sábado, 26 de enero de 2013

NI LLORÓ NI SUSPIRÓ


Mirad, murgueros, que os lo tengo dicho sienes y sienes de veces: El Rey Boabdil ni lloró ni suspiró. No, por lo menos, en el paraje geográfico que todos conocemos.
Las últimas y abundantes lágrimas conocidas del Rey Chico, como era conocido entre sus súbditos, se vertieron sobre una tumba, en un pequeño pueblo granadino llamado Mondújar. En esa tierra dejó Boabdil los restos mortales de la persona que amó tanto como a Granada, a su esposa Morayma, la mujer que se mantuvo fiel a su lado, que le dio dos hijos y que sufrió en silencio, tanto como él, su vida y reinado desdichado.
Morayma sigue enterrada allí, en algún lugar entre la colina que sostiene las ruinas del otrora importante castillo de Mondújar y las verdes tierras del Valle de Lecrín, a escasos 30 kilómetros de la Alhambra. Sigue en ese lugar desconocido hasta ahora, que, además, debe también albergar los restos de los reyes nazaritas que gobernaron el Reino de Granada, entre ellos el de su suegro Muley Hacen.
Lo más asombroso es que nadie ha decidido investigar con interés en los últimos 500 años donde está sepultada buena parte de la historia de Al Andalus, ya que existen documentos que relatan cómo Boabdil trasladó desde la Alhambra a Mondújar el Cementerio Real Nazarí cuando, vencido, tuvo que dejar a Isabel y Fernando la majestuosa fortaleza gobernada por sus antepasados.

El otrora importante castillo de Mondújar

Pero también hay que deshacer otro entuerto que ha permanecido durante años escondido entre los estudios, más o menos afortunados, de historiadores y escritores aficionados a desentrañar una de las etapas más noveladas de la historia de España: Morayma no murió en ese pueblo.
Hasta allí llegó trasladada por su esposo desde Láujar de Andarax, importante localidad de la Alpujarra almeriense distante unos cien kilómetros, en el que con toda certeza murió y en donde la pareja se había instalado con su corte después de firmar las Capitulaciones con los Reyes Católicos.
Las lágrimas de Boabdil tuvieron que ser densas y dolorosas, porque también podemos suponer que junto a Morayma fue sepultado uno de los dos hijos habidos en el matrimonio.

.Leonardo Villena nos cuenta en su libro El último suspiro del rey Boabdil que la biografía de Boabdil y de parte de su familia está plagada de falsedades, la mayoría intencionadas. Tan falsas como la famosa leyenda del 'Suspiro del Moro' (en la antigua carretera Granada-Motril), porque Boabdil no pasó, ni tan siquiera, por este lugar. Boabdil, sólo se detuvo para ver Granada en unas crestas serranas de El Padul, en el puerto de 'El Manar', porque por allí discurría el camino de la Alpujarra.
Boabdil no lloró (bastante había llorado ya) cuando se despidió de Granada, ni su madre fue tan cruel (ni tan imprudente, so pena de morir allí mismo desnucada de un filial tortazo), que le dijera: «Llora como mujer por lo que no has sabido defender como hombre». Esto fue un invento y bulo del historiador Antonio de Guevara, obispo de Guadix y de Mondoñedo, en el verano de 1526, para lucirse ante el emperador Carlos V, en los jardines del Generalife, cuando visitó Granada en su viaje de luna de miel tras su matrimonio con Isabel de Portugal, es decir, treinta y cuatro años después de ocurridos los hechos.
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Impresionante vistas desde la fortaleza de Mondújar 
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P.A. de Alarcón nos recuerda este trance.-

Desde el lugar en que parado habían,
a la vez abarcaba la mirada
los rudos montes en que entrar debían
y la extendida vega matizada.

¡Un paso más..., y nunca ya verían
el mágico horizonte de Granada!
¡Un paso más..., y de su vista ansiosa
desparecía la ciudad hermosa!

El Moro aquel altivo y prepotente
se apartó de familia y servidumbre,
y silencioso, tétrico, doliente,
quedó como clavado en la alta cumbre.


¿Véis…? Nada de llanto, nada de suspiros. Sí entenderíamos, en cambio, su amargura. Su gran amargura y por tantas cosas…


Granada desde el Manar: “¡Un paso más..., y nunca ya verían Granada!“ 
 -(Foto cortesía de P. Zúñiga)

-oOo-
Pero lo que viene a continuación no se cómo encajarlo en esta historia. Yo lo transcribo aquí tal y como creo que sucedió: El lector me juzgará.

¡Si yo pudiera, Boabdil,
devolverte la mirada...!
Yo lloraría contigo
si la historia me dejara,
lloraría siete siglos
hasta que el llanto se secara...
¡Si yo pudiera, Boabdil,
devolverte la mirada…!

Todo estas razones barajaba y razonaba yo apoyado en el pie del antiguo mojón kilométrico del puerto del “Suspiro del Moro”, tratando de buscar consonante a esos raquíticos versos sobre el Desdichado, cuando reparé en un caminante surgido de una incipiente neblina, y que por el arcén venía. Al rebasarme me saludó con la vieja fórmula andaluza:
-¡Buenos días nos de Dios…! Mientras su mano diestra rozaba apenas su sombrero. ¡Su sombrero ¡ ¡Dios mío, aquel viejo y sudado sombrero de color de ala de mosca…!
-¡Vaya con Dios! -Quería responderle yo. Pero sólo me salió un grito casi helado: - ¡Martinico…! - ¿Es usted…?
Él era, en efecto. Aquel hombrecillo frágil y miope, que tiene la rara virtud de adivinar mis pensamientos y que aparece y desaparece como por encantamiento: Martinico, el mismísimo duende de la Alhambra.
-Ya veo que me recuerda y me parece que continúa usted con el mismo tema de nuestro último encuentro. ¿Me equivoco…?
-Acierta, como siempre y sí, sí, meditaba sobre la suerte que corriera el Desdichado, después que pasara por estos lugares, pues no se sabe ni donde esté su tumba.
-¡Ni nunca se sabrá, créame…! –Razón de Estado, diríamos hoy. Fue el mayor de los secretos de los Reyes Católicos y lo que más convino a la Historia en aquellos tiempos.
-Bástele saber, para su tranquilidad, que salvo un corto espacio de tiempo prudencial administrando su señorío en Láujar de Andarax, nunca, nunca, Boabdil salió de Granada y que a su muerte, acaecida a los 70 años, su cuerpo fue enterrado en secreto junto a su esposa en Mondújar.
-Entonces, si sabemos dónde… -Salté yo.
-No, nunca se sabrá.  –Me interumpió.  -Y aquí si requiero de toda su fe en mí. No le confundiré: ¡Palabra de Martinico!: -Comprendimos que no era tumba digna de él y que para compensar su infortunio y tanto sufrimiento, merecía que todos los días, y hasta la Eternidad, sus huesos pudieran contemplar la Alhambra.

Dicho esto, y tras ultimar la limpieza de sus lentes, se ajustó el sempiterno sombrero de color ala de mosca y se despidió gentil, caminando con extraña y nerviosa agilidad carretera abajo hasta perderse tras la sospechosa neblina que rápidamente lo cubrió todo, dejándome, como siempre, entre la duda de si fue o no real su presencia y esta conversación.

NITO
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lunes, 14 de enero de 2013

EL “KATIUSKA” DE CECILIO

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Cinco años hacen ahora del fallecimiento del piloto-aviador de la Aviación de la Republica, el granadino Cecilio Rodríguez López.
Cecilio nació en Granada hace 95 años. Su afición a los aviones le llevó a ingresar voluntario en el Ejército del Aire. Entonces comenzó la guerra y Cecilio fue seleccionado para realizar un curso de piloto en Rusia. En octubre de 1936 era ya teniente. Pero luego vino la derrota, la entrega, la expulsión del ejército y la humillación.
Con la llegada de la democracia y reunidos en la Asociación de Aviadores de la República (ADR), los veteranos miembros del Ejército del Aire que participaron en la contienda, con el bando republicano han librado una dura batalla de más de siete años contra la Administración hasta conseguir que ésta reconociera sus derechos como miembros del Ejército Español en el grado que les correspondería si no hubieran sido injustamente expulsados de él tras la guerra.
Por ser injusto, lo es hasta la propia denominación de “aviadores de la República”, asegura el nuevo Coronel.
Oficialmente, siempre ha habido un solo ejército, el español. Que en el 36 se fragmentara en dos partes debido a una sublevación no quiere decir que hubiera dos ejércitos, sino dos bandos: Uno, el de los sublevados; el otro, el de los que continuaron dentro de la legalidad y en el que estaba yo, argumenta, apoyando su convencimiento con secos y marciales golpes de sus nudillos sobre la mesa.
La batalla ha sido larga pero victoriosa. El Tribunal Constitucional así lo reconoció en junio de 1987, recuerda Cecilio. A partir de entonces y uno por uno, la Administración fue revisando los expedientes y reconociendo los ascensos de todos los afectados. Yo he pasado de teniente a ser coronel y a percibir el aumento de la pensión correspondiente, relata con satisfacción la victoriosa batalla.

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El nuevo coronel

Readmitido en el seno del Ejército del Aire y con su honor ya reparado, el veterano coronel no vio mejor forma de agradecimiento que renovar su juramento de fidelidad a la bandera. Ha sido el segundo día más feliz de mi vida, asegura con rotundidad. El primero fue en un lejano mes marzo de 1936 cuando, aún siendo casi niño, juró igualmente dar su vida por la bandera.
Eran otros tiempos. Y también otra bandera: La tricolor republicana. Pero para Cecilio, entre una y otra no hay ninguna diferencia porque, tanto aquella como ésta, era y es la bandera constitucional.
Para tan magno acontecimiento, Cecilio Rodríguez encargó su uniforme de gala a un sastre granadino especialista en trajes militares. En la solapa engarzó las insignias de piloto militar y piloto civil y bordadas en oro, sobre los puños lucían las tres estrellas de ocho puntas, divisa de coronel.
Cecilio asegura ser el primer miembro de la Asociación de Aviadores de la República que ha renovado su juramento. Pero también está seguro de que, cuando en mayo lo cuente en la próxima reunión de fraternidad en Barcelona, muchos caerán en picado tras su estela.

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Un "Kats" capturado en manos del "enemigo"

El baúl de los recuerdos.
No guardo ningún rencor, exclama el Coronel mientras echaba mano de una gruesa carpeta que hace las funciones de baúl de los recuerdos. Allí guarda recortes de periódicos, viejas fotografías, boletines oficiales y documentación de todo tipo.
Algunos papeles traen a su memoria gratos momentos de su vida. Otros, sin embargo, pondrían los pelos de punta al mercenario más curtido.
En un viejo mapa de la Unión Soviética aparece señalada la ciudad de Kirobabá, entre Bakú y Tiflis, en la República de Azerbaiyán. Allí estaba la escuela en la que Cecilio obtuvo el título de piloto en un curso acelerado de seis meses. Las premuras de la guerra redujeron al mínimo los requisitos que en tiempo de paz son casi insalvables. En seis meses pasé de no tener ni idea a pilotar yo solo un bombardero.
Tanto Cecilio como sus 200 compañeros de curso tuvieron rápida ocasión de estrenar sus flamantes títulos sobre el cielo ensangrentado de España. Muchos de ellos cayeron en su primer servicio.
Este soy yo, dice señalando a uno de los aviadores que forman delante de un bombardero Tupolev SB-2 “Katiuska” en una vieja foto.  Era agosto de 1937 y los trece miembros de la Cuarta Escuadrilla posan sonrientes en la base de Albacete.
Cecilio ha visto morir a muchos de ellos. Y también su propia vida en serio peligro en más de una ocasión. Pero, afortunadamente para él, es de los que aún lo pueden contar. Tres veces inutilizaron uno de los dos motores de su Katiuska y en las tres ocasiones consiguió llegar a tierra sano y salvo. Tengo  una estrella, no se ha fabricado la bala destinada a mí.

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La Cuarta Escuadrilla al completo. (clic)

No pudieron cogerme.
En la carpeta también figura una copia de la sentencia de muerte a la que fue condenado tras ser hecho prisionero. Me cogieron a traición porque en el aire no tuvieron cojones de pillarme, remachó, con su gallardía aún intacta.
Aquélla fecha y aquel lugar, 29 del mazo de 1939 a las nueve de la mañana en el aeródromo de Barajas, la recuerda como si fuera ayer, el general franquista Kindelán me había prometido respetar nuestras vidas y nuestra libertad; incluso que al que quisiera seguiría formando parte del Ejército del Aire, recuerda.
La escuadrilla podía haberse ido al extranjero, como hicieron muchas otras, pero Cecilio confío en la palabra de Kindelán. Nada más tomar tierra, se echaron sobre nosotros y comenzaron a maltratarnos y a humillarnos… Éramos prisioneros, relata.
Luego vino el juicio y la condena a muerte. Nos acusaron por un delito de auxilio a la rebelión.
¡Qué cosas, resulta que el rebelde era yo…! -Los rebeldes son ustedes, le dije al juez. Pero él soltó una carcajada. No hubo nada más que hacer. Todos fuimos condenados a muerte.
Tres meses estuvo Cecilio en la cárcel con la sentencia de muerte amenazante sobre su cabeza.

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Tres meses en los que iban llamando al compañero de celda para cumplir la sentencia. Y al cabo de tres meses llegó el susto, también de muerte. Pero sólo fue un susto. Cuando dijeron mi nombre me eché a temblar. Pero me lo tomé con resignación. Ya está, ya no cantaré más el “Cara al sol”, ni a saludar con el brazo en alto, ni… “cojones en vinagre”, me dije.
Pero Cecilio volvió a cantar el cara al sol y a saludar brazo en alto por interactivos de la oficialidad. Porque Cecilio no fue conducido al patíbulo sino a Granada para cumplir los 16 años y un día de cárcel a que había sido condenado después de revisarse la sentencia.
Tampoco tuvo que aguantar mucho tiempo a la sombra. Tras 27 meses de cárcel, un indulto de Franco puso a Cecilio de patitas en la calle de su Granada natal, ya como civil.
Puede parecer poco, pero en esos dos años y pico pasé las de Caín. Los sufrimientos físicos eran horribles pero lo que más dolía eran las humillaciones, asegura el Coronel. La palabra más suave que me dijeron fue hijo de puta.
Sentado en la sala de estar, Cecilio Rodríguez se guarda los viejos papeles, las viejas fotos, los documentos… Y da carpetazo al repaso.
No guardó ningún rencor a nadie, asegura el coronel.
El sentimiento de venganza es lo único que he tirado de esta carpeta."
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Hasta aquí lo extraído de IDEAL del día 12 de Enero de 1992.
Ahora traigo unas emocionadas palabras de su compañero Gregorio, único superviviente de la Cuarta Escuadrilla de “Katiuskas”.

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El mítico "46" que todos los modelistas quieren imitar.

Palabras de Gregorio Rodríguez, su camarada.
“Ésta conocida foto, de los pilotos de la 4ª de “Kats”, ha cumplido ya más de setenta años. Yo no podía imaginar entonces que, entre todos, el Destino me iba a elegir a mí para entonar el RIP de la misma.
Soy el único superviviente que queda, por lo tanto me corresponde a mí, metafóricamente hablando, “apagar la luz” (El último que salga que apague la luz)”.
Quiero rendir un merecido homenaje póstumo a todos los que fueron mis compañeros; magníficos compañeros y amigos que, en lo mejor de nuestra juventud, nos vimos involucrados en una absurda guerra fraticida. Siento mucha tristeza, a medida que los recuerdos acuden a mi mente.
Pero la vida es así, no queda más remedio que hacer frente a lo que venga. De nada sirven las lamentaciones.
El inexorable paso del “tiempo”, poco a poco, ha ido acabando con los demás. Gracias a nuestra Asociación de Aviadores ADAR, hemos permanecido unidos.
En el mes de julio del 2004 se fue Calvaróns y el 31 de octubre de ese mismo año se fue Mata.
Ya sólo quedábamos dos: Cecilio Rodríguez y yo. Nos reuníamos en las asambleas que anualmente celebramos en Benidorm, donde solíamos recordar todo lo “vivido”.
Finalmente, el 5 de enero de 2008, Cecilio realizó su último vuelo. Ya sólo quedo yo. Ya no tengo a nadie con quien recordar aquellos días del Peninsular, el Savoy y aquellos servicios de alto riesgo, en los que nos jugábamos la vida diariamente.

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Jaime Mata, Eusebio Alonso, Gregorio Gutiérrez y Cecilio Rodríguez. Foto tomada el 29 de octubre de 1994 en el Hotel General Álava de Vitoria, con motivo de la inhumaciónde los restos del General Hidalgo de Cisneros.

Bombardero Tupolev SB-2 Katiuska
Voló por primera vez el 7 de octubre de 1933. Fue diseñado por Andrei Nokolaevich Tupolev. De construcción enteramente metálica, con planos provistos de flaps, tren retráctil hidráulico, amortiguadores y frenos automáticos. Tenía una limpia línea aerodinámica, que unida a la potencia de sus dos motores le permitía alcanzar una velocidad máxima de 430 km/h.
En España, entraron en servicio a comienzos de 1936, los primeros Katiuska –como fueron llamados por los republicanos– entrando en combate el día 28 de octubre de 1936 al bombardear Tablada y Talavera.
El tercer avión importante del inventario soviético en manos republicanas fue el SB-2 “Sofía Katiuska”, el más moderno bombardero del mundo en el momento de aparecer en España. Su velocidad, del orden de 400 km/h, le hacía difícilmente interceptable por los Fiar CR.32 e incluso por los Messerschmibtt Bf-109.
Dotado de una excelente autonomía, el SB-2 logró en numerosas ocasiones burlar los dispositivos defensivos nacionalistas mediante rutas de aproximación largas e imprevistas, surgiendo a retaguardia de su objetivo.
Se recibieron aproximadamente 100 unidades, que actuaron en todos los frentes, tanto en misiones estratégicas como tácticas, contándose entre sus acciones el bombardeo del acorazado alemán Deutschland (29/05/1937) y según algunos documentos e historiadores, remataron el hundimiento del crucero nacional Baleares (6/03/1938).
Al igual que resultó con otros tipos de aviones recibidos de la U.R.S.S., los primeros Katiuska fueron tripulados exclusivamente por rusos, transfiriéndose de forma paulatina a españoles.

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Lámina de Katiuska con la librea de los nacionales

Características
Potencia 2 x 860 C.V.
Envergadura 20,12 m.
Longitud 12, 22m.
Superficie alar 51,34 m².
Peso vacío 3.995 kg.
Peso total 6.910 kg.
Velocidad de crucero 280 km./h.
Velocidad máxima 430 km./h.
Alcance 1.450 km.
Techo 9.400 m.
Nota marginal:
Pero a Cecilio se le conoce más en Granada por su calidad humana y ser socio fundador y Director de la Escuela de Pilotos Civiles de Granada añadida a su labor como profesor de vuelo durante 25 años donde ha hecho más de 5.000 horas de instrucción y formado a cerca de 200 pilotos para los cuales, él siempre fue y será "el profesror".
NITO
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