Una de las cosas más castizas del Albaicín es la llamada “de los Migueletes”, en la calle de Benalúa, nombre de los señores y condes de este título, que tuvieron su finca nobiliaria en el lugar, a la vera de la Cuesta de Aceituneros y de las calles –¡qué bellos nombres!- del Aire y de la Penitencia.
Debió
tener un hechizo irresistible aquel Albaicín del siglo XVI, época en que los señores
de Benalúa tuvieron el buen gusto de sentar su casona solariega en este sintió,
que empezaba a poblarse de los cármenes que luego alcanzarían celebridad
literaria merecida.
Aquel
Albaicín fue el que maravilló al poeta don Luis de Góngora, quien, desde las
ventanas del Generalife, quedó tan impresionado con la perspectiva del barrio,
que dedicó un bello romance en 1588.
Era
el Albaicín concurrido por genoveses y venecianos, atraídos al reclamo del buen
negocio de la seda. El Albaicín que hacía exclamar a Bermúdez de Pedraza: “La
amenidad del sitio, la frescura del río, los saltos de las fuentes, el ruido
del agua, el cantar de los ruiseñores y los saludables y suaves aires fueron
bastante para creer fue aquí el Paraíso Terrenal, si los cosmógrafos lo
describieran en Europa como en Asia”.
La casa de los “Migueletes”, en el Albaicín de hoy, subdividida en pequeñas viviendas, sigue siendo un valioso testimonio del tiempo pasado. La singular disposición de su zaguán, las artísticas zapatas, los apilastrados de madera torneada del patio principal, la cubierta con cúpula barroca, las hermosas columnas de mármol gris, y desde la galería superior una vista preciosa de la Alhambra, son algunos de los muy abundantes valores de tan noble edificio.
Y sí
la casa estaba indisolublemente unida al nombre “de los Migueletes”, éstos se
hallan igualmente vinculados a un período concreto de nuestra accidentada
historia reciente: El cargo de vigilancia de caminos y la lucha contra el
bandidaje, como obligaciones prioritarias. El viajero, escritor y dibujante
romántico Richard Ford, dejó constancia de haber hecho su entrada en Granada,
en diligencia, procedente de Jaén, escoltado por nueve fornidos “migueletes”,
que –en este caso, al menos- no sólo aseguraron la integridad de viajeros y
equipajes, sino que por si fuera poco, se pasaron cantando todo el camino y
fumando “fuertes cigarros -dice Ford-, lo peor de la “Real Fábrica”.

Muchas veces, y a pesar de la protección de los “Migueletes” las diligencias eran asaltadas, con heridos o muertos en ambos bandos. Algún escritor de la época describió como patéticas las despedidas familiares, al pie de los carruajes, mientras la escolta de “Migueletes” montaba en sus caballos. “Era relativamente probable que alguno o algunos de los que se estaban despidiendo no llegaran con vida al término del viaje”.
En la actualidad el magnifico edificio histórico se ha convertido en El hotel boutique ‘Casa 1800’ y ocupa el histórico edificio de la Casa de los Migueletes, en un callejón del barrio granadino del Albaicín. Un patio interior, que guarda los secretos de los antiguos vecinos de esta corrala, es ahora el punto de encuentro de los huéspedes para desayunar, merendar o relajarse con el arrullo de una fuente de dos cabezas. Desde alguna de sus habitaciones se contempla el imponente monumento de la Alhambra, una perfecta anfitriona para acurrucarnos entre las sábanas.
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