban grandes suecos, normalmente de esparto, que impedían que se quemaran los pies. La zona de servicio o hypocausis contaba con la caldera o al-burma, y todo este sector recibía el nombre genérico de horno o al-fun, aunque lo conocemoss más comunmente como leñera. En este baño de Comares existe un callejón estrecho para el acarreo de leñas con animales y que el Dr. Bermúdez Pareja llamó "callejón de servicio del baño".

Los baños son edificios de gran solidez , dado su uso. Fundamentalmente se usan muros de hormigón de cal y las bóvedas se construían de piedra o de ladrillo y eran de cañón, de aristas y esquifadas y en ellas se abrían pequeñas tragaluces o lucernas, midwa, que eran de piedra, cerámica o vidrio y las formas son lobuladas, cuadradas, hexagonales, octagonales o estrelladas y servían para dar luz cenital y para regular el calor y el vapor de las salas. Las madawi eran muy llamativas con cristales de diversos colores como describe Ibn Suhayd:

Yo estoy atónito por el placer de este baño

pues me parecía que la esfera celeste se manifestaba.

El rojo y el blanco que están encima de nosotros

nos hace creer que son la mejilla de la amada

cubierta de sudor.

Maravillado por la belleza de este baño el tiempo

ha venido a teñir las lucernas de su techo con

los rubores del crepúsculo.

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El baño de Comares ha conservado bastante bien todos los elementos, con las modificaciones estructurales propias de un cambio de uso y de mantenimiento más testimonial que funcional.

El lugar más emblemático de este baño es la sala al-bayt al-maslaj conocida como sala de las Camas por los dos amplios aposentos ligeramente elevados que la flanquean. Todo este espacio está aireado e iluminado cenitalmente por una linterna, muy frecuente en la arquitectura nazarita. Los elementos decorativos de esta sala son en gran parte originales, aunque techos y yeserías fueron reparados y repintados con vivos colores en la segunda mitad del XIX por Rafael Contreras con una mentalidad orientalista.

La sala caliente, al-bayt al-sajun tiene en sus extremos dos grandes pilas, iwanes, que vierten agua caliente y fría.

En el siglo XVI se renovaron algunos zócalos cerámicos de las salas en los que pueden verse las iniciales del "Plus Ultra" imperial.

Cuando Jerónimo Münzer visita estos baños con el Marqués de Mondéjar, este le explica que en la sala de las Camas es dónde el Sultán, situado en la galería superior contemplaba a las mujeres y le arrojaba una manzana a aquella con la que quería pasar la noche.

Actualmente el baño de Comares está cerrado a las visitas salvo un mes al año que se abre los martes, miércoles y jueves y es una medida acertada del Patronato de la Alhambra y Generalife para preservar este delicado espacio alhambreño.

Antonio Montufo Gutiérrez


viernes, 6 de enero de 2012

JUGUETES DE ALAMBRE (1)

 
Hoy, cuando el gasto navideño da vértigo, sobre todo si se piensa que la mitad de lo que compramos es superfluo e innecesario, cuando vemos a nuestros niños pequeños pateando costosos juguetes que nada les dicen, salvo la novedad fugaz del momento, me acuerdo de una exposición donde coches y camiones de alambre, pelotas de trapo, espadas hechas con restos de latas… eran los juguetes de los niños refugiados saharauis, que hasta finales de noviembre pudo verse en el Museo del Juguete de Catalunya, en Figueres.
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Pero me acuerdo, sobre todo, de mis tiempos de chavea en las duras tierras del Protectorado Marroquí, donde a falta de medios y oportunidad geográfica, nos la teníamos que ingeniar construyendo nuestros propios juguetes.
Quizás me venga de ahí la pasión por las manualidades y saber apreciar las cosas hechas con nuestras manos. Mis maestros fueron los morillos del barrio a los que pronto superé. Mis coches de alambre se cotizaban muy bien y el mercadeo de permutas funcionó a las mil maravillas.


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Hoy, rememoro aquella “industria” pensando en mi nieto Manuel con el deseo profundo de que pronto sepa apreciar las cosas hechas por uno mismo como las más bonitas del mundo.
El coche o el camión de alambre tenía unas cualidades que lo hacía único y superior a los que se compraban en la juguetería:
Se guiaba con una larga caña –pues era direccionable- a la que se le acoplaba un volante; circulaba en casi cualquier terreno y era fácilmente reparable. La forma era lo de menos y aquí se imponía tu habilidad y tu imaginación: Tratábamos de copiar los modelos reales que veíamos en nuestro entorno.
Todo el material necesario para esta técnica (que yo creí local), era de alambre. Alambre que no siempre lo teníamos a mano y que había que buscar en vertederos y viejas cercas. Alambre normal para la estructura y alambre fino para los empalmes. Las ruedas eran siempre de latas y botes de conservas.
He visto con sorpresa que esta técnica es universal, por lo menos en África, y que sesenta años después de “aquello”, se sigue practicando hoy día en pueblos deprimidos: La necesidad agudiza el ingenio.
Era digno de admirar el arte y la maña que empleaban los niños rifeños en estos artefactos: Sólo dos piedras (como martillo, yunque y cizalla) les bastaba. Así que cuando aparecí yo con alicates y martillo… ¡el “taller general” estaba siempre en la puerta de mi casa…!

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Luego vendrían otros refinamientos a los que los nativos no estaban acostumbrados: El forrado del chasis con cartón, las imitaciones de vehículos del ejército o la conducción nocturna con luz…
¡En qué bazar juguetero se podría adquirir algo parecido…!

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Esta experiencia, y como podréis sospechar, la llevé años después al aula: El éxito estaba asegurado –y eso que ya eran otros tiempos, donde la oferta y las posibilidades eran incomparables- y si el alumno tenía habilidad y ese gusto por las cosas hechas por él mismo, no las cambiaba por nada del mundo.
Aquí empleé por primera vez técnicas pedagógicas: Todos partían de planos a escala hechos por ellos mismos. La oportunidad de aplicar y aunar las disciplinas teóricas aprendidas en clase –como el cálculo, el sistema métrico decimal, el dibujo técnico- era enorme.
No os extrañe, pues, si en esta Navidad y en víspera de Reyes,  retomo los alicates y el alambre.
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Los pasos. Parte Primera.-

Lo primero es buscar un modelo que te haga tilín y sacarle un plano simplificado con los perfiles.  En este caso optamos por el popular Citroën 2 CV.
Alambre maleable y herramientas elementales serán tus aliados.
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Ejercicio de imaginación. Reciclando material: Todo vale, todo es aprovechable, aquí no se tira nada.  Si no sirve para éste, se usará en otro modelo.

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Pensando en el parquet de nuestro piso y que, de momento, el modelo no saldrá a la calle, buscaremos unas ruedas “de fortuna” blandas y silenciosas, prescindiendo de las de lata.

 
Pasito a paso y con grandes dotes de paciencia, iremos conformando el chasis al que luego forraremos con hojalata, chapa de aluminio, plástico o cartón –según disponibilidad- y habilidad.
Lo más bonito y entretenido será el pintado de la maqueta y la decoración con aquellos detalles que nuestra imaginación nos irá dictando.

NITO