lunes, 28 de julio de 2008

LOS HOMBRES NEVEROS

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Nos narra esta entrada Don Francisco Pérez-Rejón Sola desde su libro: Los Hombres Neveros.-

"Poco, o nada, llegó a nuestro territorio como consecuencia de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII y en el siglo XIX, que afectó prácticamente al mundo entero. A los hombres y mujeres de este rincón de Andalucía, que hoy son protagonistas de este trozo de historia, les tocaron estas faenas y estos medios de subsistencia que los llevo a un estilo de vida muy concreto. No se rebelaron ni se manifestaron públicamente; la verdad que, a tantos años vista, le honra su respuesta, si la contemplamos desde el punto de vista de no agravar más aún la maltrecha economía de unas capas sociales muy concretas de nuestro país.

Y no fue otra que la de preparar "sus cosas": Capachos (especie de seroncillos de pleita de esparto, forrados de aneas sujetas por mimbres), serones, seras, sacos, angarillas, espuertas, palas, picos, cuerdas, mantas, la capacha con la comida, la navaja, el tabaco, el librito de papel "Bambú" y su encendedor de mecha... ese que el aire no es capaz de apagar, sino que lo prende mas.

Me entristece recordar el dolor de aquellos matrimonios que dejaron este mundo con hambre de todo, menos de injusticia. Parece que los estoy viendo: ella, cosiendo piezas a la ropa o zurciendo zancajos, sentada a la puerta de la casa al mismo tiempo que alimentaba la fogata debajo de la olla donde hervían las "papas", que serán toda la cena... Cuando el sol se iba a esconder de un momento a otro, por el Montevives, el marido se "apaña" un poco y se va para el Mentidero. Quizá lleve unas cuantas "perras gordas" para un vaso de vino... Y a esperar que alguien lo llame para trabajar mañana...

He tenido suerte, un eslabón de aquella entrañable y desaparecida cadena, afortunadamente, he hallado: se llama Rosario García Arquelladas, más conocida par la "Chica". Tiene 88 años, y está como una rosa. Se trata de una mujer hacendosa y limpia como los chorros de oro. Se casó, cuando todavía era muy jovencita, con Rafael Reyes Reyes. Le nacieron diez hijos y le viven nueve, todos casados; su hija Amelia ya está con el Padre, gozando de la vida eterna, esperando a su madre con los brazos abiertos, sin los problemas de la débil condición humana y disfrutando de la grandiosa vida del espíritu.

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La Chica es una mujer capaz de hacer frente a cualquier adversidad. Y es que las personas que han vivido en sus carnes una guerra civil, repleta de errores y privaciones, están marcadas para siempre.

Casi todo vale, casi todo es bueno: los trapos, la comida, incluso la madera tirada en la calle, la recoge esta mujer, no porque tenga necesidades económicas, sino porque es mejor ver esta leña ardiendo en su chimenea durante el invierno. Siempre la verás haciendo algo. Hoy, cuando la he ido a ver, estaba reparando una cortina en compañía de su perro Felipe que la observa de reojo, mientras dormita, tendido al sol sobre el empedrado del patio; las macetas de geranios y el rosal, se asomaban al Mentidero.

Tiempos difíciles, carencia de hasta lo más elemental, como trabajo, alimentos, sanidad, medicamentos, educación y un interminable etcétera. Todo ello producía un enorme dolor en lo más profundo del ser. Y, como tantas otras veces, las más perjudicadas eran las madres.

-¿A qué echas mano?

Se preguntaban una y otra vez a sí mismas. Las cebollas, los rábanos o los nabos, sustitutos del pan... Las hierbas recogidas en el campo, cocidas, constituían -muchas veces- el único plato a comer. El trigo, raspado, sustituía al arroz. Verdaderas especialistas en colocar piezas en la ropa, esas eran sus visitas a los grandes almacenes o galerías. Las aspiraciones del ser humano eran un lujo inalcanzable; la impotencia era el más próximo aliado del hombre.

EI olor a pan caliente ponía en vilo sus desnutridos estómagos y abría aun mas su insatisfecho apetito... Muchos hombres y muchas mujeres de nuestro entorno lucharon en silencio con aquella dura realidad. No encontraban palabras para responder a sus hijos cuando estos les pedían pan. Para las madres era un tormento la frecuencia de volver a comprar "fiao" y soportar "la mala cara" del tendero.

Es obvio pensar que fue esta una época nada proclive para la obesidad, ya que la obligada dieta era casi continua. Una idea se fijaba en la mente de los hombres cuando se acercaba el anochecer: ... "Y si hoy tampoco me llaman para trabajar, vuelta al campo, a buscar 10 que sea antes de que amanezca... no sea que otros se adelanten.

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Muchas veces, nuestros hombres Neveros, se encontraban con los leñadores cortando ahulagas, piornos, tomillos, retamas y otras matas del monte que, una vez enlazadas en apretados haces, bajaban "a cuestas" hasta el hormo. En ocasiones cambiarían su pesada carga por alguna hogaza. Había leñadores más afortunados, pues cuando ellos llegaban a la tahona ya sallan los que habían bajado varios haces a lomo de sus borriquillos.

-Rosario, en Huetor Vega, ¿quienes eran los Neveros?

-Había muchos. Estaban "los Mamporras", que vivían ahí detrás, en la casa de Frasquito "el Papero", (calle Miraflores); Francisco y Miguel Reyes, que eran hermanos; Juan Garda Antequera, Juan Reyes Antequera (el Chimiliqui); Nicolás Junco López; Miguel del Paso Reyes, su padre; José del Paso Reyes; mi suegro, mi marío y otros que en este momento no me acuerdo. Como estoy muy mal de la cabeza, se me olvidan las cosas por momentos.

Su suegro no fue otro que José Reyes Reyes, casado con Antonia Reyes Fernández. Rosario se casó con Rafael Reyes Reyes, el día 29 de julio del año 1924. Al año siguiente, nació Antonia su primera hija.

-Háblanos de aquel tiempo.

-Mi marío era muy jovencillo cuando comenzó a ir a la Sierra a bajar nieve. Se iba con el padre, porque en aquel tiempo haba mucha necesidá. Recuerdo con cariño a mi suegro, porque fue "mu güenísimo pa mí", me quería y me respetaba muchísimo. Fíjate que cuando nació mi Rubina (María de los Ángeles), como era más rubia que el oro, mi marío se queó mu parao... y estaba "mu" serio, sentao en la puerta de mi casa; cuando llegó mi suegro y vio la niña, tan rubia y tan preciosa, comenzó a decir: "¡Esta niña es lo mismico que era mi madre!" Y entonces entro él, con los ojos llenos de lágrimas...

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-Chica, ¿qué le ponías a tu marido en la capacha cuando subía por nieve?

-Como trabajaban muchas horas, más de veinte, lo que se podía. En este tiempo de primavera, todos los días habas fritas. Otros días, bacalao, tortilla de papas, morcilla de lustre o asaura...

-¿Te preocupabas cuando tardaban en volver del acarreto?

-Pues no, porque siempre subían al trabajo en grupos de ocho o diez personas. Venían de La Zubia y de otros sitios. Si tardaban, como esto era "mu chico", pronto nos preguntábamos unas a otras.

Se juntaban en el cruce de los callejones. Los animales, comiendo a dentelladas en el zarzalón que trepaba por la esquina del parral de Casas Viejas (lo que hoy se conoce por Calles Umbría, Pincho y Lepanto). En la espera, seguro que encendería sus primeros cigarros de chasca o de curruco, mientas llegaban los otros que venían de La Zubia, subiendo la Cuesta de los Naranjos. Después, arreando "pa'arriba", porque antes que llegue el amanecer, y el Señor eche sus primeras luces, hay que haber dejado el Purche bien atrás y estar cercal del lugar de la faena, porque de lo contrario, el aparejo se nos viene a la barriga.

Era todavía de noche cuando pasaban por la "Jondoná", subían por la Cuesta de las Chinas y, muy pronto, el Contadero. Al paso de la reata, el ladrido perdido en la noche de los perros asomados al filo de la era, junto al Cortijo de Gabrielico. Poco después, serían los del Cortijo de los Castaños, algo más lejano. La loma de la Fuente de los Castaños, el Collado del Purche, despertando entre acacias y castaños. Entre barrancos, al amanecer, destaca como un vigía la cresta del Domajo. A la derecha ya comienzan a divisarse los Cahorros. EI majestuoso Cerro Huenes, como cortejado por un hermoso ramal de montañas de esta importante cordillera, se queda sentado, en primera fila, contemplando la exuberante vega. Poco antes de llegar a las primeras casas del Purche, dejarían de verse los pueblos de la vega sonando bajo la humareda difuminada de sus chimeneas. A esas horas, nuestroshombres estarían lejos de sus hogares.

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-Chica, ¿ganaba mucho Rafael?

-Hijo mío; ná y menos. Yo veo ahora a mis hijos, a mis nietos, a tó el mundo que no pasan falta de ná, pero siempre se están quejando... Yo creo que andarían por los dos reales (0,50 pesetas) al día. "

NITO

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