lunes, 21 de marzo de 2011

LAS COLLEJAS Y OTRAS HAMBRES


Paralelamente a la famosa romería de San Cecilio, en el Sacromonte, había otra fiesta sin tanto ringo-rango, que se celebraba en la capillita del Santo, en el Callejón de San Cecilio, junto a la Placeta de las Minas. Aquí, más acorde con el nivel social, el consumo principal, por parte de los romeros, era el de la cañaduz, para la que montaban puestos de venta en los alrededores de la Capilla.
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Nos cuenta José Mª Caparrós, en sus “Memorias de un colegial del Sacromonte” (Granada 1917), que “los chaveas del Albayzín son los más afanosos del chupeteo de la cañaduz”. La caña endulzaba el paladar, entretenía el hambre y servía para mil juegos: el de las perras gordas, de cobre, que lanzaban desde lejos para clavarlas en el tallo; el de hacer tablas, consistente en tirar un trozo de caña al aire y partirlo en dos con una faca; el de la tángana, tan popular antes… ¡Para  hambres, las de entonces…!
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La caña dulce la traían los famosos arrieros del Barrio cuando regresaban de la zafra de Motril con sus burros gordos y lustrosos, que también los pobres pasaban lo suyo.
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Y con hambres seguimos.- colleja colleja1 [1024x768]
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José Surroca, a principios del S. XIX, elogiaba las espinacas de los huertos del Albayzín, tanto en potaje como en tortilla. Después vinieron los malos tiempos y ni huertos ni espinacas: Sólo monte y collejas. El nativo se tuvo que adaptar a algo más fino, difícil y barato. A algo tan sutil como las collejas, que aliviaron tanta necesidad a tantas familias de estos barrios humildes. Su búsqueda, en febrero, empezaba por el cerro de San Miguel, La Golilla, Silla del Moro… para terminar en El Fargue.
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Las collejas eran alivio y esperanza, pues anunciaban la llegada de la primavera, más generosa en frutos. Hoy se perdió la costumbre de salir a tomar el sol buscando collejas, navajilla en mano, llenando el cestillo para la tortilla de la noche; participando toda la familia en la entretenida tarea de limpiarlas de tronquitos, hojas secas y tierra. Después de lavadas se cocían con sal, se escurrían y listas para la sartén donde recibirían el huevo, o los huevos (según disponibilidad y hacienda de la casa), ya batidos.
Aunque hoy las encontremos en higiénicos y cómodos paquetitos en el supermercado de la esquina, puedo garantizaros que el sabor, la ilusión  (y las hambres), no son las mismas. ¡No pueen sé iguá! ¡Qué cohones van a sé iguá…!
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NITO

Notas bibliográficas consultadas.- "Los Papeles del Carro de Santiago"
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

De verdad que no puee ser igual !
Ya la gente, si acaso va a por collejas, es por deporte y diversión, pero no por hambre. preferimos las cultivadas hidropónicamente y que nos la lleven a casa: ¡Las comemos por nostalgia de la gente mayor, que los jóvenes ni las conocen...!
Buen trabajo: Se entiende el éxito de esta página.
SANDIRA

Manuel Alejandro dijo...

Buen tema este que sacas y añorado al mismo tiempo. La cañadú era todo un acontecimiento para como tu dicés sustituir las golosinas y matar el hambre. Lo de las collejas sigue siendo para algunos un placer culinario de altísimo nivel. Por los campos ahora entre hinojos, jarapillos y collejas se preparan unos pucheros de un nivel ecológico superior. Que buenos artículos publicas de esta nuestra maravillosa tierra, mi enhorabuena.

Nito dijo...

Gracias, Manuel Alejandro, por tu seguimiento tan de cerca de mi blog y por el ánimo que imprimes con tus palabras. Creo que es una buena tarea la de propagar nuestra cultura y nuestro costumbrismo con las herramientas que nos han sido dadas: Ahí está tu luminoso y mágico pincel y la cegadora cal de tus muros que lo dicen todo. Un abrazo.

Manuel Espadafor Caba dijo...

Esto me trae recuerdos de la infancia, cuando también tomábamos paloduz o palodul, las algarrobas, y qué decir de los cigarrillos de matalauva...