sábado, 25 de febrero de 2012

ARCO DE LAS PESAS, O PUERTA NUEVA


 Lo que actualmente se conoce como Arco de las Pesas también se le llama Puerta Nueva y se encuentra situada en el Albayzín entre la Plaza Larga y la placeta de las Minas.
El nombre de Puerta de las Pesas es por las romanas y pesas decomisadas y que se ven en el arco exterior y el de Puerta Nueva se debe a que en la época nazarí estuvo muchos años cerrada por temor a las razzias cristianas.
Es la puerta que daba acceso a la Qasabat Al-Qadima o Alcazaba Vieja y la comunicaba con el Rabat Al- Bayyatin o Albayzín.


Cuando llega la fitna o ruptura del Califato de Córdoba se forman en la España musulmana los conocidos como primeros reinos de taifas. En Granada viene un alto cargo del califato el hayib Al-Manzur Abu Mutanná Zawi Ibn Zirí Ibn-Manad Al-Sinhayi que funda en la Cora de Ilbira su reino. Cuando viene a Granada se encuentra con dos ciudades: Medina Ilbira, situada en Atarfe y otro núcleo llamado Qasabat Garnata que estaba formado sobre las ruinas de una ciudad ibera, romana y visigoda, según se ha demostrado por las excavaciones llevadas a cabo por el P. Sotomayor que descubrió en el Arco de las Pesas la primitiva muralla íbera y romana, la misma que apareció años más tarde en las excavaciones de la Nueva Mezquita Aljama del Albaizín.


El fundador de la dinastía Zirí se percató que dados los convulsos tiempos era más segura y fácil de defender este núcleo urbano por lo que procedió a amurallarlo y establecer en ella su centro de poder y ser la capital de la taifa granadina y la población de Ilbira fue trasladándose a esta ciudad mejor defendida dando lugar a lo que más tarde de llamó Qasabat al-Qadima o Alcazaba Vieja, una ciudad de unas 75 hectáreas y se fueron elevando nuevas construcciones como el desaparecido alcázar del Rey Badis, Palacio del Gallo, sobre sus ruinas se levantó más tarde el Palacio de Dar-Al-Horra, el mal llamado Puente del Cadí, la mezquita de los Al-Murabitún, cuyo alminar es actualmente el campanario de San José con su preciosa ventana califal y el hammán zirí del Nogal más conocido como el Bañuelo…


La dinastía Zirí gobernó Garnata desde 1012 hasta que Yusiuf Tasufín destronó al rey Abd Allah Ibn Buluggín en el año 1090.
La puerta de las Pesas ubicada en la Plaza Larga es una de los accesos que formó parte de la muralla zirí que cerraba la Al-Qasba Al-Qadima. El nombre más popular se debe a que allí se depositaban las pesas confiscadas por defectuosas desde que a finales del siglo XVI la plaza del Ensanche y la Plaza Larga, construida en el 1576, se convirtieron en el centro del Albayzín repoblado tras la expulsión de los moriscos con carnicerías.

De esta renovación urbana da fe la lápida colocada en la puerta y que dice: “Esta plaza y el matadero y carnicería y lavadera de este Albaicín se ha hecho de hacienda de Su Magestad, por orden de los señores de su consejo, siendo uno de ellos el corregidor de ésta y general, el muy ilustre señor Arévalo de Suazo comendador de Santiago y el muy ilustre señor Tello González de Aguilar. Año de 1.576."
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El pasadizo de la puerta estrecho y en cuesta , nos recuerda que fue puerta exterior y por tanto, con una función defensiva, así como el recodo, con ángulo recto que obliga a que el torreón que cobija el arco sobresalga de la muralla, planteamiento que no se produce en las fortificaciones cristianas. El pasillo tiene bóvedas de cañón y baida con arcos de ladrillo superpuestos. La portada tiene un arco de herradura enjarjado con dovelas enlazadas de piedra de la Malahá. En la muralla se pueden observar perfectamente los mechinales propios de un muro de tapial coliscastrado.

Esquema del Arco Exterior
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Antonio Montufo Gutiérrez

domingo, 19 de febrero de 2012

DOCTOR FEDERICO OLÓRIZ

 Guirao, Sánchez-Montes, Botella, Girón y G. Olóriz

Pinceladas
Cien años después de su muerte, el doctor Federico Olóriz Aguilera (Granada, 1855-Madrid, 1912) retorna a casa. Los restos del eminente médico han sido exhumados en el madrileño cementerio de La Almudena y, después de ser incinerados, regresarán a su tierra natal en una urna funeraria que estrenará el Panteón de Granadinos Ilustres del cementerio de San José, un espacio que está disponible desde 2010 pero que aún permanecía vacío. Es una pequeña sala, en la que noventa columbarios esperan para albergar las cenizas de ‘glorias locales’. El mausoleo se construyó con piedra de Sierra Elvira, cristal y cobre.

Don Federico Olóriz
Don Federico Olóriz Aguilera fue amigo personal del otro opositor "suspendido", aquí en Granada, un tal don Santiago Ramón y Cajal nada menos, catedrático en Valencia a los 31 añitos y premio Nobel de Medicina en 1906. Tampoco parece que fuera muy torpe este aragonés, pero así son las cosas cuando predomina el enchufismo. Tuvieron que conseguir primero fama internacional para ser luego reconocidos en sus barrios. Precisamente fue Olóriz el que pronunció el discurso de contestación cuando hicieron a Ramón y Cajal académico de la Real Academia Española de Medicina.


Un viaje realizado a las Alpujarras, con parada y fonda en 'La Granadina' de Lanjarón, le sirvió tanto para admirar sus bellos paisajes como para hacer un estudio muy concreto sobre las características y la evolución de la población alpujarreña a través de la talla y del análisis del índice encefálico. Pero también nos dejó una crónica costumbrista muy interesante, pues en ella aludía a sus juegos y fiestas, resaltando el carácter algo violento de los 'cañoneros', a juzgar por la rudeza de sus comportamientos, por el elevado número de matrimonios con la novia ya embarazada y por la gran cantidad de crímenes de sangre que allí se producían.



Su vida y su obra.

El ilustre médico e investigador granadino Federico Olóriz y Aguilera –que da su nombre a la estrepitosa avenida que lleva al antiguo Estadio de los Cármenes desde la Avenida de la Constitución-, fue una de las figuras más sobresalientes de la vida científica española en los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX.
Su muerte, en la plenitud de una vida de notable capacidad, nos privó acaso de quién sabe qué increíbles progresos en el campo de la Antropología, en el que era una autoridad reconocida mundialmente.
Nacido en la calle de San Juan de Letrán, en 1855, estudió Medicina como alumno interno de nuestra Facultad, y en 1883 obtuvo por oposición la Cátedra de Anatomía de la Universidad Central. Allí, en el viejo caserón del Colegio de San Carlos, fundó el que sería su famoso laboratorio de Antropología, en el que llegó a reunir una colección de 2.200 cráneos, con sus correspondientes fichas. Pronto sus trabajos sobre dactiloscopia –de vital importancia para la criminología- acreditaron su reputación.


Pío Baroja –vecino de la misma casa que ocupaba Olóriz en Madrid, en la calle de Atocha- , lo describe en sus memorias como “un hombre áspero y brusco”.
El novelista anotaba en sus recuerdos, que “Olóriz había hecho libros importantes, entre ellos, “El índice cefálico de España” y la “Talla humana en España”, habiéndose además distinguido en cuestiones de dactiloscopia, perfeccionando un método de Bertillón para la identificación de los criminales”.
El científico granadino tuvo fama de profesor ejemplar y admirable, a la vez que antropólogo de primer orden. Fue miembro de la Real Academia de Medicina y electo de la Real Academia de la Historia. Su “Manual de técnica anatómica” (1890), su “Anatomía descriptiva” (en colaboración con su compañero de cátedra, profesor Calleja); “El Valor de las medidas de la cabeza en los estudios antropológicos” (1.893) y sus trabajos sobre la población española, combinados con un notable ensayo sobre la longevidad en nuestro país, fueron sus publicaciones más importantes.
Fue ejemplar y conocidísima su larga y fraterna amistad con Ramón y Cajal, a quien siempre derrotaba en ajedrez originando pintorescos enfados que terminaban entre carcajadas. Murió en 1912 a los 57 años, de un cáncer.

 Las eternas partidas de ajedrez

Su última lección la dictó sobre su propia muerte, cuyos implacables avances iba observando. Mientras pudo hablar fue citando en voz alta los síntomas que percibía. Su hijo los escribía, temblorosamente, entre lágrimas. Un maestro hasta el final.




NITO

Bibliografía consultada.-
Prensa local.
Laberinto de imágenes y recuerdos” de Juan Bustos.


domingo, 12 de febrero de 2012

AL COMPÁS DEL PASODOBLE


EL MAESTRO ALONSO
Si quieres obtener un encogimiento de hombros por respuesta de un granadino joven, pregúntale quién era el Maestro Alonso. Y si le preguntas quién compuso el zortzico “Maitechu mía”, el  desollao te dirá, que es de Mocedades…
Son muchas las veces que nos quejamos del olvido de los nuestros. Sin embargo no hicieron lo mismo los miembros de la Agrupación Lírica Francisco Alonso, nacida al amparo de la Caja de Ahorros, impulsada por Evaristo Pinel y presidida por José Berbel y demás socios fundadores que organizaron un gran homenaje a la memoria del maestro granadino, en la noche del 31 de octubre de 1963.


Se llamaba Francisco Alonso, había nacido el nueve de mayo de 1887 en el Paseo del Salón, frente al “kiosco de la Música”, y su corazón ya marchaba al compás del pasodoble. Aprendió sus primeras letras en los Escolapios y, por deseo de su padre, llegó a iniciar estudios de medicina, pero los abandonó al no poder superar las clases de disección.
Desde niño sintió interés por la música y empezó a estudiarla con el profesor Antonio Segura y, posteriormente, con Celestino Villa, maestro de capilla de la catedral. Enseguida empezó a componer. Sus primeras composiciones fueron escritas para las escuelas del Ave María. Luego nacieron obras de salón: polcas, mazurcas, valses…, incluso alguna obra lírica como La niña de los cantares, que estrenó en el Teatro Cervantes en 1905.

A principios de siglo, la figura de” Paquito Alonso”, cómo se le llamaba afectuosamente, era muy conocida en Granada. Todo el mundo sabía que era músico y que dirigía la que se llamaba pomposamente “Banda de Obreros Polvoristas de El Fargue”. Era un muchacho jovial y sencillo, que se ganaba la simpatía general con su talante cortés sin rigideces. Su estampa era habitual dirigiéndose a los ensayos con sus músicos, cabalgando una jaquita, airosa y postinera, que acabaría por ser tan popular como su dueño.
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Antonina Rodrigo ha hecho este excelente retrato del músico por aquella época: “De aspecto adolescente, barbilampiño, muy rubio, de tez rosada, de gruesas gafas quevedescas de miope, embutido en el vistoso uniforme imperial, de claras reminiscencias teutónicas, con su casco de acero brillante y puntiagudo”.
La Madre, espíritu sensible para música, le veía ir orgullosa, empeñando luego sus mejores recursos para convencer al padre, médico muy estimado, del porvenir del hijo en el campo artístico.
De vez en cuando, “Paquito Alonso” dirigía “su” banda en el “kiosco” de enfrente de su casa. Para ella había compuesto uno de sus primeros pasodobles titulado “Pólvora sin humo”, en simpática referencia a uno de los productos explosivos que fabricaban los músicos. Aquellas actuaciones serán seguidas por un público muy heterogéneo, que pagaba con gusto los cinco céntimos que costaban las sillas los jueves y la “perra gorda” de los domingos y festivos.

Solucionado, Manolo
Ya el joven Alonso había estrenado una zarzuela, con bastante éxito: “La niña de los cantares”. Se representó no sólo en Granada, sino también en otras ciudades andaluzas. Se veía que el muchacho prometía…
A esto, un mal día –un buen día en realidad para Francisco Alonso-, el Coronel de la fábrica de El Fargue, dijo que ya estaba bien de músicas y redujo considerablemente el presupuesto de la Banda del establecimiento militar. Fue ésta una de las razones que impulsó la marcha del joven músico granadino a Madrid, donde iba a triunfar en el teatro musical de forma apoteósica durante un cuarto de siglo.
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En 1911 ya estaba Francisco Alonso en Madrid, donde se fraguaban los éxitos y, también, donde se desmoronaban muchas esperanzas. Llevaba por todo capital 600 pesetas, ¿pero qué más daba? En la cabeza llevaba un tesoro musical, riquísimo en melodías garbosas, en ritmos alegres y contagiosos.
Empezó como todos. En los teatros, en los grupos musicales, a la caza de una oportunidad. Algunas cupletistas le dan a conocer unas primeras canciones. Pero eso no basta. Hay que estrenar espectáculos de mayor fuste, zarzuelas, revista. Son las que, con un poco de suerte, pueden consagrar a un compositor de la noche a la mañana.
Al fin estrena “Armas al hombro”, en el teatro Martín, un escenario importante.
Hay una buena acogida sin más. Igual sucede en los estrenos siguientes: “El verbo amar”, “Lo que manda Dios”. La gente aplaude, se divierte, tararea lo que acaba de oír… Pero no acaba de entrar en la música del joven autor granadino, que tiene dotes, pero que no parece traer nada del otro mundo.

Cuando Don  Jacinto Benavente cumplió 81 años.
¿Qué había ocurrido para que, diez años después, sus paisanos de Granada le rindieran un merecido homenaje? ¿Cómo, en tan corto tiempo, Francisco Alonso se había convertido nada menos que en el músico más popular de España…?
Un solo pasodoble se había bastado y sobrado para tan espectacular ascenso. Un pasodoble cuyas notas marciales y optimistas hicieron ensanchar los corazones acongojados de todos los españoles. Seguro que el propio Alonso, la noche de 1900 en que se levantaba el telón para el estreno de su revista “Las Corsarias”, ignoraba que iba a alcanzar su consagración teatral con los máximos honores. Porque el pasodoble de “La banderita”, que formaba entre los números de la representación, iba a saltar del teatro a la calle de una manera digamos que fulminante. Cierto es que el momento psicológico era oportuno. Los españoles, abrumados por toda suerte de calamidades políticas, laborales y económicas, agravadas siempre por la pesadilla de la guerra de Marruecos, estaban extremadamente necesitados de estímulos emocionales vigorosos. Y el pasodoble de “La banderita” lo fue, con su ritmo marcial y alegre, con su letra cargada de tópicos de evidente impacto en el ánimo popular. Fue, sin duda, el himno del ejército que iba a batirse en Marruecos en aquella guerra bien llamada “la guerra más inoportuna, en el momento más inoportuno y en el lugar más inoportuno”.

Pero éstas son frases de los historiadores. Allí murieron miles de españoles. Y todos, antes del trágico desenlace personal de cada uno, en sus marchas, en sus guardias, en sus blocaos, habían tarareado alguna vez los compases animosos y vibrantes del pasodoble con aire de marcha, que había convertido al granadino Francisco Alonso en músico popular entre los españoles por encima de cualquier otro.


Como introducción al personaje, ya no cabe decir más en este espacio tan limitado. Sólo añadiré que es el representante de la última generación de zarzuelistas, compositor fértil y comprometido con el día a día de la creación musical, Francisco Alonso es, para nosotros, una personalidad emblemática. Te diré que vale la pena visitar la página web oficial del Maestro Alonso.


Y por último, también te diré que yo desfilé, en mi Jura de Bandera, al son de “La banderita” con el bello del lomo erizado y lágrimas en los ojos.

sábado, 4 de febrero de 2012

FORTUNY Y LA LUZ DE GRANADA

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Odalisca
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Cuánto debe Granada a Mariano Fortuny. Pero este aserto quedaría inacabado si no lo rematamos afirmando: ¡Y cuánto debe el pintor a la luz de Granada…!
Pocos pintores ejercieron tan enorme influencia sobre los demás como Mariano Fortuny, el celebérrimo artista que quemó su vida en una entrega apasionada y constante a la pintura, como si una voz interior le avisara de que la brevedad de su existencia limitaría inevitablemente el genio poderoso de su creación.

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La Vicaría (detalle)
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Fortuny (Reus 1838-Roma 1874) conoció Granada en su viaje de bodas. Había contraido matrimonio con Cecilia Madrazo, hija de Federico, reputado pintor de la época. Ya el joven artista había experimentado la deslumbradora revelación de Marruecos, adonde había ido como corresponsal gráfico de la guerra en África. Entre las aguerridas chumberas y los ásperos higos que rozaban la chilaba de la morisma, cabileños descalzos sobre la arena ardiente del Rif, Fortuny había entrevisto un mundo exótico y diferente, “Suspiraba por la luz –diría su biógrafo José Infiesta-, por la brillantez fastuosa  de los colores, soñaba, en fin con el Oriente y se halló en él”. Por eso, años más tarde, el artista ya consagrado en Roma y Paris, se sentiría a gusto en Granada, adonde vino en una segunda visita, que sería más dilatada  que  la fugaz del viaje nupcial ya mencionado. En esta segunda estancia el gran pintor se instaló inicialmente en en hotel Siete Suelos y después, en una hermosa casa del Realejo (el edificio que alojaría con posterioridad al Colegio Notarial y  que lastimosamente fue derribado), tuvo tiempo de pintar numerosos cuadros. Aquí, en Granada, le nació su primer hijo.
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El pintor
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Tuvo Fortuny la suerte de conocer aún una Granada, hoy totalmente extinguida, con casas de rincones y celosías que dejaban entrever interiores de cojines y braseros de cobre: miradores tapiados, colgados en el aire, navegando como barcos sobre la sombra de la calle; altos y nobles palacios rodeados de humildes casas como superpuestas… Fortuny  pintó en Granada con desesperación, con frenesí, como si supiera que se le escapaba el tiempo irremisiblemente. En la brisa tibia  de la mañana, la ciudad –hoy tan lejana, tan irreconocible- se le ofrecía la paleta del genial pintor como un ramo de arco iris:  azules en el cielo y las crestas de la sierra; anaranjado el sol de las aceras ; la sombra de las calles.

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Fantasía árabe

Entre los cuadros del periodo granadino de Fortuny figuran el espléndido paisaje  del Ayuntamiento viejo (Palacio de la Madraza), Un almuerzo en la Alhambra, Lección de esgrima (en el jardín de Lindaraja), el Patio de los Arrayanes. Por el primero de los citados, Goupil, el rico y experto marchante francés de Fortuny, le pagó la elevada  suma de 40.000 francos oro.

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Odalisca

En el Museo de Arte Moderno de Barcelona se conserva la que muchos consideran obra maestra del pintor: “La Vicaría”.  En ese conocidísimo  cuadro –que reproduce una firma de esponsales y es una bella pagina de costumbres españolas del siglo XVIII, con un hábil toque de elegancia cortesana francesa-, la reja resplandeciente de oros y primorosos adornos, no es otra que la de nuestra Capilla Real. Esta obra cumbre de le la rejería del siglo XVI impresionó tanto a Fortuny que no vaciló en evocarla en la que sería su pintura más admirada.
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 Un almuerzo en la Alhambra
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A pesar de su muerte a los 36 años, su estilo y su obra le definen como un auténtico genio que marcó indeleblemente a toda una generación de pintores europeos, y que pudo revolucionar la pintura española de haber seguido vivo, tal como se demuestra en el estilo de sus últimas obras como Desnudo en la playa de Portici o Los hijos del pintor en un salón japonés (ambas obras en el Museo del Prado).
Su corazón fue enterrado en Reus, su localidad natal, en la prioral de Sant Pere. En Reus, asimismo, se dio su nombre al teatro principal de la ciudad (el Teatro Fortuny, aún existente), una plaza (la Plaza del Pintor Fortuny, más conocida como Plaza del Condesito, personaje protagonista de una de las más populares acuarelas del maestro) y más tarde a una avenida.

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NITO