sábado, 24 de marzo de 2012

HOSPITAL DE SAN JUAN DE DIOS.

El eje formado por las calles San Juan de Dios, San Jerónimo y la Plaza de la Universidad pone de manifiesto el tránsito del urbanismo islámico medieval, ubicado dentro del perímetro de la muralla de la Madinat Garnata, al modelo urbanístico moderno de los conquistadores cuando la ciudad de expande extramuros.
En el siglo XV la muralla árabe se extendía desde la Bab-Ilbira a la Bab-al-Kubl o puerta del Sulfuro de Plomo ubicada donde se encuentra actualmente la Subdelegación del Gobierno continúa hasta la Bab-al-Riba o puerta del Molino ubicada entre la Iglesia de San Justo y Pastor y el convento de la Encarnación para girar al Sur hasta la Bab-al-Masda o puerta del Corro situada en la esquina de la calle Capuchinas, Plaza de la Trinidad y calle Mesones podemos ver perfectamente el arranque de esta puerta si entramos en la tienda de moda Shana en la que están perfectamente integrados los restos arqueológicos, de allí la muralla continúa hasta la plaza de Bibarrambla que recibe el nombre de la Bab-al-Rambla o Puerta de la Rambla conocida por Arco de las Orejas al inicio de la calle Salamanca ,desde este punto la muralla atravesaba el rio Darro hasta la Bab-al-Tawwabin o puerta de los Ladrilleros actual Palacio de Bibataubín.


Tras la toma de Granada la ciudad moderna se forman en tres ejes que van desde sureste a noroeste y que son el formado por la plaza de San Agustín, calle Santa Paula y plaza del Boquerón, el formado por la calle San Jerónimo, calle aristocrática que pone en contacto la Catedral con las nuevas iglesias que van surgiendo como son el colegio San Pablo y la actual iglesia de San Justo y Pastor, de los jesuitas, la Iglesia de San Felipe Neri actual Perpetuo Socorro y el Hospìtal de San Juan de Dios y el tercer eje formado por la Plaza de la Trinidad (Convento de los Trinitarios), calle de la Duquesa, nombre que le viene por Doña María de Manrique esposa del Gran Capitán, con el convento de la Piedad y termina en el monasterio de San Jerónimo.

 En el cruce de las calles San Juan de Dios, San Jerónimo, Gran Capitán y López Argüeta se encuentra este famoso hospital fundado por el portugués San Juan de Dios en 1550 y no siempre estuvo ubicado en este edificio.
El Hospital de Juan como era conocido en el siglo XVI estuvo ubicado en primer lugar en la calle Lucena en el año 1539 después pasó a la Cuesta de Gomérez cerca de la puerta de las Granadas en 1547 para finalmente en el 1553 trasladarse al actual edificio que era propiedad de los Jerónimos y en donde estuvo el primer monasterio de la orden. Los jerónimos ceden a los hermanos hospitalarios el solar y estos comienzan con las obras del hospital según trazas de Juan de Maeda pero en 1593 el edificio pasa a propiedad de la Orden Hospitalaria tras un largo pleito con los jerónimos. Es en el siglo XVII cuando se llevan a cabo las principales reformas comenzando por la portada, el patio principal y la escalera. En el primer tercio del siglo XVIII se inicia la construcción de la basílica, el segundo claustro del hospital y se reformó la escalera.


La portada que era la correspondiente al monasterio de los Jerónimos lleva fecha de 1609 y para Gómez Moreno y Gallego Burín fue hecha por Cristóbal Vilches y para otros por los canteros Juan Fernández, Felipe de Godios y Juan Lorenzo con traza de Ambrosio de Vico. Está hecha, como casi todas las portadas de esa época en Granada con mármol de Sierra Elvira y de Macael, presenta doble columnata dórica con arco de medio punto sobre el que hay un entablamento con una cartela cuya epigrafía de difícil lectura nos explica que fue costeada por Francisco Díaz de Lara, mercader de sedas y su esposa Ana de Covarrubias y dice textualmente:” Esta portada mandaron hacer Francisco Díaz y Ana de Covarrubias, su mujer”.


El segundo cuerpo tiene pirámides y entre pilastras una hornacina con la imagen de San Juan de Dios representado en el momento de su muerte arrodillado y con el crucifijo entre las manos obra de Bernardo Francisco de Mora, el fondo de la hornacina aunque muy deteriorado representa la habitación en la que murió, debajo y ya fuera de la hornacina se lee: Juan de Dios OF (opus fecit) encima hay un frontón curvo partido con el escudo de la orden IHS con el cayado y la capacha y las palabras del Santo en torno:” ¿Quién hace bien para sí mismo?” y rematando encima la fecha de 1609.

Foto de Rocío Fernández

Tras un amplio zaguán se encuentra el patio principal semejante a los diseños de los patios señoriales y claustros monásticos de los siglos XVI y XVII. Es de planta cuadrada con cuatro galerías en dos cuerpos, el primero con arcos de medio punto y el segundo con arcos carpaneles sobre columnas toscanas y en las enjutas los escudos de la Orden, granada, estrella y cruz por aquello de la frase que un ángel le dijo a Juan : “Granada será tu cruz”. En el segundo cuerpo aparece la fecha de 1622 en la que dirigía las obras el cantero Cristóbal de Vilches, las paredes están muy decoradas con pinturas sobre la vida del Santo, realizadas entre 1749 y 1759 por Diego Sánchez Sarabia y los frescos alusivos a la actividad de los Hospitalarios por Tomás Ferrer, los zócalos con azulejos de Sevilla y Manises llevan el emblema hospitalario, la fecha de 1751 y la leyenda de su promotor: ”El que costeó esta obra pide le encomienden a Dios”.
La fachada era de ladrillo aunque en una de las reformas se quedó con el aspecto actual.


Bibliografía:
-“Guía de Granada” de Manuel Gómez Moreno.
-“Granada, guía artística e histórica de la ciudad” de Antonio Gallego y Burín.
.”Guía de Granada” de Francisco de Paula Valladar.
-“Granada en tus manos” volumen 5 de los Drs. Ricardo Anguita Cantero, José Policarpo Cabrera y José Manuel Gómez-Moreno Calera.


Antonio Montufo Gutiérrez

domingo, 18 de marzo de 2012

EL HOTEL "ALHAMBRA PALACE"


Después de casi seis meses cerrado, el hotel “Alhambra Palace” reabre sus puertas en este mes de marzo tras las obras de modernización a las que se ha sometido desde el pasado mes de noviembre.  Son obras realizadas "más acordes con los tiempos actuales sin perder las señas de identidad de antaño".  El hotel se sitúa a cinco minutos a pie de la Alhambra granadina, en un paraje protegido por la Unesco y cuenta con una gran historia; de hecho, es el segundo en activo más antiguo de España -con más de 100 años- y el único que nunca ha cambiado de propiedad. Pero... ¿Siempre fue así…? ¿Cómo fueron sus comienzos…?
Recordemos que su construcción fue muy polémica debido al lugar elegido y a la falta de licencias y por su desmedido volumen. (¿Te suena el tema (Nihil novum sub sole)…? Esto provocó protestas de la comunidad inglesa y escocesa acomodada en el lugar.


La época y la construcción del hotel.

A comienzos siglo XX, el mundo vivía lo que un historiador inglés llamo atinadamente “la era del optimismo”.
Fue el tiempo conocido con el nombre de la “Belle Époque”, apenas un chispazo de tiempo, treinta años mal contados, durante los cuales, unas formas de vida en verdad esplendorosas fueron disfrutadas en exclusiva por los miembros de un privilegiado y selecto grupo social: Las grandes familias de la vieja y decadente nobleza europea, los prósperos financieros, empresarios e industriales que empezaban a surgir en los países más avanzados y, por supuesto, los nuevos millonarios norteamericanos. Unos y otros, elevaron el arte de vivir a un grado de perfección y suntuosidad ad, que hoy nos parece algo injusto, casi irritante.


Aquellos años señalaron la aparición de los primeros grandes hoteles, los “Ritz”, los “Palace”, de lujo y refinamiento singulares, como correspondía a las exigencias de una sociedad elegante y opulenta que apreciaba el buen todo por encima de todas las cosas. Aquel mundo feliz de unos pocos millones de afortunados, sería liquidado por los cañonazos de la Primera Guerra Mundial. Pero eso casi nadie lo presumía, cuando, en Granada, el Duque de San Pedro de Galatino, ponía en marcha la construcción de su hotel “Alhambra Palace”.


El paraje escogido para el ambicioso proyecto era el conocido con el nombre de “Peña Partida”, en el que el emprendedor Julio Benalúa –como era comúnmente llamado en la ciudad el conde de ese nombre y duque de San Pedro de Galatino-, tuvo que adquirir hasta doce propiedades para levantar en sus solares la enorme planta del gran hotel con que soñaba. Un hotel a tono con el creciente atractivo turístico de la ciudad, un hotel para viajeros ricos de un mundo que se entregaba alegremente a disfrutar de los progresos de la civilización material y de un sentido abiertamente hedonista de la vida.


La vieja fotografía nos muestra el hotel “Alhambra Palace” durante sus obras. El arquitecto Modesto Cendoya era el autor de las mismas. Antonio Corral López, excelente biógrafo del duque, anotaba cómo cierta vez, con ocasión de una visita regia a Granada, Alfonso XIII -entusiasta siempre de las abundantes iniciativas de Julio Benalúa- fue con éste a ver la marcha de los trabajos. “Don Alfonso llegó en automóvil a las Vistillas, y allí, en un motor de tranvía de cremallera, subieron hasta el hotel que el duque tiene en construcción. S.M. examinó lo que se estaba haciendo y subió hasta el último piso”. El monarca volvió también a Granada más adelante, honrando con su presencia la inauguración del flamante hotel, el 1 de enero de 1910. Desde aquel día, nuestro “Palace” granadino figuró entre los grandes hoteles tradicionales de Europa, esos hoteles que todavía conservan la atmósfera de un tiempo desaparecido.


NITO

domingo, 11 de marzo de 2012

LA LEYENDA NEGRA DEL AGUA DE GRANADA

Desde mediados del siglo XIX, y hasta muy entrado el siglo XX, el agua de Granada, aunque hoy nos parezca increíble, tuvo fama de mala calidad y de propagar graves enfermedades como el tifus.
En 1576, cuando se imprimió en la ciudad alemana de Colonia la célebre obra “Civitatis orbis terrarum”, de Braun, tan rica en vistas y descripciones de las poblaciones más importantes de la época, Europa se quedó sorprendida al conocer que, en el extremo sur occidental del continente, había una ciudad, Granada, capital de un viejo reino hasta poco antes musulmán, ya cristiano, que disponía en su interior y en su más cercano entorno de una riqueza natural abundante y bien distribuida entre los habitantes.

Aquélla riqueza eran los numerosos caudales de agua de la ciudad. “En el espacio de mil y veintisiete pasos –podía leerse- nacen 36 fuentes”.
Aquello pareció exagerado, cuando ciudades más importantes, construidas siempre junto a grandes ríos, se las veían y deseaban para conseguir suficientes tomas públicas de agua para sus vecinos. Optaron por no creérselo. Siglos después, el Padre Juan de Echevarría se tomó la molestia de contar las dichosas fuentes y aún le salieron más.

Los árabes fueron los primeros en valorar cumplidamente la riqueza de aguas de la tierra granadina. Es natural que así fuera. Propio de raza sedienta durante siglos en los arenales del desierto. Aquí se creyeron en el paraíso y acaso lo estaban. Se convirtieron en arquitectos e ingenieros del agua, conduciéndolas desde las acequias, por una red de canales, canalillos y todo tipo de conducciones, hasta las fuentes, estanques, aljibes y pilares, que dispensaron no sólo por los interiores domésticos, sino también por las cisternas, lavaderos y baños de la ciudad.
El grado de aseo e ingiere corporal de los musulmanes granadinos fue proverbial y habría que remontarse a la antigua Roma para encontrar precedente. ¡Al fin sobraba el agua en sus vidas y en sus campos!


Bosque Maurel decía que “en Granada la dominación musulmana creó la primera red de abastecimiento de agua potable, durante siglos enteros sin igual en todo el mundo”. Era cierto, en plena dominación islámica, el escritor árabe Al Sacundi, subrayaba que “Granada se distinguía por la peculiaridad de su rio, que reparte por sus casas, baños, molinos y jardines”.
Recién tomada la ciudad por los cristianos, en 1494, el viajero veneciano Jerónimo Münzer le sorprendía también que “en Granada, casi todas las casas están provistas de cisternas y dos cañerías, una agua potable y otra para las letrinas, pues los árabes cuidaban mucho de estos menesteres”.
La leyenda negra
Sin embargo, a comienzos de este siglo XX, y desde mediados del anterior, la mala fama del agua de Granada era generalmente, reconocida. A pesar de que, desde Carlos V, no sólo se cuidó de fijar sus precios, sino también de garantizar su potabilidad.

Otrosí mandamos y ordenamos –decían las ordenanzas- que cualquiera persona que echase en las acequias o cauchiles o maneses o pilares o azacayas alguna bacinada o perro o gato o gallina, o otra cosa muerta, o otra suciedad alguna, o metiere o lavare bacín o otra cosa semejante que aya de pena tres mil maravedíes e que esté veinte días en la cárcel y si no tuviese de que pagar queesté cincuenta días…!

 Todo se reglamentaba debidamente en aquéllas Ordenanzas del Emperador, que estaban vigentes al llegar nuestro siglo.
Lo único que el Emperador no podía anticipar es lo que ocurrió mucho después. Que todo aquel perfecto, reciente, vasto y complejo entramado de conducciones, caños, desagües, se vería gravemente afectado por el paso del tiempo y por falta de las atenciones requeridas en cada momento. “Sobre todo –afirma Bosque Maurel-, a partir del siglo XIX, la venerable antigüedad del sistema empezó a resentirse, siendo cada vez más frecuente los problemas en el suministro y en la salud de los consumidores, a menudo afectados de innumerables procesos infecciosos”.
Era la verdad. Durante varios siglos había funcionado con regularidad el sistema de doble red de cañería para aguas potables y de desagües trazado y puesto en práctica por los árabes. Pero toda aquella auténtica filigrana estaba hecha de barro (atanores), lo que hizo particularmente vulnerable. Ya por 1850 se tenía conciencia de que las conducciones, darros, cañerías, acetres, etc., tan rudimentarios como en día lejano de su construcción, necesitaban un arreglo, cuando no una sustitución.

“Alguna vez, en los acetres –escribía Eduardo Molina Fajardo- aparecía un perro ahogado y entonces se renovaba el clamor de las columnas periodísticas, removiendo el problema de las aguas potables”. Un serio problema cuya solución iba a tardar un siglo.
Aguadores y fuentes.-

 Los largos años de la leyenda negra del agua granadina fueron los del auge de los aguadores, personajes simpáticos y populares unidos para siempre recuerdo de Ganivet y de la Granada de su tiempo.
El autor de “Granada la Bella” defendió apasionadamente a aquellos hombres que bajaban el agua de la Alhambra o la traían del Avellano en garrafas colocadas a ambos costado de sus burros. “En Granada -escribía Ganivet- un aguador tiene que ser a su modo un hombre de genio.


“¡Acabaica de bajar la traigo ahora!”, ¡“Fresca como la nieve!”, “¡De la Alhambra, quien la quiere!”, “¡Buena del Avellano, buena!”… “Centenares de pregones incitantes, hiperbólicos, -decía Ganivet-que concluyen por obligar a beber.
Hasta muy entrado nuestro siglo continuaron los aguadores su sencillo y simpático cometido callejero. Y los kioscos de agua, algunos de los cuales, en Plaza Nueva o en la Carrera del Genil permanecieron abiertos bastante tiempo después de la guerra.
Había desaparecido mucho antes la fama de medicinales que disfrutaban algunas fuentes de Granada, tales como la de Montoya, entre Granada y Alfacar, que hacía desaparecer las calenturas; la del Rey, que era milagrosa para los dolores de muelas; la de la Culebra, que resolvía los peores cólicos con dos vasos; o la de Fuente Nueva, cuyas aguas volvían hambriento al más inapetente.
Aún siguieron en uso durante siglo XX, bastantes años, los viejos aljibes, antiguamente tan utilizados por el vecindario. Aljibes con nombres de sonoras resonancias granadinas; religiosas, como el de San Nicolás, el de las Tomasas, de San José o del Salvador; poéticas y curiosas, como la del Gato, el de la Gitana, el de la Vieja, el de la Cruz de Piedra.
En pésimo estado de conservación, estos y otros aljibes llegaron hasta fechas recientes. Oportunamente, en 1984, el Ayuntamiento emprendió la tarea de recuperarlos y lo hicieron muy bien Antonio Orihuela Usaz y Carlos Vílchez Vilches, que tuvieron a su cargo una labor tan necesaria que ha evitado sin duda la desaparición de estas reliquias de nuestra evolución urbana.

Contemporáneo de los aljibes, fuentes y pilares, los aguadores y las panzudas tinajas de las casas, algunas de bastante capacidad, fue otro personaje que resulta indispensable mencionar cuando se habla del agua en Granada: “El cañero”. Hubo quien definió a estos operarios como “una auténtica masonería, cuyos miembros llegaron a ser virreyes en la vida cotidiana”. Dada la importancia del cometido de estos hombres, muy posiblemente desorbitarían su función, excediéndose en bastantes casos
Eran figuras importantes de la situación y lo sabían. Algunos lectores recordarán a aquellos hombres, con sus brazos arremangados “tomando el pulso húmedo de la tierra”, como decía Eduardo Molina Fajardo. Los consideraba “sucesores de los canaguis moriscos”. Y perduraron hasta nuestros días, como quien dice, “con sus largas y vibrantes medias cañas hurgando en los partidores”.




Fin de la leyenda negra.-
En 1876, apretado con una situación de sanidad pública más y más agobiante cada día –se suceden epidemias de tifus por aquel tiempo-, el Ayuntamiento, al fin, aprueba un proyecto de abastecimiento público de aguas. Será el primero de una interminable lista de proyectos que se suceden a lo largo de muchos años –nada menos que diez hasta 1923- , sin que ninguno de ellos se ponga en marcha.
“El sistema de conducción de aguas de la ciudad –aduce Cristina Viñes-, viejo ya y desfasado de las necesidades del momento, venía siendo tema debatido por todas las Corporaciones Municipales, debido sobre todo a la poca salubridad de las aguas y al peligro de propagación de enfermedades infecciosas”.
Habrá que esperar al primer Ayuntamiento de la Dictadura Militar del general Primo de Rivera, para que la ciudad conozca la ubicación de un Real Decreto Ley por el que se declara de utilidad pública el abastecimiento de aguas de Granada. Es el Alcalde el Marqués de Casablanca. Bajo su presidencia se abre un nuevo concurso de proyectos. Durante varios siglos, el suministro de agua ha sido posible gracias a los caudales del Darro, la fuente de Alfacar y otras y, sólo en escasa proporción, agua procedente del Genil. En 1924, los proyectos que examina el Marqués de Casablanca apuntan como más práctico el aprovechamiento de los recursos de la cuenca alta del Genil. Pero como los ayuntamientos y el Estado son tardos para reunir los recursos económicos, resulta que las obras no se subastan hasta cuatro años más tarde, en 1928. Con la República prosiguieron, pero muy lentamente.


La guerra de 1936 sorprende los trabajos sólo con el canal entre Pinos Genil y la ciudad y los depósitos, uno en Lancha de Cenes y otro en el Cercado Bajo de Cartuja recién acabados.
Gallego Burín desde 1940, trabajaría infatigablemente por conseguir resolver el problema de una vez por todas. Él sabía, y sabía muy bien, la urgencia de acabar con aquella leyenda negra por demás justificada, con el fantasma del tifus afectando a la población y ahuyentando a los viajeros, con el nombre de Granada mencionado con un asterisco de prevención porque el agua que se consumía carecía de garantías de potabilidad.” Es la pesadilla constante y el agobio angustioso de toda gestión”, decía el alcalde. El 27 de abril de 1940, aprobó el Ayuntamiento la liquidación General de las obras ejecutadas y el 22 de junio son sacadas a subasta las obras de terminación de las redes de agua potable y alcantarillado. Son fechas ciertamente históricas en la Granada del siglo XX.
Julio Juste, estudioso de esta etapa, subraya para que no caigan en el olvido, hasta las pesetas que importaron las tales obras: 31.707.436,35 pesetas. En 1950, Gallego Burín podía sentirse orgulloso. Era él quien culminaba el largo y enojoso proceso empezado un siglo antes. “Por una vez -escribía Eduardo Molina Fajardo a la muerte del Alcalde-, renegó de lo tradicional, utilizando por inadecuadas las conducciones de agua y las alcantarillas que habían sido tendidas a través de la ciudad por los musulmanes”.
La “leyenda negra” del agua de Granada quedó extinguida a partir de entonces. Ya nadie escatimaría elogios a la calidad del agua granadina. Resulta anécdota lejana que, en 1919, Manuel de Falla anunciaba su visita a Granada a su amigo Ángel Barrios y le preguntaban con recelo: “A propósito: ¿qué hay del tifus? Supongo, por lo que leo, que hasta ahora se trata sólo de una falsa alarma”.

 ¿Duda alguién que la ciudad de Granada tiene la mejor agua de Europa?


NITO


BIBLIOGRAFIA.-
Bosque Maurel.- “Geografía urbana de Granada”
Angel Ganivet.- “Granada la Bella”
Juan Bustos.- “Granada, un siglo que se va”

domingo, 4 de marzo de 2012

¿UN RON GRANADINO…?


¡Nada, que en Granada, por lo que se ve y por lo que se respira, no sabemos vender la moto…! ¡Y así nos va…!
Esto viene a cuento porque rastreando en el magnífico Blog gastronómico “El Comidista”, su autor, Mikel López Iturriaga me encontré con unas declaraciones suyas donde confiesa que en su infinita ignorancia, siempre había visto el ron como un producto exclusivamente caribeño, americano o, en todo caso, canario. No tenía ni idea de que además de en Cuba, la República Dominicana o Venezuela, el licor también se produce en un rincón de la península. Granada lleva bebiendo su propio ron desde hace dos siglos, y continúa haciéndolo sin que buena parte del resto del país nos hayamos enterado.


En la Costa Tropical de la provincia hubo una gran tradición de cultivo de la caña de azúcar, y en el pasado hubo hasta 30 pequeñas producciones de ron de las azucareras de la zona. Hoy, sólo una pequeña bodega familiar resiste al empuje de los Bacardi, Pampero o Negrita. Se trata de Ron Montero, fundada en 1963 en Motril por el miembro de una familia de industriales del azúcar de la zona, Francisco Montero Martín.


Dice el citado bloguero que “Hace poco tuve la ocasión de probarlo y me pareció buenísimo, al nivel de las mejores marcas caribeñas. No siendo ni mucho menos un experto en la materia, pensé que mi opinión no contaba demasiado, pero después supe que tiene más de un fans entre los entendidos. Lo que me llevó a preguntarme: ¿cómo es posible que una bebida de este calibre, que se lleva haciendo desde hace más de 40 años a la vuelta de la esquina, no sea más conocida en el resto de España…?”


"Ron Montero nació como la realización de un sueño de alguien que llevaba toda su vida trabajando con la caña de azúcar y sus alcoholes, mi tío abuelo", explica Andrea Martín Targa, la actual responsable de la bodega. "Hasta el año 2007 sólo trabajaban 3 personas, incluyendo el fundador. No había departamento de ventas ni de marketing. Él era soltero y sin hijos, y prefería vivir tranquilamente haciendo su ron sin complicarse con una expansión. Tenía –y sigue tiendo- un gran reconocimiento en la zona y alrededores, y eso era suficiente para él".


Respetando los principios fundacionales instaurados por su tío-abuelo, consistentes en fabricar un ron de alta calidad al mejor precio posible, Andrea está tratando de dar a conocer las virtudes de su marca fuera de su ámbito tradicional. A la pregunta de en qué se distingue un ron granadino de uno caribeño, responde: "Nos diferenciamos por la pureza de nuestros sabores a caña de azúcar y roble americano. Nada de esencias ni de envejecimientos acelerados. Utilizamos las mejores materias primas y envejecemos en barricas vírgenes, obteniendo un sabor muy característico y diferente al resto".

 
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El ron granadino utiliza un sistema de barricas similar al de la crianza de los vinos de Jerez. Un porcentaje del líquido inicial de las más antiguas, las soleras, se conserva siempre, lo que da al ron un cuerpo "maduro y balanceado", según Martín Targa.

 El fundador, Francisco Montero, ejerce como garante de esos rasgos característicos, asistiendo a las catas olfativas semanales de la empresa. "Él es una persona de fuertes principios y creo que, la manera en que mejor conseguimos ser fieles a su espíritu, es luchando porque el protagonista sea el ron y su calidad, no empujando el producto al mercado para conseguir grandes números", explica su sobrina nieta.


En ese sentido, han renunciado a cambiar la imagen de las botellas de sus dos líneas, Ron Pálido y el Gran Reserva. Sólo han introducido pequeños retoques en sus etiquetas, que conservan hasta una de esas viejunas escenas de caza tan habituales en las casas españolas de los setenta. "Muchas veces nos dicen que por qué no hacemos un packaging más moderno, pero para nosotros es fundamental mantener nuestros orígenes. Renovarlo todo dispararía los precios, y lo importante está en el interior de la botella".

Donde sí están dispuestos a innovar es en el uso de nuevos canales de promoción, como Internet o las redes sociales. "Son una vía de comunicación fundamental. Estamos lejos de los grandes grupos: no tenemos sus medios, pero tampoco su filosofía ni sus expectativas de crecimiento. Ellos elaboran millones de botellas, nosotros no superamos los 250.000 litros. La red nos permite, si no competir en igualdad de condiciones, sí al menos tener más oportunidades".
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El Hostal Tropical de Motril nos ofrece un deleite a base de este Ron Pálido:


El Palito de Ron




Ingredientes y cantidades (4 Personas)
- 1 Botella de Ron Pálido de Motril.
- 3 Cañas de azúcar, 3 o 4 cucharadas soperas de azúcar morena.
- 1/2 Canutillo de canela en rama.
- 1 Peladura de limón y una naranja.



PREPARACIÓN:
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Se mondan las cañas y se trocean en palitos, a continuación se unen al ron y se dejan macerar durante varios días.
En un recipiente de cerámica granadina, se echan los palitos de caña ya macerados, las peladuras de limón, la naranja, el azúcar morena y el canutito de canela en rama.
Se pone el ron a calentar en un perol aparte y una vez caliente, se vierte en el recipiente de cerámica, se le arrima una cerilla y una vez que esté ardiendo se van moviendo todos los ingredientes poco a poco con el ron hasta que coja su aroma y parte del alcohol se queme. Aproximadamente de 10 a 15 minutos, según la cantidad.
Se deja reposar y se toma templadito en tazas pequeñitas de cerámica granadina, en sorbetes pequeños y al mismo tiempo se van chupando los canutillos de caña.
Es un buen digestivo.

Fuente consultada: Blog el Comidista.


NITO